Se acaba de publicar que, diariamente, la media de abandono de mascotas, muy por delante están los perros (y las perras), es de 800, lo que da 292.000 animales arrojados a la «mendicidad» al año. Los perros y las perras, los gatos y las gatas, etcétera, en el día más infausto de sus días, cayeron en manos de los hombres y de las mujeres, que es todavía más horrible que caer en las serpientes de la Gorgona que, por si fuera poco, petrifica con la mirada. Hace ya tiempo que en las ciudades saltó la moda de tener mascotas, y la moda, como se sabe, es un gigantesco imán que atrapa, y del que queremos ser atrapados a toda costa, para uniformarnos, que tan bien nos hace sentir. Es uno de los «regalos» estrella que nos trajo la posmodernidad.
Si esto es así, que los hombres y las mujeres somos muchísimo más inhumanos que los perros y las perras, entonces, estos y estas son los «verdaderamente» humanos, pasando nosotros, por consiguiente, a conformar la familia de los cánidos, pero no el de la familia formalmente linneana, sino de la de Cerbero, el monstruoso perro de las tres cabezas del mito griego. Porque, ¿acaso es imaginable que «el mejor amigo del hombre» dejase a varios miles de mujeres (la cifra aún no se puede fijar: sigue aumentando) con tumores en los pechos o sospecha, sin ser citadas durante meses y meses para ser revisadas y tratadas? Parece raro, aunque no lo es, que una tía con tetas, la ya exconsejera andaluza de ¡Salud!, al igual que una de las portavoces del PP, una tal Esther Muñoz, se haya pasado al bando contrario en un asunto que le puede afectar a ella mortalmente, como es el caso de tantas y tantas andaluzas, y las que dejarán de respirar en el futuro por esta «praxis», tan del gusto de los gánsteres.
Pero, ¿por qué no es raro? Porque el poder y sus beneficios igualan géneros y todo tipo de contrarios, y para seguir en ese estado de «placer», no solo se miente, también se hace el ridículo más obsceno. Primero la ex dijo que las afectadas eran dos; luego, cuatro, y cuando el escándalo estalló, que las mujeres veían el vaso «medio vacío». Esta es una ejemplar de perra de la familia de Cerbero. Sin embargo, el presidente, ese perro llamado Moreno Bonilla, se aferra al cargo, como el can valenciano. Los perros y perras del PP dejan a su paso un rastro de muerte, donde la peor es la de Madrid, donde se ceba con los ancianos (a ella le queda solo una treintena de años para serlo y tal vez, esperemos, sufrir ella misma las políticas cainitas neoliberales) y con todos y cada uno de los servicios esenciales para el populacho no «popular», en la más estricta acepción que le da uno de los pueblos más despiadados y estúpidos del momento: el estadounidense.
Ahora bien, niños, adultos y viejos de la turba puedan sufrir, enfermar y morir, pero los no nacidos, ni hablar, que dijo la Medusa de la comunidad-nación. A abortar, «a otra parte», clamó en la Asamblea madrileña el jueves último como una macarra de lo más ordinaria y camorrista (en 2002 abrazaba el aborto, e incluso afirmó que una chica de 16 años pudiese acogerse a él sin el permiso de sus padres: ¿no sugiere este atroz, por sanguinario, giro la trama de «El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde», de Stevenson?). Lo que no dijo, sin embargo, es que las niñas pijas podían seguir abortando en «sus» clínicas privadas. Las otras, a la España sociocomunista, y que no rechisten, pues siguen contando con la «fortuna» de no tener que acudir clandestinamente a tugurios donde sus vidas pasan de las manos de los ginecólogos a las de Dios, aunque no descartemos que este fantoche acabe con la Constitución haciendo pinza con Vox, o las dos amenazas a la democracia más serias y sórdidas que tenemos para volver a la «Edad Oscura».
«¡Ánimo, Alberto!», le dijo Sánchez a Feijoo un día antes de la intervención de la perra custodia del inframundo, porque a partir de ese infausto jueves es más concordante con la realidad un «¡Chao, Alberto!». Y que se dé con un canto en los dientes, que bien podría identificar, y a no tardar, a Feijóo y su camarilla de Génova con el mismísimo chavismo, separatismo o terrorismo vasco, que «más que nunca está vivo y coleando», que afirmó la que habita en el alto piso y yace en la ancha cama, un habitar y un yacer que, y esto debe ser una casualidad como cualquier otra, fue posible tras los estragos del coronavirus, que no fueron a más por la intervención, a todas luces «desinteresada», de ciertos perros que pululaban, pululan y pulularán por Madrid. La de Sol le ha metido al gallego una banana por el recto que acabará por atravesarle el duodeno, porque no olvidemos lo de «me gusta la fruta», que sirve tanto para el contrario como para el propio. «De Madrid, al cielo», ¿no?
Y desde Andalucía, también, y más. La desesperación que conlleva la vulnerabilidad, el hecho de que ellas se cercioren de que son solo desechos, sacrificables por un Gobierno que gobierna para la oligarquía (ampliaremos este concepto próximamente), incrédulas y avergonzadas las que han votado a un partido que, tras citarlas en las urnas con promesas de «chuches», sienten en sus carnes el desprecio con que, conforme al primer párrafo, se trata a las perras, abandonadas, y a los perros, que ahora vendrá el cribado del colon de ellos…; ese sentir, esa vulnerabilidad, puede llegar a ser más cruel que la propia muerte. Y al fondo de todo esto está la deconstrucción del sistema sanitario público de Andalucía (fíjense: más de 300.000 nuevas mamografías se harán en los chiringuitos privados de los señoritos andaluces, una especie de versión moderna de los cortijos) y de Madrid (fíjense: esta región, que se aproxima rauda a la insumisión que protagonizó Cataluña en 2017, debe más dinero al grupo sanitario Quirón que el que todo el Estado alemán adeuda al mismo conglomerado devorador de lo más preciado: la atención médica gratuita y universal que, pese a sus insuficiencias y errores y horrores, es la joya de la corona y referente mundial; ejemplo, yo, que nunca tuve «pasta», como millones y millones más, no podría escribir ahora lo que estoy escribiendo). Pero no nos inquietemos exageradamente, porque estos son los primeros andares de la revolución neofascista, que a buen seguro nos engullirá: otra de las modas de la posmodernidad. O sea, del poshombre. O sea, del perro de las tres cabezas.
(1. Jesús, nos dice San Juan, le suplicó al Padre que guarde a los hombres del «mal». Ni puto caso, y es que Jesús no leyó a Aristóteles. 2. Henry George: «El hombre es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se alimenta». 3) Antonio Machado, a sus alumnos: «Señores, la verdad del hombre empieza donde acaba su tontería». 4. Píndaro: «Somos seres de un día», sentencia esta que les resbala a la nueva familia de perros y perras, atareados y atareadas en desgarrar cuerpos para satisfacer continuamente su libido).
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