En la hora más difícil, el factor humano

Manuel Hernández Muñiz PROFESOR DE ECONOMÍA APLICADA EN LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

OPINIÓN

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draghi Ballesteros

23 oct 2025 . Actualizado a las 12:04 h.

Mario Draghi (Roma, 1947) pertenece a una generación de economistas que ha contribuido a la renovación y mejora de nuestra comprensión de la política monetaria, la bóveda del pensamiento macroeconómico. La política monetaria echó a andar sin saberlo cuando la Humanidad comenzó a acuñar monedas de cobre, bronce, plata, oro… para engrasar el comercio local y a distancia, para engrasar la especialización y la división social del trabajo, la cooperación silenciosa entre pueblos y villas de muchos lugares del Mundo. El uso generalizado de la moneda no tardó en exigir una reflexión intelectual que diera cuenta de este mecanismo clave en el buen funcionamiento de una economía: la política monetaria empezó a ser «pensada» con enorme acierto por la Escuela de Salamanca, por Nicolás Copérnico, Gresham, por el gigante de David Hume.

La contribución del Dr. Draghi a este capítulo de la historia monetaria de la Humanidad no vino desde la alta teoría, sino de su decisiva acción en el campo de la formación de las expectativas de los agentes económicos, de las creencias de los actores que participan en los mercados monetarios movilizando cuantiosas cifras de dinero. En tanto que la marcha de la economía —y mucho más en el ámbito de los fenómenos financieros— se encuentra muy condicionada por lo que los agentes «piensan» acerca del funcionamiento de la economía y del impacto de sus acciones—la reflexividad—, la famosa intervención en Londres es mucho más que un farol en una partida de póquer: es un mensaje a la Tierra de que la política monetaria es un artefacto muy sofisticado que solamente puede ser gestionado desde la independencia de criterio, de un acurado examen de los hechos y de los datos, de una excelente comunicación (vean el video), acompañado por la máxima colaboración y coordinación entre Bancos Centrales y la máxima transparencia ante el poder democrático, la rendición de cuentas ante la sociedad. Los resultados podemos observarlos fácilmente, indagando por ejemplo sobre el precio de una simple barra de pan en cualquier comercio de nuestro barrio. Todos podemos comprobar cada día y beneficiarnos de una correcta política monetaria, bien implementada. Un horizonte de estabilidad de precios.

La gestión y comprensión de la política monetaria de cualquier banco central es todavía más exigente y peliaguda en el caso del proyecto del euro y del Banco Central Europeo. Un banco tan joven, con un mandato legal tan acotado, se estaba labrando su reputación como buen gestor de la inflación cuando se interpuso una crisis financiera y económica como pocas hemos visto, que terminó enredándose en una crisis de deuda soberana de los países de la zona euro. No es este el lugar más apropiado para abundar en unos hechos en continua revisión y examen: con la información disponible desde la atalaya de 2025, cabe constatar que el periodo dirigido por Mario Draghi y su equipo —los equipos jurídicos y económicos de la institución bandera de la UE— mostraron el camino correcto para alejarnos de la temida deflación, estabilizar los mercados de deuda soberana y hacer posible la restitución, años más tarde, del poder de acción de la política monetaria convencional.

Mario Draghi estudió el bachiller en el instituto Massimiliano Massimo de Roma, y se licenció en Economía en la Universidad La Sapienza (1970). Muy joven, obtuvo un doctorado en economía por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (1976), bajo la dirección de Franco Modigliani (1918-2003) y la atenta mirada de Robert Solow (1924-2023), dos economistas indispensables para comprender la moderna macroeconomía, hoy imbricada de hoz y coz con el mundo de las finanzas. Con un periplo profesional del más alto nivel, por instituciones como el Banco Mundial, la dirección general del Tesoro y el Comité de Privatizaciones del Gobierno de Italia, Goldman Sachs Europa y el Banco de Italia, se hizo cargo del puesto más difícil en el peor momento, cuando las aguas venían muy agitadas, y las encauzó como un nuevo Moisés.

Pero su labor —y esta es una percepción muy subjetiva— no ha logrado el reconocimiento de aquella parte de la comunidad académica y de los mercados financieros que mantiene viva su apuesta, desde hace décadas, para que el euro se vaya a la porra. Qué ganas le tienen al abejorro. Pero no les falta una pizca de razón para mantenerse contumaces en la apuesta, porque en el gobierno razonable y razonado de la política fiscal de la zona euro no se atisba a ver la sencilla clarividencia que está presente en el gobierno de la política monetaria. Una auténtica desdicha, desde un punto de vista científico y político.

El jurado del Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional acierta de lleno con este reconocimiento, que se suma a otros ya entregados. Debería ser también un reconocimiento de la ciudadanía, que a pie de obra y desde las trincheras, vivió y padeció los costes de una crisis pavorosa, que ha dejado muchas cicatrices. Una crisis sobre la que conviene volver con paciencia para no olvidar nuestro pasado más reciente y evitar que el presente en marcha nos devore, con las urgencias del día a día. Medios no nos faltan para seguir estudiando y aprendiendo, para aprender a separar la paja del trigo.