Trump ha dicho de sí mismo que es un pacificador y ha reclamado insistentemente que le concedan el Premio Nobel de la Paz; una broma de mal gusto pero algo que, sin embargo, el magnate parece verdaderamente anhelar. Dicen que la derecha nacional-populista norteamericana se inspira en la teoría de la rivalidad mimética enunciada por René Girard, que, resumidamente, viene a decir que somos incapaces de desear por nosotros mismos y el objeto de predilección es designado por un tercero al que se desea emular, desatando la competencia imitativa y la pugna sin fin. Trump, Vance y compañía llevan al plano político de manera despiadada esa forma insufrible de estar en el mundo, pero también la aplican en sus apetencias personales y su afán de poseer. En el caso de Trump y de su inquietante personalidad, es evidente su empeño de compararse y superar a Obama (Premio Nobel en 2009, francamente discutible). Recordemos aquel momento de ridiculización por Obama en la cena anual con los corresponsales de prensa en 2011, en el que, en el contexto del discurso en clave de humor (entonces, todavía había espacio para ello), el entonces presidente se burló a gusto de la campaña conspiranoica de la naciente derecha alternativa norteamericana, en la que ya despuntaba Trump, que argumentaba falsamente con los birthers que Obama no había nacido en suelo de EEUU y que, por lo tanto, no podía ser presidente. El deseo de Trump de tomarse la revancha de aquella humillación pública (pues estaba presente en el acto), demostrando a todos que, en las circunstancias apropiadas y conectando con las frustraciones más primarias del electorado, un lunático cruel como él puede llegar a la Casa Blanca, se ha tornado en una realidad palpable, para sufrimiento del mundo. Como Trump no cree en una paz basada en el multilateralismo, la legalidad internacional y la cooperación, sino en la paz imperial y en la dominación, se ha puesto manos a la obra para superar, con sus métodos, a Obama, en la creencia de que le darán también el Nobel. A fin de cuentas, el laureado Obama llamó «hacer justicia» a la ejecución extrajudicial de Bin Laden (en lugar de apresarlo y procesarlo, como probablemente pudieron hacer), cuyos restos fueron arrojados al mar al estilo de una venganza medieval. Así que aunque Trump sea el más estrafalario y desvergonzado, no es el primer mandatario destacado por su inhumanidad y por el ejercicio incontrolado del poder que recibe elogios y galardones pese a ello.
Diga lo que diga Trump de sí mismo, se conduce bajo una única constante, repetida a lo largo de la historia: todo gobernante autoritario necesita el conflicto exterior e interior para justificarse. Su retórica es pareja a esa forma de proceder, amenazando, incluso con la muerte, a sus enemigos en redes sociales y expandiendo su discurso violento a los cuatro vientos, también en el lenguaje oficial. No en vano en el 250º aniversario de sus fuerzas armadas ha dicho (proclamación oficial de 13 de junio) que «...bajo mi liderazgo, el ejército de los Estados Unidos seguirá siendo el más poderoso, feroz, audaz y venerado de todo el mundo..»; y que dicho ejército ha de actuar «…contra todos los enemigos, extranjeros y nacionales...». Por cierto, ya ha puesto a marines en las calles de Los Ángeles, para demostrar quién manda y cómo lo hace, con botas militares en las calles.
El descontrol de Trump sobre su propia política permite todas las hipótesis, pero su práctica le niega cualquier mérito en la consecución de la paz, como demuestran los hechos. Su supuesta habilidad negociadora se basa en la grosería, el amedrentamiento y las «ofertas que no podrán rechazar», y tiene sobre todo resultados inflamatorios y destructivos. Llevó a Zelensky a la Casa Blanca para pisotearlo ante las cámaras y la guerra cuyo fin iba a conseguir en 24 horas (afirmación que repitió 53 veces en campaña, según el servicio de fact-checking de CNN) se ha intensificado, con particular daño para la población civil en las principales ciudades de Ucrania, tras haber dado alas a Putin, que ve factible una victoria militar rusa a medio plazo. Proclamó como objetivo la expansión territorial de Estados Unidos, resucitó la teoría del espacio vital, propuso como opción viable la intervención militar en Panamá para recuperar el Canal, la anexión forzada de Canadá y el uso de la fuerza en Groenlandia para arrebatárselo a su población, titular del derecho de autodeterminación admitido por Dinamarca (no recomiendo a la isla ártica que admita a ningún «Maine» en sus puertos, sabiendo la admiración de Trump por el imperialista McKinley). Su política acelera una carrera armamentística global desenfrenada y la voladura de los organismos internacionales, de los que saca a su país o cuya acción y financiación socava, o a cuyos altos funcionarios incluso somete a sanciones (como ha sucedido con el fiscal jefe y cuatro jueces de la Corte Penal Internacional). Su política mezquina y sus estúpidas y sádicas frivolidades sobre convertir a Gaza en la «Riviera de Oriente Medio» han sido decisivas para la ruptura del alto el fuego por Israel y la intensificación del genocidio sobre los palestinos, convirtiendo la agenda de reocupación de la Franja y limpieza étnica (que hasta entonces sólo defendían abiertamente los elementos más extremistas de Israel) en un objetivo compartido con la Casa Blanca.
En el caso de Irán, entre bandazo y bandazo no sólo juega con las bombas de 13 toneladas que ha utilizado su aviación el 22 de junio, sino con el fuego desbocado que puede desatar atacando un país de 89 millones de habitantes y 1,6 millones de km2 de superficie. Primero tumbó en su primer mandato el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, un acuerdo multilateral largamente trabajado que, según la Agencia Internacional para la Energía Atómica, estaba funcionando bien hasta que Trump se descolgó de él formalmente en 2018. Ahora parecía intentar retomar un acuerdo análogo en negociación bilateral con Irán volviendo a la casilla de salida. Pero la agresión militar de Israel (13 de junio), a la que ahora se ha sumado Estados Unidos, arruina evidentemente esa posibilidad y es imposible saber si la participación norteamericana ha sido simplemente oportunista, impulsiva en un hombre que verdaderamente no sabe lo que hace, o directa y arteramente planificada con su belicoso socio. Incluso, dos días antes del ataque norteamericano, la Casa Blanca dijo que el presidente se daba dos semanas para decidir si intervendría, pero al final no dejó ningún espacio para las iniciativas diplomáticas porque, let’s be honest, para que la necesitamos cuando contamos con suficientes B-2. Entre medias, en estos años han sucedido toda clase de avatares internos en Irán, donde los elementos más extremistas probablemente ajusten cuentas contra los tímidos intentos del presidente de Pezeshkian de transitar por la vía del pragmatismo y suavización del férreo régimen, pues la radicalización y la opresión es siempre el reverso de la guerra y en Irán tienen una larga experiencia en ese dominio. La paradoja es que el único país que ha utilizado el arma nuclear por dos veces contra la población civil (Estados Unidos) y el que tiene el programa nuclear militar menos transparente de todos (Israel) atacan a Irán, que no dispone de esa arma, justo en el momento en que dicho país se sentaba voluntariamente a la mesa de negociación y se alejaba paulatinamente (a saber en medio de qué tensiones internas) de la estrategia de intervención regional de los predecesores de su actual presidente.
El resultado de todo este desatino es la consagración de la peligrosa doctrina de la guerra preventiva, otra vez reivindicada. La repetición del destrozo en el orden internacional que representó la Guerra de Iraq de 2003 (y otra vez con las armas de destrucción masiva como argumento), precedente sin el que no se entiende el actual marasmo. Un nuevo clavo en el ataúd del Derecho Internacional, pateado con denuedo por la principal potencia, que se suma al vapuleo impune de las reglas. Una etapa más en la radicalización belicista del Gobierno de Israel que, no parece tener fin y que, además, acalla nuevamente a sus voces internas discrepantes. El previsible fracaso de los aperturistas en Irán (y el sufrimiento de cualquier disidencia) acorralados por las dramáticas circunstancias en que les han puesto. Un nuevo desprecio de Trump al sistema de controles y contrapesos en Estados Unidos, pues desoye la exigencia de autorización del Congreso, que sólo entiende como comparsa. Y, de paso, la profundización el ciclo de desestabilización global en todos los ámbitos, que nos afectará a todos.
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