El cucurucho frío de Gabriel Rufián

OPINIÓN

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián Chema Moya | EFE

20 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

El otro día estaba pensando que, si bien este tupé con pintas de hipster no siempre me llamó la atención para bien, es probable que el político catalán que está de moda sea lo más parecido que ha tenido este país en lo que llevamos de siglo a Maradona, como mínimo en lo que a goles del parlamento se refiere, y esa bombilla encendida sobre mi cabeza está haciendo que no pueda dejar de escuchar la canción de Opus cada vez que veo entrenar, o parlamentar, a Rufián en la tribuna, delante de los micrófonos o del móvil de Vito Quiles. El Life is life ahora tiene su versión española, o charnega (casi todos somos charnegos, mestizos y gitanos en la Cataluña puritana). Pero Rufián no siempre fue el centro de atención de pseudomedios exaltados y de los retweets, hubo un tiempo en que el diputado independentista prefería llevar impresoras al Congreso, grilletes y hasta lazos amarillos o esteladas que ya no están ni se las espera donde los camarógrafos del hemiciclo: los tiempos han cambiado, ya no hay presos polítics ni políticos presos a razón de los disturbios y la consulta del octubre indepe. Ahora, sin embargo, un viraje inesperado con sus antiguos colegas morados, y viceversa, nos ha sorprendido a muchos curiosos en un momento de crisis para las izquierdas que están con la espada levantada en un sentimiento mutuo. 

Aunque gentes como José María Aznar, Esperanza Aguirre, Federico Trillo o Marta Escudero contribuyeron a la ascensión de su estrellato mediático, por aquello de la UDEF y de la ‘«palmera», su éxito por lo viral se incrementó cuando los nuevos vientos de la coalición progresista llegaron a una Esquerra que había salido escaldada durante los años escuderos solo por y para Puigdemont y que, entonces, comenzaba a entender que la salida de Rajoy por la puerta de atrás, las negociaciones en Bruselas y un Gobierno central de izquierdas por primera vez en una década engrasaría las relaciones de los suyos con los socialistas y convendrían nuevas alianzas más transversales al respecto. Rufián no solo quería empezar a ganarse la simpatía de otros catalanes como Jordi Évole, que eso sí se lo dijo al periodista en una entrevista para La Sexta, sino también la de los españoles y la de la izquierda española sin distinción, pues el hecho de que una parte de su electorado y de su partido no le haya perdonado nunca la promesa rota de marchar cuanto antes de Madrid es algo que, habiendo sido abucheado en mítines al grito de «Botifler!», le ha llevado a querer marcar un perfil propio y ser soberano de sí mismo por encima del mando que controla ERC desde Barcelona. Fuego amigo. 

Rufián nunca ocultó gestos amables hacia Podemos y sus líderes, denunciando insultos o humillaciones en directo contra Irene Montero y demás compañeras diputadas. Todavía tengo su foto al salir de la Uni de Otoño en 2023, seguido de Monedero, con Vito Quiles y su Estado de Alarma al acecho. Sin embargo, ahora que Rufián viene hablando desde hace semanas sobre un hipotético reencuentro de toda la izquierda alternativa en las urnas, con ERC y Bildu dentro, nombres relacionados con Podemos y Sumar han levantado la ceja, incluso su jefe Junqueras la ha levantado (con la excepción aparentemente favorable de Yolanda Díaz y con la silenciosa discreción de Bildu). 

Pero es que Podemos ha levantado la voz en las redes como nunca antes lo había hecho con Rufián a cuenta de una entrevista de hace escasos días en El Mundo, donde el catalán se refiere a la inmigración para advertir de que su omisión en el discurso de la izquierda pone una alfombra roja a la derecha que está ansiando recuperar la Moncloa.«Creo que la izquierda debe hablar de orden, de seguridad y de multirreincidencia y eso no nos hace menos puros». Según la opinión de Echenique, por ejemplo, el problema no está en que la entrevista se le haya concedido a un medio de derechas, sino en que se le haya comprado el discurso. Con anterioridad, además, se venía de un desencuentro protagonizado por Junqueras y Pablo Iglesias, en principio por unas declaraciones de la secretaria de Podemos en el diario Ara que criticaban las competencias de inmigración transferidas a la Generalitat. Ello marca un antes y un después en la estabilidad relacional entre quienes hasta hace apenas unos cuantos soles de agosto se compartían y se reivindicaban ocasionalmente en sus respectivos perfiles públicos. Quizás la sangre no llegue al río en última instancia y septiembre barra con el olvido, pero este conflicto se empeña en recordarnos una vez más que la izquierda a la izquierda del PSOE se encuentra descabezada, sin una estrategia unionista de cara a 2027 y con exceso de opinadores que parecen conformarse con barrer para casa mientras en la calle está calando el canto de sirenas que rima con el PP y VOX, juntos. El cornetto helado que el dandy de Rufián ha mostrado en El Mundo no ha sentado del todo bien a sus camaradas, ellos todavía van por el entrante caliente, están en lo de compartirlo o no compartirlo (con las encuestas no prometiendo más de quince diputados entre la suma improbable de Podemos y Sumar, por separado). 

¿Hay que hablar un poco de inmigración o el mero hecho de apuntillar cualquier cosa hacia esa dirección es un lienzo en blanco para los reaccionarios? Bien, la respuesta más democrática a uno de los grandes dilemas de la actualidad, española y transfronteriza, es complicada pero no imposible y también es la más gris (por ello, no gustará a todos los partidarios con demasiada fe de partido). En primer lugar, una mención temática en ningun caso representa en sí misma una amenaza caníbal a sus propios intereses ni tampoco una garantía de preservación identitaria, es decir, la izquierda alternativa corre riesgos inevitables tanto si se pone manos a la obra con la inmigración para no ceder una criptonita a la derecha como si opta por invisibilizar una realidad que ocupa y preocupa a pie de calle en un país con miles de muertos en el mar de sus fronteras, con barrios y distritos periféricos o céntricos que no siempre integran a los que proceden de fuera o los que proceden de fuera no siempre se integran en ellos, sin eludir a esos menores que llegan a estar hacinados en centros que presentan serias carencias de infraestructura, recursos o, directamente, la saturación de un espacio físico que acoge por encima de sus posibilidades. Centros de menores colapsados y hacinamiento entre juventudes desamparadas nunca serán política migratoria progresista, esto tiene que cambiar con carácter de urgencia, ya sea con mayores fondos o por medio de un reparto más equitativo que interpele a consulta europea. 

Es verdad que la criminalización es una mala consejera, además de racista y clasista, pero no es menos verdadero que existen paisanos y vecinos próximos a esas circunstancias que sufren las consecuencias de unos chavales, suelen ser jóvenes, que pueden verse tentados, inducidos, a cometer vandalismo en el peor de los casos, a incurrir en delitos con y sin violencia y a contribuir a un aislacionismo, a una desconexión social que la extrema derecha sabe utilizar en términos electorales sirviéndose del prejuicio autóctono mezclado con la primitiva y antropológica naturaleza del miedo, ya sea fundamentada sobre sucesos racionalizados o infundada a través de los mensajes difundidos por la opinión pública, objeto de la predeterminación que seleccione la agenda política desde sus oportunos u oportunistas intereses. Por otro lado, es bien certero apuntar que la izquierda sigue muy sensibilizada, así ha de ser, en lo referente al racismo y al antirracismo posterior que marcó una buena parte de las luchas sociales del siglo XX, la lucha social racializada que con la desobediencia civil, la protesta y la acción directa liberó a la comunidad negra de la segregación impuesta por los blancos en un complejo occidental que les arrebataba derechos y libertades, desde el África del apartheid colonialista hasta la América norteña del Ku Klux Klan, que se han ido incorporando con normalidad legislativa por fortuna para toda sociedad pacífica, moderna y de derecho constitucional. 

No obstante, ha de ser posible en la praxis política incorporar de manera simultánea toda reivindicación asertiva hacia la igualdad de oportunidades sin prejuicio racial o cultural con la crítica de un modelo migratorio incierto e imperfecto, cuando sea respetuosa, por supuesto, con las líneas rojas que se derivan de los derechos humanos blindados en colectivo internacional y vinculante por la ONU. Se debe decir alto y claro que cualquier persona tiene derecho a serlo con plenas facultades y garantías civiles como se puede decir que la inmigración debe estar mejor atendida y regulada con códigos específicos actualizados, también en función de la localización territorial a la que uno se quiera referir: los de Puigdemont quieren tener competencias en inmigración, con el visto favorable del PSOE y del PSC en la Generalitat, porque son conscientes de que la percepción social seguida del impacto migratorio en la región mediterránea, mayoritario en las provincias catalanas con casi dos millones de extranjeros que conforman más del 25% en población, representa una de las principales preocupaciones de sus conciudadanos voten lo que voten (según el CIS, lo es para el 18,5% de la población total en España, únicamente por detrás de la vivienda). 

¿Que este melón complica las cosas para las voces progresistas en un contexto de capitalización por la derecha? Claro, es que la derecha a duras penas tardó en sacar tajada identitaria a partir del miedo y del individualismo nacionalista, agitados y mezclados, mientras que en 2024 fueron 2.200 seres humanos los que murieron en el Mediterráneo. Con el miedo ante un mundo cambiante, con nuevas incertidumbres por resolver y con nuevas fórmulas egocentristas de extremo centrismo que explican los fenómenos de VOX, Aliança Catalana y otros grupúsculos anómalos como el Frente Obrero de Roberto Vaquero, a quien la izquierda convencional considera un «rojipardo» fascista. Estos operadores ideológicos, mediatizados en YouTube y demás plataformas semejantes, se han aprovechado de los recovecos de una visión cosmopolita, globalista, de socialdemócratas y eurocomunistas que están de acuerdo en derrumbar muros en lugar de construirlos, en el sentido de que se han dado cuenta de determinadas adversidades y conflictos interculturales que han marchado tan deprisa como deprisa han crecido los flujos migratorios y la impredecible geopolítica que puede explicarlos al menos en parte. 

Así pues, constituiría un error el considerar la inmigración al término de una baza pasajera que tiene una suerte de obsolescencia programada en el combustible emocional del neofascismo trumpista, no aprovechar el mismo señalamiento de las derechas para contraatacar por la izquierda desde la asunción del contenido, porque la inmigración es un movimiento natural y porque la extrema derecha seguirá señalando con una fuerza en auge creciente los vacíos programáticos de la izquierda en dicha materia. En un reciente artículo de elDiario.es, Alberto Garzón, el ex coordinador federal de IU y la buena intención de Sumar, apuesta por interesantes matizaciones a cargo de este respecto: no consiste en copiar el discurso antiinmigración, eso solo potencia su marco político, pero sí se puede emplear un léxico incubador y reconceptualizador a propósito de la seguridad en las calles, sí se puede hablar del cuidado de los barrios, de neveras llenas y de una convivencia respetuosa sin que el origen natal de nadie se ponga en el centro del tablero, que justo eso es lo que alberga potencialidad de criminalización. Las devoluciones en caliente, las repatriaciones arbitrarias al estilo Trump y la doctrina orwelliana y carcelaria de Bukele en El Salvador son incompatibles con un Estado de derecho robusto e inclusivo con el derecho internacional bajo el brazo, así que el lenguaje de la izquierda no puede hablar de inmigración con un vocabulario idéntico a la de esta gente porque compraría el marco ideológico subyacente, de modo que se precisa de una vuelta de tuerca conceptual para cubrir las incertidumbres ciudadanas sin el populismo exacerbado de los otros. Combatir la aporofobia que está detrás de una xenofobia con letra pequeña es una de las tareas pendientes, por la dignidad de cualquier sociedad. 

Ojo, la transformación de las ciudades en identidades y entidades multiculturales no tiene por qué ser un problema, aunque la reincidencia delictiva en clave de suma y sigue sí lo es, venga de donde venga, por lo que este problema que se ha hecho tan asiduo en las televisiones mañaneras sí debe atajarse con una clara regulación expresa por lo penal. De nuevo, cuidado, no bajo incidencias prejuiciosas, pues el uso condescendiente para con los intendentes reaccionarios sí provocaría el efecto contrario y el primero de la fila en la lección de prejuicios se llevaría el voto a casa. La virtud de la teoría científica de la izquierda es que tiene potencialidad atemporal, con la excepción de concreciones antes contemporáneas en citaciones de una vieja actualidad caduca, y el revisionismo que se ajusta a los nuevos frentes del mundo no hace abolición del materialismo dialéctico en sus contemplaciones fundamentales, siempre y cuando el materialismo y la lucha de clases, y es que se ha llamado revisionismo a lo que no lo era en tantas apreciaciones equívocas que, al final, revisionismo es uno de esos «ismos» que pueden terminar significando cualquier contextualización acorde y adecuada a los tiempos que incumban su identificación particular, casi todo lo que uno se pueda proponer en beneficio de la tesis o defensa que corresponda. Rufián puede releer a Angela Davis o a Malcom X con la misma tranquilidad de antaño: Jiménez Losantos era maoísta y tachaba de revisionista a su profe, Labordeta. 

Con lo que Gabriel Rufián pone más fácil discrepar, desde una posición tradicional de izquierdas, es con el asunto de la guerra y el desembolso que se hará en dirección bélica por donde la recaudación pública, independientemente de que Rufián esté preocupado por las madres o las abuelas que se preocupan mucho a su vez por el fantasma de la URSS y el de los ataques preventivos. Si Sánchez mantiene su palabra de no pagar el capricho maximalista de Trump mediante el mantra seguidista de la OTAN, este país será consecuente con una postura autónoma sobre la alianza atlántica en mucho tiempo, que no rompe los consensos paternalistas de la organización en cuestión pero que tampoco está dispuesta a entregarse ni plegarse en favor de las arcas de Estados Unidos, a costa de las españolas. Esto, esto sí sería patriotismo. La guerra no se frena con más guerra, con más combustible para el titán de las industrias que la necesitan para poder ser y estar en el mundo, se frena con más diplomacia y menos testosterona al servicio de presidentes criminales, genocidas, a quienes no se les aplica el bloqueo comercial que estos sí respaldan en soberanías ultrajadas como la cubana, de la mano de una Casa Blanca que no sabe perder como imperio mercantilista y que demasiado lejos le queda ya aquella dudosa afirmación de la primera democracia del mundo. Si el primer interesado en la guerra es Donald Trump con Netanyahu, no hay incremento presupuestario que valga. Europa ha vuelto a ceder ante los intereses corporativistas americanos en torno a unas negociaciones que nos dejan una fotografía poco respetable a los comunitarios.