I. La virtud.
Hace un tiempo enfermeras y enfermeros de Asturias me pidieron que les diese una conferencia a modo de cierre del congreso que celebraban ese año. Tras una introducción acerca de la tecnología, derivada de la ciencia y esta, de las primeras técnicas, como el tallado de la piedra, una tecnología imprescindible para acometer el objeto de su labor, la salud, les añadí, textualmente: «Lo primero que debo decir acerca de la salud, como aproximación a su definición, es que no existe. Si estamos de acuerdo en que la salud es la ausencia de la enfermedad, esta está siempre presente en el conjunto de órganos, tejidos, líquidos, al que denominamos organismo, porque, de facto, es imposible que todos los elementos del conjunto no estén afectados por alguna dolencia. Entonces, ¿qué debemos entender por estar sanos? Creo, muy básicamente, que estar sanos es la capacidad suficiente de realizar las tareas cotidianas más imprescindibles con el fin de alcanzar la inmortalidad a través de la mezcla de genes y, consecuentemente, de poder tener, asimismo, la capacidad de ayudar a nuestras crías a hacer lo propio, y todo ello en ausencia de dolor insoportable».
«Y esto es un poco, o un mucho, según recoge Corominas en su Diccionario etimológico de la lengua castellana, al anotar el vocablo salud, hacia el año 1140, que es cuando aparece en España, derivado del latín salus, salutis, emparentado con salvación y conservación. Paralelamente, nuestros centros de salud, ambulatorios y hospitales tienen sus precedentes en esas centurias alto y plenimedevales, a la sombra del Camino de Santiago (…) No podríamos sorprendernos que hace más de un millón de años el Homo ergaster y el Homo erectus atendiesen a los enfermos, porque uno de los signos de la humanidad es curar o tratar de curar. Tener conciencia de la salud es un acontecimiento cultural de primera magnitud».
A continuación, les aclaré que, tras la tecnología, nacida de los avances científicos (TAC, trasplantes…), y la salud, adherida a los procesos culturales en los que la ciudad es el marco referencial, no menos que para la democracia, recalcando a las enfermeras y enfermeros presentes en el salón de actos de La Nueva España (naturalmente también incluye a los médicos) que lo más elevado, sustancial, meritorio y hasta extraordinario de su misión en la sociedad es el hecho de que atienden al cuerpo doliente e intentan su reparación, su conservación. Es decir, que ellos eran, por encima de todo, personas virtuosas, éticas. Una comparativa me ayudó a anudar la cuestión de la Ética: «El sujeto enamorado, lo que experimenta, es un estado en el que sale de sí para entrar en el otro, en el sujeto amado. Es un acto absoluto de abandono: uno pierde su importancia, y esta caricatura me ayuda a enfocar dos predicamentos: por un lado, la Ética exige una atención desinteresada hacia el prójimo, pero, por el otro, la Ética prohíbe descuidar el cuerpo propio. Su sagrada encomienda no está al alcance de muchos, porque ustedes no agreden, ustedes se desvelan por quienes le son ajenos, y esto es el sumun del humanismo».
II. El pecado.
Ahora bien, fidedignamente poco fiable es que todos los estudiantes de las facultades de Enfermería y Medicina tengan la vocación, la llamada, como la primerísima (ni mucho menos, naturalmente, en el presente ecosistema patológico posmoderno) y única razón para llenar las aulas. A ello ha de sumarse la también muy natural disparidad de caracteres, vivencias pasadas y presentes, con sus adversidades, que configuran unos mundos vitales, que, apelando a una división básica del esqueleto, pueden ser endomorfos o ectomorfos, etcétera.
Repárese bien en lo que se pretende incidir para restar equívocos: los sanitarios son humanos y ser humano es una colada de maldad. Los pretextos para hacer el mal son variadísimos y, a lo poco que se aguijonee, que a veces es hasta innecesario, la reacción, que pudiera parecer instintiva, es de una notoria inclinación racional hacia la crueldad. Y es justamente por esto que ellos, entre otros grupos, tengan que ser resaltados como personas que, incluso atrapados en ese lodo, consigan revertir, en la inmensa mayoría de las ocasiones, la maldad en bondad, aunque no en todos y en todo momento, al operar a la par, como se registró anteriormente, otros factores de índole inapropiados para manipular al desvalido. El pecado es un incansable acosador.
Entonces, no por Perogrullo es menos importante sustanciar que hay enfermeras y enfermeros (y médicos) malos, porque son malos desde la cuna hasta la tumba, y que tanto bienestar supondría para el sufriente que hubiesen emprendido otras carreras como modus operandi, que el abanico que se les abría era hasta escandalosamente abundoso. En este punto es aconsejable disipar las equivocidades que puedan enmarañar la cuestión. Y la cuestión es que, enfermería y medicina, registran, por lo visto, oído y experimentado, quizá, el grado más bajo de maldad, maldad, reiteramos, exclusiva de la única raza superior que hay sobre la Tierra.
Por este lado es por donde estimamos que el parámetro que sustenta a estos dos colectivos es el de la Ética, aunque sea parcialmente, porque un mal día lo tiene cualquiera. No obstante, tener un mal día no excusa determinados procedimientos, como, y es un ejemplo entre otros, el de la enfermera o enfermero que ata las muñecas a las barras de la cama de la UCI a quien despierta del coma agitado, que no psicótico ni nada perteneciente al campo de la psiquiatría. Bastaría, entendemos como aproximación, con hablarle (o suministrarle un ansiolítico de serle más beneficioso en esas primeras y atribuladas consciencias) para que empiece a entender y asimilar qué le está sucediendo. Porque las consecuencias psíquicas derivadas de estas prácticas pueden llegar a ser irreparables. En este asunto debería desplegarse un protocolo rigurosísimo en el que no cupieran dudas de cómo proceder, pues en este país se inmoviliza en demasía. La empatía con quien es víctima de daños tormentosos ha de prevalecer por encima de la fatiga (la Administración tiene que contratar más) o las perturbaciones personales momentáneas de la cuidadora o el cuidador.
Por este lado es por donde estimamos que, pese a ser obvio, hay que comprender que los sanitarios puedan actuar rutinariamente, no en balde la tarea es agotadora, día tras día, día tras día, al lado del horror que, por consiguiente, se torna menos horroroso. Ha de quedar claro, por si aún fuera poco, que las enfermeras y enfermeros (y médicos) se enfrentan asimismo con personas deplorables, insoportables, agresivas. Ha de quedar claro, y subrayado, que en la enfermería abundan los cachitos de Cielo, si me permiten la expresión, pese a errores o decisiones discutibles, porque la salud es un asunto muy preciado para la eticidad, que es, al fin y al cabo, lo que hace a las enfermeras y enfermeros ser mayúsculas personas.
Finalicé mi intervención en el congreso de esta forma: «Hoy por hoy, la Ética está siendo desempolvada, exclusivamente, en la actuación de reducidos colectivos, como el de las enfermeras y los médicos, amén de algunas singularidades más que actúan como quijotes. Mantengo que, si se puede hablar de una profesión que abarque todavía un suficiente número de sujetos que cuide de los cuerpos, y a la altura de la de los médicos (permítanme aquí un aparte: en 1509, Erasmo de Róterdam escribió que «solo el médico es estimado por los hombres; en este oficio, el más ignorante, el más aventurero, el más audaz, es también el más apreciado, incluso entre los grandes, y así, la medicina, sobre todo como la ejercen hoy muchos, no es otra cosa que una forma de adulación»). Prosigo: y a la altura de los médicos, tras la exclusión de los mercantiles, y muy destacadamente también de los políticos, esa profesión, sostengo sin dudarlo, es la que ejercen ustedes».
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