Antes de situar a España en el lugar correcto (con todo lo complicado que a veces resulta), habría que saber en qué constelación tenebrosa navega realmente el planeta tierra si los dirigentes de sus más relevantes países, según vimos días atrás en Egipto, no dudaron un segundo en agachar la testuz y rendir pleitesía al emperador que protagoniza nuestras pesadillas. El imperio del bien y del mal vuelve a contraatacar como nunca habíamos vivido hasta ahora y lo hace desplegando sus poderosas alas para colocarnos bajo la sombra más amenazadora posible.
En esta lamentable tragedia palestina, difícil de fantasear años atrás su desmesurada magnitud, duele constatar la escandalosa vulnerabilidad que los europeos muestran sin el menor rubor ante la gran ave rapaz. El orgullo de los gallitos británicos y franceses ha desaparecido como la silueta de los conejos asustados tras una losa de pizarra (los alemanes ya solo poseen un orgullo de fotomatón). De considerarse pilotos de nuestra civilización han pasado a ser grumetes de la nave imperial a ningún sitio. Solo les ha hecho falta recibir cuatro coces y cinco bramidos de la autoridad competente para someterse sin pestañear, no fuera que los asfixiantes aranceles de hoy se dupliquen mañana y rebelarse sea todavía peor.
Volvamos a Egipto. En un momento de la victoriosa alocución ante el rendido auditorio, Trump se preguntó dónde está la España que se resiste a aportar a la Otan la contribución que él ha impuesto. ¿Cómo es posible que su presidente haya osado cuestionar el vasallaje?, insinuó sin nombrar a Sánchez mientras volvía la cabeza en busca de la sonrisa cómplice de Meloni. Que ante la reprimenda que nos ha dirigido, la UE haya salido después en nuestra defensa (no tan unánime su reacción como se nos quiere hacer creer) no significa que pasado mañana la eufemística unión no reconsidere su postura si el matón amaga con propinar múltiples tirones de orejas a los discrepantes.
Parece mentira, El Caudillo Trump no quiere comprender que los españoles postulamos el antibelicismo combatiente (bonito oxímoron). Lo ha confirmado palmariamente el hecho de que en fechas muy recientes sindicatos y estudiantes se hayan manifestado en diferentes ciudades españolas en apoyo de la causa palestina. Nada que objetar a la solidaridad ni a las ansias de paz, solo que desde el punto de vista humano cuesta trabajo aceptar la indiferencia con que, en cambio, se asume la guerra civil de Sudán o la masacre de cristianos en Nigeria, por poner dos ejemplos de viva actualidad. Poco interés tienen esos miles de muertos y otros más alejados en el mapa, nuestro acendrado buenismo se suele acomodar al interés político como activado por un resorte, las consignas deben respetarse.
Pero mucho más llama la atención que no sea precisamente escaso el número de personas que han sufrido decepción cuando Trump no ha recibido el nobel, pues nadie mejor que él lo merecía, dicen sin decir, como demuestra este arrebatador impulso pacificador plasmado en su «Declaración Trump para la paz y prosperidad duradera» (sic). En fin, resulta que quien ha arrojado sobre la llama palestina toda la pólvora que ha podido y un día sí y otro también vomita sus amenazas contra quien se atreva a desafiar sus preceptos, se consideraba acreedor del premio, y además lo hacía sintiéndose apoyado con unción por ciertas multitudes. Muerto Campoamor, asombra que todavía la percepción de la realidad produzca tan variadas irisaciones, cualquier calificativo se puede aplicar a Trump excepto el de pacificador: donde él interviene la guerra se exacerba o empieza. «Paz duradera» se titula su solemne declaración. Fantástico. Qué cosas. También como «Operación Paz duradera», (tiempo después de la devastadora «Tormenta del desierto») fue bautizada curiosamente la guerra que Bush le declaró a los talibanes en el Afganistán de 2001 y que más tarde continuó el farisaico Obama hasta 2014, solo que lo hizo con un nombre casi más tierno, «Operación Centinela de la libertad». Precioso. A veces la destrucción devastadora y la poesía no son incompatibles, pueden ser rayos de un mismo día luminoso donde resplandece la verdad sobre las oscuras conciencias humanas.
De las tres virtudes denominada teologales que los mayores aprendimos en nuestra niñez, lo cierto es que solo una, la esperanza, la enarbolamos con casi la misma frecuencia con que respiramos, tan necesaria es para transitar la vida como el oxígeno para subsistir. Sin esperanza está asegurada la muerte, o al menos se adelanta vertiginosamente su llegada, por eso se dice que es lo último que se pierde. Aunque tengamos entre los labios el cigarro de despedida ante el pelotón de fusilamiento no renunciamos a la salvación. No hacen falta armas, con el agua al cuello, a punto de empezar el ahogamiento, todavía imploramos que el instinto de supervivencia sea capaz de obrar el milagro.
Si esto ocurre con la esperanza, la primera virtud, la fe, solo se practica hasta que la entrada en la adolescencia nos tienta con el fogonazo del escepticismo, maravilloso océano donde naufragan las ilusiones de la inmadurez con cierto entusiasmo, la ingenuidad debe quedar atrás si se quieren escalar las altas cimas de la vida. Y qué decir de la pringosa caridad, si acaso la aplicamos hacia nosotros mismos y de forma exclusiva, no vaya a ser que lo poco que hoy nos sobra nos haga falta mañana en el puchero, tonto será el que no descubra a tiempo la inmensa utilidad de una buena despensa.
Son muchas las voces que en estos momentos de tregua alertan sobre el carácter efímero de la primera fase de la paz. Se recela casi tanto de Trump y Netanyahu como de Hamás, cualquiera es capaz de desencadenar las hostilidades para responsabilizar al otro y de esa forma regresar a la deseada guerra donde se vuelca el odio acumulado tras la infausta creación del estado de Israel. Desde entonces el conflicto con sus vecinos árabes ha sido permanente, jalonado cada cierto tiempo por grandes confrontaciones y sus consiguientes tratados de paz. Por eso es más cuestión de lógica que de pesimismo recalcitrante sospechar que no transcurrirá mucho tiempo sin que un nuevo pretexto se convierta en coartada, sabemos que mantener vivos los rescoldos de Oriente Medio es una estrategia beneficiosa para los grandes árbitros de nuestras vidas y nunca terminarán de apagarlos.
En Guerra y Paz, refiriéndose a su fracasado matrimonio, el idealista Pierre le comenta a su íntimo amigo el príncipe Andrei, con el más absoluto desencanto, que su relación con Helen «ha terminado para siempre». «¿Para siempre?», pregunta Andrei, antes de sentenciar con superioridad: «Nada es para siempre, amigo mío».
Insha´Allah. Será la mejor invocación posible para implorar también por Ucrania.
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