Empecemos por un silogismo.
La violencia es inmoral. Todo supremacismo conlleva violencia. Luego, el supremacismo es inmoral.
Extendámonos un poco, por si no queda claro.
La Organización Mundial de la Salud define la violencia como «el uso deliberado de la fuerza física o del poder, real o como amenaza, contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones». La violencia no solo se da de forma física, también puede ser psicológica, sexual, laboral, económica, entre otras. Es considerada, en definitiva, una violación de los derechos humanos y, por tanto, inmoral, pues va en contra del bien común.
El supremacismo, del tipo que sea, es una enajenación violenta, en la medida en que, al basarse en supuestos de superioridad grupal ajenos a la realidad, emplea y justifica el abuso y la violencia sobre otros grupos humanos. Son bien conocidas las acciones violentas cometidas y justificadas por la supuesta superioridad de una religión, una «raza» o una nacionalidad, un sexo, o cualquier criterio grupal.
El caso del supremacismo religioso es particularmente perverso pues quienes, en nombre de la religión, de cualquiera, y con el propósito de conseguir la adhesión de «sus» creyentes a sus intenciones hostiles, descontextualizan y manipulan «textos sagrados» utilizándolos como pretextos para justificar la violencia, haciendo saltar por los aires los más básicos códigos morales de dichas religiones. Porque, en general, las religiones aspiran al bien común, promoviendo valores éticos como el amor al prójimo, la paz, el respeto, la justicia, la compasión. Y condenan la mentira, el robo y el asesinato. Y ahí están, dando ejemplo sin el menor escrúpulo; mintiendo, robando y matando desde el gobierno de sus países, a pesar de que la mayoría de sus habitantes no comparten esa enajenación. Aunque padecen sus consecuencias.
Las personas que promueven el supremacismo, y justifican y/o ejercen la violencia en su nombre son, por tanto, personas enajenadas y moralmente discapacitadas para una convivencia respetuosa. Cuanto más para tomar decisiones respecto la vida de una comunidad o, para desgracia del mundo, de un país poderoso.
Porque ese es finalmente el motivo: el poder. El acaparamiento de recursos, de dinero, de poder, mediante el abuso, por una minoría codiciosa, en detrimento de una mayoría con carencias, severas en muchos casos. Siempre ha sido eso. Y tal vez sea la razón por la que Palestina apenas tiene apoyo de otros países árabes. Por ejemplo de Egipto; por lo que obtiene de Leviatán: un yacimiento de gas desde el que Israel exportará a Egipto 130.000 millones de metros cúbicos por un valor de 35.000 millones de dólares. La religión más poderosa es el dinero, y sus profetas están enfermos de codicia.
¿Por qué hay quienes se dejan arrastrar por esa vorágine fratricida? Como expliqué en un artículo anterior, según la neurociencia, ciertas limitaciones cognitivas, el déficit en el control de impulsos y en la regulación emocional, la conducta antisocial y violenta, pueden tener su origen una una infancia adversa, ya sea por carencias materiales y/o afectivas, o traumas. A esas manifestaciones subyace un malestar latente para el que la tentación recurrente de un improbable alivio sintomático puede ser la proyección de su frustración, sus complejos, su odio y su hostilidad en alguien más vulnerable. Hay una relación inversa entre una crianza afectuosa, sin traumas (educar a la infancia en el odio es traumático) ni carencias importantes y con modelos morales universales, y la conducta violenta y de abuso.
Y por qué justificar una infamia como la que está cometiendo el gobierno de Israel en Gaza y hacerse así explícitamente cómplices de una atrocidad de esta envergadura. Por una identificación con los motivos supremacistas, por colusión de intereses de tipo geopolítico, económico, entre otros motivos igualmente inmorales. Pero cómo hacerlo. Cómo justificar algo que la mayoría de la gente percibe horrorizada desde la empatía con las personas que sufren —palestinas e israelíes—, sin parecer un monstruo. Citando al profesor de Ciencias Sociales y Psicología de la Universidad de Stanford, Albert Bandura (1925-2021), la desconexión moral, como la que se da en este tipo de enajenación, permite aplicar una serie de mecanismos cognitivos que eviten el conflicto moral y mantener cierta coherencia pensamiento-conducta. A saber: utilizar eufemismos para la conducta reprobable, hacer una comparación ventajosa con otras conductas [falacias], desplazar o diluir la responsabilidad, distorsionar las consecuencias de los hechos reprobables, deshumanizar y/o atribuir la culpa de los hechos a las víctimas.
Así, tenemos a un expresidente del gobierno español invocando el miedo a las consecuencias de que «Israel pierda lo que está haciendo. […] La derrota total del mundo occidental» cuando son estas enajenaciones supremacistas las que ponen en peligro al mundo alimentando la espiral de violencia. Muchos cómplices del genocidio acusan de antisemitismo a quienes acusamos al gobierno de Israel, ignorando que los palestinos también son semitas. Y, sobre todo, argumentan que denunciar el genocidio es ponerse del lado de Hamás, que es, además, la culpable del exterminio de la población palestina de Gaza. En su cabeza parece funcionar esta lógica obtusa como mecanismo de elusión del conflicto moral, y pretenden colarnos una falsa dicotomía. Para lavar su conciencia, necesitan que elijamos un bando: el del enemigo, el terrorismo yihadista; o el del terrorismo sionista, a quien consideran ¿amigo?. Pero no. En mi caso, me pongo del lado de los pueblos palestino e israelí, incluyendo a genuinos musulmanes y judíos que, desde la cordura, la decencia y la coherencia, se oponen a la violencia y claman por una solución pacífica como la de los dos Estados.
El daño a la población civil es inconmensurable. Y casi incomprensible a tenor de la historia reciente del pueblo judío. Una aberración moral en el siglo XXI, justificada por quienes han de pasar a la historia como los nuevos colaboracionistas. Si los instigadores y ejecutores, tanto de los ataques terroristas, como del genocidio, son de verdad creyentes, querría creer que tendrán remordimientos y temerán, en algún momento, que sus dioses respectivos no les perdonen tanta vileza. Pero, sobre todo, quiero creer que la Corte Penal Internacional hará diligentemente su trabajo y juzgará a todos los terroristas cuanto antes.
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