Hace unas semanas, comiendo con unos amigos en una casa de comidas con cierto prestigio en fabadas, uno de ellos cometió el error de pedir un arroz con pitu que resultó seco, pasado y apelmazado, sin apenas relación con el animal. Al finalizar la comida, uno de los comensales se lo dijo educadamente a la cocinera cuando se acercó a la mesa, y fue como si le hubiera mentado la madre, oponiendo un focicu y unos argumentos a la altura del arroz. Los de la mesa de al lado, espoleados por el acento andaluz del autor del comentario y sin que nadie les diera vela en el entierro, saltaron con asturianía en defensa de su vecina y cocinera frente al ataque foriatu: «Perdona por meterme, pero el arroz con pitu es así», majadería que ya desató justamente la reacción de la parte más asturiana de nuestra mesa, hasta entonces extrañamente contenida.
Cuando empecé a escribir artículos sobre gastronomía me prometí hacerlo siempre en positivo, hablando solo de lo que me gusta y guardarme para el entorno cercano las opiniones negativas. Bastante bronca nos rodea como para tenerla también por la comida. Si hay que partirse la cara que sea denunciando la tiranía que se está adueñando definitivamente del mundo sin resistencia, en vez de atacando un guiso demasiado dulzón o una meunière un poco quemada. De hecho, en la batalla del arroz con pitu ni siquiera llegué a abrir la boca. Soy más de callarme, pagar y no volver. También de rumiar la opinión unos días y escribir solo cuando el lugar, las personas y la comida me gustan incondicionalmente. Ventajas de no vivir de esto.
Pero hace unos días me salté la regla, en el formato más inofensivo del mundo: una efímera historia de Instagram y referida a un restaurante de fuera de Asturias. Si hubiese sido aquí me habría callado, pero, aprovechando la falta de vínculo y afectos, me permití señalar la mala atención recibida y algunos defectos de la comida. La inesperada reacción del dueño del restaurante fue enviar en privado una excusa acompañada de un recordatorio de lo dañinas que pueden ser las reseñas negativas para un restaurante. Eché de menos la habitual referencia a los puestos de trabajo que había comprometido mi comentario, aunque ni así habría logrado hacerme sentir un poco culpable por compartir una opinión real y fundada sobre el servicio que había recibido.
La conclusión es que no se pueden hacer ni reseñas ni comentarios negativos sin que brote una víctima ofendida. Lo que gusta es el elogio bartolo del creador de contenidos (vídeos, por supuesto, la palabra escrita es el nuevo latín, se usa ya solo en contextos viejunos, burocráticos y académicos) hablando a cámara en redes sociales sobre el restaurante de turno, excepto que no les inviten o no les paguen, dependiendo del caché del nota. Abro Instagram y aparece uno de ellos en un local ruidoso alabando unas «zamburiñas de verdad, fresquísimas» mientras muestra a cámara unas vieiras del Pacífico con la gónada del tamaño de un camachuelo. Les gusta ir en pareja para hacer más amena la pantomima y su seña de identidad es elogiar con entusiasmo y la boca llena.
La situación ha llegado al punto de que, por ejemplo, Nikita Richardson titulaba hace unas semanas una crónica en el New York Times «¿Por qué Lucali (aún) no está en nuestra lista de pizzas favoritas?», tras verse en la necesidad de explicar, ante las quejas recibidas, la ausencia de un restaurante de moda en su lista de recomendaciones. Sin darnos cuenta, en el abonado estercolero de los victimarios ha nacido el derecho al halago. Ya no se trata solo de no hablar mal de un restaurante, sino de tener que justificar por qué no hablas bien. Quien calla ya no otorga, ofende. Oiga, ¿y usted por qué carajo no me elogia?
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