Mientras Donald Trump y Vladimir Putin se reunían en Alaska el pasado 15 de agosto, demostrando de manera plástica en qué tipo de manos está el mundo, Timofei Kocheshkov afrontaba en el centro de detención de Folkston (Georgia, Estados Unidos) la angustia que cualquier persona enferma de diabetes experimenta cuando no tiene acceso a un tratamiento y control ordinario de los niveles de insulina. El caso de Timofei es paradigmático, porque es demandante de asilo en Estados Unidos precisamente para escapar de las garras del totalitarismo putiniano y, dada su edad (21 años), probablemente para evitar el riesgo de conscripción obligatoria en las filas del ejército ruso, necesitado de efectivos para sostener la guerra frente a Ucrania. El empeño imperialista, la voluntad de sojuzgar a su vecino y obtener conquistas territoriales por la fuerza, ha costado, desde febrero de 2022, la vida de al menos 125.681 soldados de la potencia agresora, entregados a la picadora de carne humana que es la guerra (según el seguimiento que realizan BBC News y Mediazona, en la cifra más conservadora que pueden acreditar). Timofei alcanzó la frontera de California en mayo de 2024 junto a su hermano mayor y sus padres, y, a pesar de tener una cita (que entonces era posible obtener por medios telemáticos, ahora ni eso) para tramitar su solicitud de asilo, fue remitido primero a un centro detención en Calexico (en el mismo Estado, y fronterizo con México) y, luego, separado de su familia y trasladado al centro en el que se encuentra recluido actualmente. Su petición de asilo no ha sido resuelta y el trato que recibe en Folkston es inhumano y degradante, propio de un centro con un largo y siniestro historial de abusos documentados por los propios servicios de inspección del Departamento de Seguridad Interior. En Estados Unidos, el destino reservado a los solicitantes de asilo puede ser la detención indefinida, sin acceso incluso a medidas básicas de protección y seguimiento de la salud como le sucede a Timofei, a pesar de que un tratamiento inadecuado de la diabetes puede acarrear, como es comúnmente sabido por la proliferación de la enfermedad, consecuencias irreversibles, también en pacientes jóvenes. Amnistía Internacional acaba de lanzar un llamamiento para presionar al todopoderoso Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (Inmigration and Customs Enforcement, ICE) y que atienda a la situación de Timofei, pues sólo dando a conocer el calvario de quienes pasan por las manos de este sistema cruel se puede evitar la perpetuación de injusticias de este calibre.
Las políticas despiadadas de Estados Unidos hacia la población extranjera no comenzaron con Trump, y van también dirigidas hacia aquellos que solicitan protección internacional de acuerdo con el Protocolo de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados. La negación radical del derecho a buscar asilo, la consideración de la propia acción de migrar prácticamente como una actividad criminal (incluso cuando el interesado se presenta voluntariamente en el centro oficial con una cita previa, como Timofei), y la brutalidad en el trato van, sin embargo, en aumento, con la coartada ilimitada de la seguridad nacional y a lomos del éxtasis xenófobo del nacional-populismo. Todo ello con un añadido propio del sistema norteamericano, como es la confluencia del interés económico, pues Folkston es un centro de detención privatizado gestionado por la corporación GEO Group, contratista del ICE. En el impulso extraordinario del gasto público en la militarización y expansión del ICE, para cumplir el plan de detenciones y deportaciones masivas, y cuyos actuación y métodos pasan por la privación de cualquier garantía jurídica a quien cae en sus garras, también ganan determinados intereses particulares, beneficiarios de los 150.000 millones de dólares adicionales previstos para tal fin en los próximos cuatro años previstos en ese sarcasmo llamado «Big Beautiful Bill». Esta norma reordena las prioridades de gasto público de acuerdo con el criterio moral del trumpismo, aplicado ya sea en el plano internacional o en el interior: castigar al perseguido, tratarlo como un paria, poner su vida en riesgo y mostrar a la par miserable debilidad con el poderoso y fortaleza aguerrida con el vulnerable.
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