El pueblo anestesiado

OPINIÓN

Varias personas cruzan por un paseo de peatones del centro de Oviedo
Varias personas cruzan por un paseo de peatones del centro de Oviedo Héctor Herrería

Cuando la ignorancia se convierte en complicidad y la pasividad en autodestrucción

30 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

El espejo roto de la ciudadanía

Durante demasiado tiempo hemos centrado la crítica en los políticos. Y con razón: mentirosos profesionales, artesanos de la impostura, mercaderes de palabras huecas que han degradado la democracia en beneficio propio. Sin embargo, ya no basta con repetir ese diagnóstico. Hoy la interpelación debe dirigirse hacia otro espejo, aún más doloroso: el pueblo mismo, la ciudadanía que, con su silencio, su resignación o su fanatismo, perpetúa aquello que dice detestar.

¿Qué le pasa a la gente? ¿Por qué, teniendo más información que nunca en la historia de la humanidad, se comporta con mayor ligereza, con más ceguera y menos sentido crítico? La ignorancia, antaño disculpable, hoy resulta imperdonable. La verdad está a un clic de distancia, pero muchos prefieren la consigna fácil al razonamiento incómodo, la consabida etiqueta ideológica a la reflexión matizada.

Como escribió Ortega y Gasset: «Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas». Y, sin embargo, vivimos en un tiempo donde la duda ha sido sustituida por la fe ciega en líderes mediocres o en bulos fabricados al por mayor.

La paradoja de la sumisión

Resulta escandaloso contemplar cómo trabajadores y pensionistas apoyan a partidos que legislan en su contra; cómo mujeres avalan proyectos políticos impregnados de machismo; cómo ciudadanos homosexuales se alinean con dirigentes abiertamente homófobos; cómo personas racializadas respaldan a políticos que desprecian su mera existencia. Se trata de una paradoja de la sumisión: víctimas que aplauden a sus verdugos, ciudadanos que refuerzan sus propias cadenas.

El filósofo Étienne de La Boétie lo advirtió en el siglo XVI: «Son, pues, los mismos pueblos los que se dejan o, mejor dicho, se hacen encadenar». Cinco siglos después, su diagnóstico sigue vigente: la servidumbre voluntaria es más letal que la opresión externa.

La anestesia colectiva

No podemos escudarnos únicamente en las redes sociales y sus algoritmos, aunque su responsabilidad sea indiscutible. La verdadera raíz del problema está en la pereza intelectual, en esa comodidad que lleva a muchos a delegar su pensamiento en otros. Es más sencillo repetir un eslogan que leer un informe, más cómodo asentir con la moda ideológica dominante —ya sea de extrema derecha o de radicalismo ciego— que soportar el peso de la discrepancia.

Se ha instalado el «bienquedismo político»: ser facha porque está de moda, ser rojo porque lo dicta el grupo, asentir para no quedar marginado. Y así, la sociedad se convierte en un río embravecido donde el individuo prefiere dejarse arrastrar antes que remar contracorriente.

La ciudadanía ilustrada existe, sí, pero alza poco la voz. Como si temiera la burla, el linchamiento digital o el aislamiento social. De este modo, la riada de la mediocridad se impone y arrastra con fuerza incluso a quienes saben que se dirigen hacia un precipicio.

La democracia degradada

La democracia tiene defectos, no cabe duda. Pero defender dictaduras, justificar totalitarismos o trivializar el fascismo es una aberración moral e histórica. Lo dijo Churchill, con su habitual ironía: «La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás».

No hablamos solo de ideología. Hablamos de derechos fundamentales, de nuestra dignidad, de la herencia que legaremos a hijos y nietos. Defender regímenes autoritarios es como vender el futuro por un plato de lentejas ideológicas, como hipotecar la libertad por el espejismo de un líder fuerte.

Aquí cabe nuestra frase inédita: «La democracia no muere por los cañones, sino por los aplausos de los que se entregan mansamente al verdugo».

Ejemplos sangrantes

  • La realidad está repleta de incoherencias que deberían sonrojarnos:
  • Pensionistas que defienden recortes disfrazados de sostenibilidad.
  • Jóvenes precarizados que jalean políticas laborales que los condenan a la inestabilidad perpetua.
  • Ciudadanos de clase media que se oponen a impuestos progresivos que, en realidad, aliviarían su carga en beneficio de los más poderosos.
  • Padres y madres que normalizan discursos xenófobos olvidando que la educación en valores es la mejor herencia para sus hijos.

Se trata de un fenómeno global, pero en España y Europa lo vivimos con especial crudeza: la banalización del fascismo, el auge del populismo, el desprecio a la ciencia y la exaltación de la visceralidad.

Soluciones: el cambio desde abajo

Los políticos no van a cambiar. No tienen incentivos para hacerlo. El cambio debe nacer en la gente. Y ese cambio exige:

  1. Educación crítica y permanente, no solo instrucción técnica. Enseñar a pensar, no a repetir.
  2. Medios de comunicación valientes, que prioricen la verdad frente al clic y la rentabilidad inmediata.
  3. Una ciudadanía organizada, que entienda la democracia como un proceso activo y no como un trámite electoral cada cuatro años.
  4. El regreso del pensamiento libre, del debate honesto, del respeto al matiz.

Como dijo Antonio Machado: «Desprecia cuanto ignora». Es hora de revertir esa inercia, de recuperar la virtud de escuchar, contrastar y razonar.

Epílogo: el deber de despertar

El peligro no está solo en los políticos corruptos ni en los partidos que polarizan para dividir. El verdadero riesgo está en una ciudadanía que renuncia a su deber de pensar, que acepta sin rechistar, que confunde obediencia con civismo.

La democracia no se derrumba con un golpe militar, sino con la apatía masiva. El verdugo no necesita cadenas cuando cuenta con nuestra indiferencia.

Por eso es urgente alzar la voz. No desde la crispación vacía, sino desde la razón, la ciencia y la justicia social. Basta de frivolizar con el futuro. Basta de delegar nuestra dignidad.

El momento es ahora. Y solo un pueblo despierto puede salvarse de sí mismo.

¡Basta!