Me lo invento

OPINIÓN

Mensajes de texto
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23 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay expresiones que sin saber de dónde han salido se abren camino y acaban en boca de todo el mundo. No hablo de esos insoportables lugares comunes del discurso público como, por ejemplo, hoja de ruta, poner en el mapa o joya de la corona. Me refiero a expresiones con una carga más profunda y retorcida, dotadas, a juicio de quienes las usan, de propiedades cosméticas, como un filtro mágico que les hiciera parecer más inteligentes y capaces cuando las pronuncian.

Es el caso de una expresión que seguro estarán cansados de oír en los últimos tiempos: me lo invento. Sus muchos devotos la utilizan para sustituir al por ejemplo o al es un decir de toda la vida. Donde antes decíamos: «Imaginemos que esto cuesta, por ejemplo, cincuenta euros», hoy se oye: «Imaginemos que esto cuesta, me lo invento, cincuenta euros». La oí por primera vez hace ya un par de años, y ahora casi a diario, pero no dejan de chirriarme esos egos tan necesitados de asomar la cabeza en cada frase con un yo, un mi o un me para seguir respirando y colonizar el mundo con su presencia.

Aunque no tenga el mismo sentido ni el mismo encaje sociológico, este me lo invento de hoy enlaza con aquel como digo yo que se estilaba tanto antes para anticipar una obviedad. Todos tuvimos una vecina que decía, por ejemplo: «Como digo yo, lo barato sale caro». Tú y todo el mundo, Mari Carmen, apetecía contestarle, pero callábamos: no había doblez ni mascarada.

Otro caso notable es el de quienes terminan un correo, mensaje o post en redes con un verbo hecho carne a modo de despedida: Seguimos. Lo hacen en el baboso email de peloteo al jefe, en la homilía diaria en redes sociales o en el recordatorio al equipo de que hay que volver a rellenar la Excel de mierda. Los tipos se sienten ejecutivos rebosando dinamismo tras la cristalera de una oficina en Cupertino abierta al valle de Santa Clara, olvidando su realidad de loritos repitiendo sandeces irrelevantes desde un zulo con vistas a sí mismos.

El mecanismo de propagación de todo ese sebo lingüístico es sencillo. El vampiro, siempre al acecho, oye la expresión de alguien a quien admira o envidia y se la apropia. A partir de ese momento la usará con naturalidad, como si en vez de ser el botín de un robo impune del carisma ajeno, formase parte de su identidad desde la infancia. Es su marca personal y hasta le molestará cuando descubra a otras personas usándola, como si le estuvieran copiando la firma con enorme desvergüenza.

La mayoría de estas expresiones caen en desuso desgastadas por el tiempo, pero siempre queda un grupo de rezagados sin enterarse de que el mundo ya las ha repudiado. Ellos creen que sus seguimos de despedida todavía transmiten un buen rollo de la hostia, ignorando que ahora, lejos de darles lustre, son reconocidos certificados de medianía, y que la luz de esas palabras no es un faro de guía para los demás sino una utilísima baliza de peligro.