Vocación deriva del latín «vocatio», que se puede traducir por «llamada». El único ser que surgió en la Tierra desde el primer atisbo de vida, hace unos 4.000 millones de años, que fue «llamado» por el mal es el hombre. El mal es cotidiano. Está en los centros de enseñanza, en el trabajo, en la familia, en la comunidad de vecinos, en la «patria»…, en cualesquiera de los ecosistemas que habitemos. Es un mal intrínseco. Pero no es el mal que Hannah Arendt llamó «absoluto». La alumna del autor de «Ser y Tiempo» lo acuñó tras los horrores del nazismo, y siendo acertado, nosotros lo extendemos al comunismo «en marcha» (que no al núcleo teórico del marxismo) y al imperialismo.
El fascismo está de vuelta. Los Estados Unidos de Trump no difieren ya en lo esencial de la Venezuela de Maduro, de la Rusia de Putin, de la China de Xi o de la India de Modi, lo que supone un polo de atracción mundial. Europa marcha por esa senda, acogiéndose a la pérdida del infame slogan «los valores cristianos» (nunca los tuvo; siempre estuvo al lado de los valores contrarios, crucificando así, una y otra vez, una y otra vez, al nacido en Belén en una cuadra y que predicó contra la riqueza y la injusticia). Y en España, ¿qué está sucediendo?
Sarah Santaolalla solo tiene una parte de razón cuando sostiene que 11 millones de electores son «ignorantes e imbéciles». Se refiere a los votantes de Vox y del PP. Por descontado que la ignorancia y la imbecilidad anidan en muchos de ellos, pero hay un grueso no desdeñable que les votan por intereses creados: es el Capital, y todos los subalternos que le hacen existir a cambio de beneficios abultados o desorbitados. Y el Capital, que siempre vive mejor con los regímenes populistas, se ha subido al maremoto inducido por miserables de la talla de una tal Ayuso, de un tal Abascal, de un tal Feijóo, de un tal Aznar, de un tal Puigdemont, de un tal González (Felipe), que manda huevos, etcétera. Es legítimo ser de derechas, de centro o cristianodemócrata. Lo ilegítimo es apoyar a partidos que, camuflados bajo estos paraguas, hablan y actúan como verdaderos fascistas. Si los cabecillas de sus siglas predilectas prostituyen los ideales éticos básicos, voten en blanco o no voten, pero no alimenten a la alimaña. Un tipo, iletrado y de absurda vida, me dijo una vez que iba a votar a Vox, solo para ver qué pasaba con el cambio. Serio, le invié a que leyera algo de la Europa entre los años 22 y 45 del siglo XX, y que en España se prolongó hasta el 75. Y le propuse prestarle dos libros de mi biblioteca, nada gruesos, sobre ese tiempo, firmados por historiadores reputados, de los que investigan los hechos con toda la objetividad de la que es capaz un humano de bien. «No, gracias, Eduardo... Pensaré en lo que me has dicho y ya veré lo que hago». Y así estamos, con esa «nfluencer» madrileña pija total jactándose de no leer. Y así va el encuentro: «Influencers», 10; Libros, 0. Odio, 10; Tolerancia, 0.
Y no tienen medida. Son unos kamikazes. El descabalgamiento de la Vuelta (si la dirección acepta la medalla de oro de la Comunidad madrileña se manchará las manos con la sangre que de ella emana, como la de los diamantes) fue comparado por la Ayuso con la matanza de más 11.000 personas en Sarajevo. El Capital se debió de reír mucho con esa «ocurrencia», aunque muchos ignorantes e imbéciles pudieron tragarse tal barbaridad, que debería penalizarse con el ostracismo. Pero a la matarife 7.291 no la toca ningún dios togado. Arrasó las residencias de mayores («se iban a morir igual», dijo el monstruo) y ahora los tiene desesperados por la sarna, la mala comida y la desatención generalizada. Las prestaciones a los robados y explotados, al lumpen, es de las más bajas del país, cuando la riqueza en esa región es la más alta. Consecuentemente, esos dineros requisados al pueblo se destinan a la privacidad: de la salud, de la asistencia humanitaria, de la enseñanza, de los medios y comunicadores afines, O sea, a los propagadores de la maledicencia que justifica el extermino de los palestinos, porque si el Hitler israelita Netanyahu no los aniquila, ellos, los palestinos destruirán la «civilización Occidental», aseveró la que habita en la alta casa y duerme en la ancha cama con un desecho, tesis compartida por otro matarife, el Aznar de las «armas de destrucción masiva», que para España significó la muerte de decenas y decenas de compatriotas. Estos dos puercos nos están sugiriendo una reedición del año 711: la invasión musulmana de la península Ibérica comandada por Tariq ibn Ziyad. Esta segunda, según estos puercos, la protagonizarán trece centurias después uno de los pueblos más jodidos del orbe: ¡¡¡los palestinos!!!
Al PP le gusta la sangre. Ahí está el 228 (llegará a ser el 229) valenciano o el gallego y el castellanoleonés de los incendios. Pero nunca, nunca, la muerte afecta a los agraciados por sus méritos de nacimiento, actividades esclavistas, inductores de la sociedad de castas, propagadores de enfermedades derivadas del trabajo duro, de las extenuantes horas extras, generalmente no abonadas, del acoso laboral, económico y social: infartos, cáncer, locura. Abascal, que acaba de ser denunciado por ex correligionarios por un fraude piramidal, es el adalid de repugnantes inclinaciones: el racismo y la aporofobia, entre otras, como buen compadre de Milei (también investigado junto a su hermana por desfalco) y de Trump, el tirano de referencia.
La irrupción del desvarío totalitario es, en estos momentos, la «mano que mece la cuna» de la hecatombe que está sufriendo Gaza. Los matarifes Ayuso y Aznar, a los que González no «abandona», les importan una mierda los posiblemente ya más de 20.000 niños asesinados por los israelitas, y no utilizamos el término israelí porque los que mandan son herederos de los mismos que, creyéndose (!?) ser elegidos por un extraterrestre al que llamaron Yahvé, arrasaron Canaán y mataron o expulsaron a sus moradores (Jericó y las trompetas que derribaron sus murallas fue, en realidad, una matanza espeluznante). Este es el Israel mayoritario en el presente, azuzados por unos extremistas que parten de los mismos principios contenidos en el Mein Kampf, a saber: exterminar a una etnia, en este caso confinándola en un extenso campo de concentración, la Franja, de la que no pueden escapar ni las ratas, que para Netanyahu ratas son los palestinos, como para Hitler ratas eran los judíos. Hemos de repetir: manda huevos.
Pues hete aquí que 7.291, además de los antedicho, ratificada por su próximo cadáver, el gallego acéfalo, nos recuerda que Israel es la única democracia de Oriente Medio, como si una democracia fuese garantía de buenismo. Que se lo pregunten a los hindúes con respecto a Gran Bretaña o a los argelinos con respecto a Francia. Y un inciso sobre el «cadáver»: así como Ayuso se merendó a Casado en un abrir y cerrar de ojos, Feijóo, más temprano que tarde, correrá la misma suerte. La infausta y fatídica presidenta, a la que asimismo la acechan las corruptelas a través de los bobos que firman sus órdenes (adjudicaciones públicas a capricho troceando las partidas económicas, etcétera), y que tiene al PP madrileño sumiso, tal y como corresponde a una sádica, no tiene escrúpulos en devorar a los suyos, a la manera de Saturno con sus hijos, para hacerse con las riendas del partido y convertirlo en una secta de alucinados que la aúpen a La Moncloa, desde donde su «puño de hierro» hará pequeño a Vox. El «Ello» freudiano de esta mujer debe ser tan horripilante que su «Yo», desbordado, mendicante, precisa de una represión tal que el «Súper Yo» resultante es, ahora sí, una máquina de destrucción masiva, despreciadora del Derecho Internacional, de los Derechos Humanos y hasta de su jefe de Estado, quien la semana pasada dejó muy claro, en El Cairo, quién está en lado correcto de la Historia al referirse a Gaza. 7.291, cabeza de la víbora del «españofascismo», y su «tropa», en la que el perrito faldero Martínez-Almeida, que más le vale, destaca por sus ladridos evocadores de etarras y «kale borroka», pasarán justamente a la Historia como los que respaldaron la mayor carnicería del primer cuarto del siglo XXI. Esa, y sola esa, será la reseña en los textos que estudiarán futuras generaciones acerca de esta banda de infinita inhumanidad, lo más degenerado de la evolución darwiniana: los protagonistas contemporáneos del mal absoluto.
(1. En su último y desgarrador libro, «A pedazos», el escritor británico de padre pakistaní Hanif Kureishi escribe: «Todos los programas nazis y fascistas creen que la eliminación de unos cuantos descarriados [para oficiales militares españoles, unos cuantos son 26 millones] permitirá crear un mundo nuevo y un próspero futuro. Es una convicción propia de imbéciles». 2. El premio Nobel de Literatura Oé Kenzaburo publicó en 1964 una narración que, en castellano, años más tarde, se tituló «Una cuestión personal» y donde se lee esto: «La gente va a la deriva en un mar embravecido, populoso, fascista». 3. En su extraordinaria obra «La gaviota», Chéjov hace que uno de sus personajes, Medvedenko, le pregunte a otro, una mujer llamada Masha: «¿Por qué vas siempre de negro?», y ella le responde: «Estoy de luto por la vida»).
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