La basura, ¿la demandan los telespectadores de la «nueva» TVE o es esta la responsable de la demanda?

OPINIÓN

José Pablo López, presidente de RTVE, este jueves en el Congreso de los Diputados
José Pablo López, presidente de RTVE, este jueves en el Congreso de los Diputados J.J. Guillén | EFE

19 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Apertura.

No tomaremos para el presente análisis el que para nosotros es, hasta donde sabemos, el ensayo escrito en castellano más profundo y sistemático sobre la TV, el de Gustavo Bueno «Televisión: Apariencia y Verdad», Editorial Gedisa, Barcelona, 2000, donde el autor despliega el potencial del Materialismo Filosófico, comenzando por la Ontología, en tanto que la televisión es «la cosa misma», la «res», que, como tal, implica la Idea de Realidad como primer abordaje al Ser, al Ente, con ese atributo de «res» (cosa, realidad), pero también de «verum» (verdad). Para nuestro propósito, es pertinente uno de los axiomas sostenido en otro ensayo de Bueno, «Telebasura y democracia», Ediciones B, Barcelona, 2002, porque a partir de él trataremos de responder a la pregunta que da título a esta columna: ¿son los telespectadores que ven la «nueva» TVE quienes demandan basura o es el Ente público el responsable de la «apetencia» de basura?

Primera Parte.

Hace dos o tres meses quienes dirigen Televisión Española (TVE) decidieron dar la batalla por la audiencia a las televisiones generalistas, más en concreto a Antena 3. Así, de un día para otro, empezaron a «sazonar» su programación con publicidad y autopromoción. Pero no como antes, que daban el «veneno» a cuentagotas para no «matar» a quienes estábamos al otro lado de la pantalla, y las gotitas caían entre programa y programa, no en su transcurso.

Esta «nueva» TVE supuso que espacios como «Saber y Ganar» (tres cuartos de hora), «Cifras y Letras» (¡media hora!), documentales (no llegan habitualmente a los cuarenta y cinco minutos), tiempos «sanadores» de también ¡treinta minutos! («Aquí la Tierra», donde antes de que Jacob Petrus salga a presentarlo nos dan la matraca y, unos once segundos después de la aparición-desaparición de Petrus, vuelven a la carga, «cargándose» casi literalmente el programa, que muta él en publicidad y la publicidad en programa), cine y todo lo demás que emitan sean, decíamos, mutilados (las pelis llegan a los seis minutos en dos tandas) y, además, de forma brusca (sin aviso) y violenta (música atronadora). Estos tiempos de «parálisis cerebral» constituyen una verdadera «revolución»: la «nueva» TVE, que no se detiene ni ante una obra de arte como «20.000 especies de abejas», que se la rajó, a la manera de cómo se pueda rajar impunemente «El jardín de las delicias» de El Bosco. Sin dejar el cine: los sábados, en La 2 y a partir de las 10 de la noche, pasaban cintas dignas de ser visionadas, con unos prólogos brillantes de especialistas. Pues bien, ahora lo han trasladado a los jueves, sin los comentarios que informaban de la película, que daban conocimientos cinematográficos. O sea, cultura. En su lugar han colado una basura, de donde las noches de fin de semana, para TVE, no merecen ni un ápice de, digamos, «seriedad». Solo ocio por y para el ocio.

Podría pensarse que TVE busca ingresos por publicidad, pero no, repiten constantemente a lo largo del día y parte de la noche (desconozco lo que sucede de madrugada, como desconozco por qué «La Noche en 24 Horas» no tiene pausas: ¿se habrá negado en redondo Xabier Fortes?) lo que van e emitir ese día, y al siguiente, y al siguiente, en un sinfín repetitivo que enloquece, pues, además, utilizan la parte superior derecha de la pantalla para anunciarte lo venidero, con un tipografía de cuerpo abultado, a la par que, si dividimos la pantalla en tres franjas verticales, la primera por la izquierda está casi completamente ocupada por una imagen que repentinamente sale, cegando ese espacio durante varios segundos, dándose, inevitablemente, que el mismo programa que se anuncia aparezca en ocasiones simultáneamente a derecha e izquierda. A estos «atentados» al televidente, se suma el cargante y mediocre Juan Carlos Rivero, comentarista de los partidos de fútbol de la Selección Española, que aprovecha para «comentar» sin descanso las excelencias que nos aguardan a continuación si no cambiamos de canal. Un tormento.

Y lo que se anuncia son programas hechos como churros en aceite quemado y sucio, porque no se cambia nunca. Churros insanos que buscan lo que buscan: atrapar para crecer en televidentes acríticos, que son cebados como los franceses y sus imitadores ceban a ocas, patos y gansos. Y la publicidad de pago te la endilgan en los telediarios, desembocando entonces en el «Infierno» de Dante: como las teles privadas, te meten un «patrocinador» de los Deportes y, a veces, de El Tiempo. Sin embargo, no satisfechos con que nos abrasemos, antes del comienzo del espacio que sigue a los informativos, se ensañan con más «contenido», lo que podrás ver en los próximos días, y lo volverán a hacer, como dijimos, en la mitad y, para que se te queda grabado como el «Padre Nuestro», entre un programa y otro. O sea, es como si te apuntaran con un revólver para forzarte a seguir consumiendo La 1 y, más triste aún, La 2, que estaba destinada a los telespectadores «exigentes», que son la minoría., dándoles solo dos posibilidades: sumergirte en la mierda o apagar el aparato.

Por tanto, la televisión pública, se puede colegir, no debería competir por la audiencia con las generalistas a cualquier precio. Lo público es de todos y lo pagamos con impuestos, lo que exige respeto a la inteligencia (concepto controvertido). Quien quiera ver anuncios y autopromociones, tiene muchísimo donde elegir. TVE tiene que tener el mismo propósito que se espera de la Sanidad o de la Educación estatales y comunitarias: la calidad (no menos controvertido que la inteligencia) a coste inmediato cero o reducido, a no ser que ese propósito sea abortado por otro: influir a base de abotagar con basura.

Segunda Parte.

No obstante lo antedicho, recurrimos al ensayo de Bueno «Telebasura y democracia», donde las cosas no «aparecen» tan claras. Hay un párrafo en la página 70 que da para la reflexión. Dice así: «En una democracia, en la que los consejos parlamentarios en consenso representan al pueblo, los juicios de estos consejos sobre la calidad televisiva son superfluos, porque los hace directamente el pueblo al elegir o rechazar el programa, es decir, al votar, aceptándolo o rechazándolo, en una especie de plebiscito cotidiano, no ya mediante las papeletas, sino mediante el telemando. Más aún, podría interpretarse como un indicio de poca fe en la democracia el que los representantes del pueblo (…) intenten convertirse en tutores o censores del pueblo soberano, en materias que no se oponen a los principios constitucionales. ¿O es que el pueblo que ha sido capaz de elegir a sus representantes (…) no va a ser capaz de elegir los programas de televisión y las cadenas que prefiera según su leal saber y entender?»

Según este axioma, seremos los telespectadores quienes decidamos o no sumergirnos en la basura. El medio, en este caso TVE, se arriesga con la «revuelta» que ha acometido: una vuelta a la basura. Y según los datos de audiencia proporcionados constantemente por el propio Ente, la gente «adora» la basura. En este sentido, Bueno transcribe esta cita de Lope de Vega: «Si el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto». Porque, al final, lo que manda es la oferta y la demanda, ya sea en el mercado, ya en la cultura, ya en el ocio, ya en la política…

Una de las propuestas que más se han de apreciar del fundador del Materialismo Filosófico está expuesta así, en la página 45: «Y el objetivo principal de nuestra acción práctica [las acciones prácticas dan fortaleza al sistema filosófico buenista], una vez delimitadas las basuras o los momentos basura que pasan por las pantallas, podría consistir no tanto en suprimir o aniquilar esas telebasuras, cuanto en educar a las audiencias para que aprendan a analizar la televisión basura, como analiza un bioquímico el estiércol. La situación más peligrosa será aquella en la cual la audiencia solo se satisfaga con la televisión basura y no soporte una televisión limpia».

Cierre.

En efecto, «educar a las audiencias para que aprendan a analizar» es el meollo, pero ¿cómo proceder?, ¿dónde encontrar a los maestros y que los alumnos los respeten, les otorguen la «auctoritas»? Todavía más anguloso: ¿los telespectadores, la sociedad en el conjunto de los saberes, querrá ser «educada» en la era de Internet, de la Inteligencia Artificial, de los nuevos telepredicadores de las redes, de los infundios belicosos, del odio extendido por doquier, de la ola de totalitarismos, del consumo sin límites de cualquier cosa que se pueda comer, poner, someter, vejar?

Porque nos da la impresión de que la «humanidad» ha dado la espalda, y definitivamente, a ser «educada» en cualesquiera de los ámbitos a su alcance. Porque la orgía de egos y daños gratuitos en que esa «humanidad» participa sin cortapisas y engullendo, sin saciarse, los bienes «terrenales», caiga quien caiga, es el centro de este nuevo «Humanismo». Acabamos de emprender el viaje hacia lo más hondo de la basura, allá donde esté, entendiendo aquí por basura todo lo que se opone a la Ética, que en palabras de Bueno es «no dañar a los demás ni a uno mismo».

Fijémonos en un solo parámetro: la comida, la comida basura. Los emporios de la alimentación son los productores de la grasa saturada, del azúcar y la sal descomedidas en precocinados, bollería, refrescos…, de todo y en todo de aquello que, para empezar, acartonan nuestras arterias. Pues bien, estos conglomerados de codicia superlativa se justifican con un «el consumidor es el que elige, libremente». La libertad es, desde la filosofía «mundana», no de la académica, una patraña, por cuanto el ciudadano no es educado por un maestro, sino por la propaganda machacona e invencible. ¿Acaso el sobrepeso, los infartos e ictus y los cánceres nada tienen que ver con la basura que ingerimos, adoctrinados, anulados por las multinacionales, en cuyo horizonte no está el hombre, está el negocio por encima de toda consideración?

Así pues, estamos en la línea de Gustavo Bueno en que los telespectadores son los que demandan la basura, pero una basura que TVE les pone en abundancia sobre la mesa de sus hogares en platos decorados con pan de oro, uno detrás de otro, sin dar respiro a los «estómagos», sin apenas alternativas más beneficiosas, y que, si bien los «endocrinos» pueden indicarnos una «dieta saludable», la deriva hacia la «mala salud», hacia la mala educación en definitiva, seguirá creciendo, inflándose como el Universo conocido mismo.

A propósito de la comida basura, y centrándonos en EE.UU., en 2015 la Editorial Anagrama publicó en castellano un libro, que no pasó desapercibido, de Irvine Welsh, una especie de continuador de Bukowski, encuadrado dentro del denominado «realismo sucio». Welsh, con un lenguaje tan directo como obsceno, machaca sin ambages en esa narración el culto al cuerpo perfecto, a la comida y la TV basura, y a las obsesiones e ideales de los norteamericanos, en unas líneas que nos servirán para cerrar este opúsculo, reiterando la imposibilidad, ya, de «educar», líneas que podemos leer en las páginas 47 y 48 de la obra referida, «La vida sexual de las gemelas siamesas». Habla un personaje femenino a otro: «Hay quien dice que la televisión ha hecho mucho daño, sobre todo los «reality shows». Permíteme que te hable con franqueza (…) Yo me metí en este negocio [la TV] queriendo hacer las cosas de calidad [reiteramos, la calidad, como la inteligencia y la libertad, desde la filosofía «mundana», que desde la buenista nos meteríamos en un laberinto inabarcable en esta columna], pero la demanda simplemente no existe. La gente tiene miedo, es tan tonta y maleable, que sencillamente cambia de canal cuando sienten que les exigen un poco, y se ponen a contemplar un mundo de parásitos inútiles como Paris [Hilton] o las Kardashian, que tienen dinero. Quieren imaginarse a sí mismos en ese círculo, o simplemente ver cómo se las follan».