La discriminación silenciosa del pensamiento libre: el verso libre en una sociedad de dogmas

José López

OPINIÓN

Manifestación de antivacunas en Wellington, Nueva Zelanda
Manifestación de antivacunas en Wellington, Nueva Zelanda CHARLIE COPPINGER | REUTERS

05 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En un tiempo donde la información fluye a una velocidad sin precedentes, paradójicamente se asienta un fenómeno preocupante: la discriminación hacia las personas de pensamiento libre, o como podría definirse metafóricamente, los «versos libres» de la sociedad. Esta forma de expresión ideológica se caracteriza por su alejamiento de las pautas políticas, sociales y culturales que predominan en la España contemporánea. Un librepensador sostiene que la verdad debe construirse sobre la base de la lógica, la razón y el empirismo, en lugar de la autoridad, la tradición, la revelación o cualquier dogma impuesto.

Sin embargo, esta postura, que debería ser un pilar de la democracia, es con frecuencia objeto de estigmatización y marginación. En una sociedad polarizada, donde el pensamiento crítico debería ser un antídoto contra la manipulación, se convierte en un motivo de incomodidad e incluso de rechazo. Esta paradoja revela una grieta en la convivencia democrática: la incapacidad de aceptar la disidencia constructiva como un valor, no como una amenaza.

En un contexto dominado por el auge del populismo, la polarización ideológica y la simplificación de discursos, el pensamiento libre es percibido, irónicamente, como subversivo. Mientras que el fanatismo político, religioso o ideológico —representado por negacionistas del cambio climático, antivacunas, conspiranoicos o extremistas de derecha— encuentra eco en determinados círculos, el librepensador es etiquetado como un «bicho raro», un elemento incómodo que cuestiona verdades asumidas sin mayor reflexión.

Esta discriminación no se manifiesta únicamente en el ámbito del debate público, sino también en entornos cotidianos, laborales o familiares. El librepensador enfrenta la presión de adaptarse al pensamiento dominante, ya sea por conveniencia o por evitar conflictos. La falta de pensamiento crítico, alimentada por la infoxicación y la manipulación mediática, contribuye a este fenómeno, donde la comodidad de las certezas absolutas supera el desafío de la duda razonada.

La marginación del pensamiento libre no es solo un problema individual, sino un riesgo colectivo. Una sociedad que penaliza la reflexión crítica favorece el conformismo y la obediencia ciega, condiciones propicias para la manipulación y el autoritarismo. La historia ofrece ejemplos elocuentes de cómo la falta de pensamiento independiente ha derivado en regímenes totalitarios y en la perpetuación de injusticias estructurales.

Además, la estigmatización del librepensador limita la diversidad de ideas, empobreciendo el debate público y reduciendo la capacidad de encontrar soluciones innovadoras a los desafíos contemporáneos. En un mundo enfrentado a crisis complejas —desde el cambio climático hasta las desigualdades sociales—, la pluralidad de perspectivas es más necesaria que nunca.

¿Cómo revertir esta tendencia? El primer paso es reconocer el pensamiento crítico como un derecho fundamental y un valor democrático. Las instituciones educativas desempeñan un papel crucial en este proceso, promoviendo no solo la adquisición de conocimientos, sino también la capacidad de cuestionar, analizar y reflexionar de manera autónoma.

Asimismo, es necesario fomentar espacios de diálogo abiertos, donde la discrepancia sea vista como una oportunidad de aprendizaje y no como una amenaza. Los medios de comunicación, por su parte, deben asumir la responsabilidad de combatir la desinformación y de ofrecer plataformas que den voz a la diversidad ideológica, más allá de las narrativas dominantes.

Finalmente, es fundamental que los propios librepensadores asuman con orgullo su papel, sin ceder a la presión del conformismo. La historia ha demostrado que los grandes avances sociales y científicos han surgido de mentes dispuestas a cuestionar lo incuestionable. Ser un «verso libre» es, en última instancia, un acto de resistencia y de compromiso con la verdad, la justicia y la libertad.

A pesar de la sombra que proyecta esta silenciosa discriminación, el pensamiento libre resiste, como lo ha hecho siempre: sin estridencias, pero con firmeza. No busca imponer verdades, sino sembrar preguntas; no pretende desmantelar certezas, sino abrir ventanas a la duda fértil. En cada aula donde un joven se atreve a disentir, en cada ciudadano que se niega a repetir consignas sin análisis, en cada trabajador que piensa por sí mismo sin rendir pleitesía al pensamiento dominante, florece la semilla de una sociedad más justa y madura. Porque, en última instancia, pensar libremente no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una necesidad colectiva, una urgencia democrática. Y mientras haya quienes se atrevan a ser «versos libres», habrá esperanza. Una esperanza crítica, lúcida y tenaz. De esas que no se rinden. De esas que, aunque incomoden, iluminan.

En tiempos donde la ignorancia se disfraza de certeza y el fanatismo de convicción, pensar libremente es el acto más revolucionario. Y, quizás, el más necesario. «Ser un verso libre es arder en la hoguera de las certezas ajenas, pero brillar con la luz propia de la razón».