Mucho se habla estos días de la flotilla que se fue a Palestina. El plan de organizar un viaje de carácter humanitario para llevar ayuda a la población gazatí merece elogio y reconocimiento, al menos desde mi punto de vista, pero en cierto modo le recuerda a uno esos impulsos románticos de la juventud, cuando el corazón palpitaba sin freno y el cerebro dormitaba. El bien en sus diferentes grados es fácil de confundir cuando el individuo se hace masa y la masa es moldeada por esas manos impías que no desaprovechan la oportunidad de alzarse con un pequeño botín. Luego comentaré a qué botín me refiero.
La primera pregunta que me hago es por qué España se apresuró con tanto entusiasmo a reconocer el estado de Palestina, bastante antes de que lo hicieran los países de nuestro entorno. La explicación inmediata podría atribuir la iniciativa a nuestra arraigada relación con Palestina desde tiempos olvidados en la memoria. Este alineamiento fraternal se traduce en el rechazo sin paliativos a Israel, gobierno genocida al que, en cambio, los citados países de nuestro entorno (por ejemplo Francia, aludida ahora en España como «pionera de la inclusión del aborto en la Constitución», reconoció a Palestina cuatro meses más tarde) se cuidan muy mucho de condenar en voz alta mientras guardan la ropa, a sabiendas de que detrás del lobo feroz israelí está parapetado el gran oso rubio americano. El tiempo nos confirmará si nuestra exagerada significación con la justa causa es un error político de indeseables consecuencias, por ahora al oso no dejamos de incordiarlo con torpezas innecesarias. La otra posible respuesta, la verdaderamente propia de adolescentes desquiciados, es concluir que franceses, italianos, ingleses y resto de gentuza son mucho menos humanos, solidarios, generosos, hospitalarios, progresistas y demócratas que los españoles, no hay más que recordar que el bendito Quijote lo escribió un español de alma blanca.
No hace falta seguir dándole vueltas a la noria para concluir que no vale ninguna de las dos contestaciones aunque de forma superficial puedan justificar el arrebato democrático.
Quienes ya tenemos una cierta edad nos reconocemos en estos viajeros de la flotilla cuando la memoria nos fotografía junto a otros héroes de los años setenta en aquellas inflamadas manifestaciones que inundaban nuestras calles grises a favor del pobre Frente Polisario, entonces amenazado por las garras marroquíes y ahora destrozado y engullido, sin que ninguna de sus románticos defensores abra ahora la boca para protestar. El antes y el después, caras de la misma moneda falsa, dados de trilero astuto, solo que la trascendencia de aquellas protestas idealistas, mayoritariamente universitarias, tenía el alcance limitado de unos porrazos más o menos dolorosos, y la de este viaje heroico pudo afectar peligrosamente al gobierno, pues tiene no poco de irresponsable la idea de llegar hasta las playas de Gaza, como si no se sospechara que la marina israelí saldría bruscamente al paso. En esos instantes nerviosos de interceptación de los barcos, ¿no podría haber ocurrido, por ejemplo, que un movimiento inoportuno de uno de los viajeros, un ruido inespecífico, una risa, un tropezón, lo interpretara un soldado como un intento de agresión y lo hiriera o incluso lo matara? ¿Qué exigiríamos entonces al Gobierno? ¿Responder militarmente desde el barco Furor para aniquilar el sionismo? ¿Convocar a la inoperante ONU para que reaccione con comunicados de rechazo-repulsacondena? ¿No es, definitivamente, bastante temerario y censurable que David se enfrente a Goliat esperando que papá gobierno salga en su ayuda?
Podríamos añadir, para entendernos mejor, que la expedición debe interpretarse acaso como un hermoso acto simbólico, como una protesta muy valiente contra la impunidad del genocida. Es una forma verosímil de ver las cosas, de hecho no se puede negar que el efecto propaganda se ha conseguido con creces. Pero tal vez sus organizadores tenían que haber calculado las posibles consecuencias para no involucrar a nuestro gobierno, aceptando además que sensibilidades humanas hay muchas y a todas hay que concederles legitimidad. En esa línea se acaba de manifestar el gobierno portugués advirtiendo a los suyos que en caso de emprender parecida aventura el viaje de regreso de Ítaca lo van a financiar sus propios bolsillos.
Un conflicto con el avieso Israel no es precisamente lo que necesitamos los españoles en esta época de descalabro político; ya vamos viendo que nuestros representantes aprovechan las sesiones parlamentarias para cruzarse insultos y amenazas vergonzosamente, haciéndonos ajenos a sus peleas por el trono. Sin ir más lejos, lo que ocurrió el pasado jueves en la Asamblea de Madrid no debería repetirse, fue bochornoso, pura confrontación barriobajera. De seguir así va a haber que colocar unas canastas a la entrada del edificio para que sus señorías depositen sus pistolas, como reflejan algunas fotografías tomadas a las puertas del Congreso en el treinta y seis.
Bien, al final del primer párrafo deje pendiente un comentario referente al botín que haré ahora procurando ser ecuánime.
Es absurdo ignorar que todo movimiento que represente reivindicaciones populares más o menos exaltadas, más o menos justas, beneficia con nitidez a la izquierda, pues es en su espejo donde se reflejan las tablas de la ley democráticas. Por tanto, la derecha está recibiendo en estos momentos un correctivo que complica aún más el contencioso Pp-Vox, la pinza la vuelven a tener puesta y no siempre saben zafarse de ella. Salvo milagro, algo de pesca recogerá Sánchez en sus atentas redes y seguramente sabrá multiplicarla por cien, como en la parábola de los panes.
Tampoco parece que le vayan mal las cosas a la heroica Colau en las encuestas en su pelea con Podemos y la Cup. Y tampoco sería muy inteligente no percibir que cuando ella se subió al barco en Barcelona sabía perfectamente lo que hacía, el espectáculo mediático estaba garantizado, a pesar (¿a pesar?) de las sombras pringosas de los ex-etarras Moreno y Osés embarcados en la flotilla.
Y mientras la tragedia palestina parece abocada a una paz deplorable, y quizás efímera, la flamante Unión Europea sestea indiferente, comprando gas ruso y armando a Israel. Su actitud indigna y cobardona recuerda al farisaico Pacto de no Intervención impuesto por el premier británico Baldwin a la República al comienzo de nuestra guerra civil y que de facto supuso que la catástrofe que pudo evitarse siguiera su curso destructivo.
Hablando de compraventas espurias y de pactos de cafetín, precisamente se acaba de saber que el embargo de armas a Israel que minutos antes Podemos juraba en hebreo no votar, se ha producido finalmente, aunque en tono fake, con más agujeros que un queso gruyer. Y todo a cambio de nada, señores espectadores, sin que haya habido compromisos de transacción ni venta de burro alguno, la responsabilidad se impone cuando el bien de España está por medio.
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