Algún columnista ha señalado recientemente con cierto alborozo una supuesta vuelta a los valores conservadores en la cultura y música pop. La película Los domingos y el nuevo disco de Rosalía con las imágenes que se han conocido del mismo, están llevando a algunos a otear un horizonte lleno de aleluyas porque, bueno, eso de no creer en las cosas de dios es propio de rancios y si la moda dicta una cosa, quién eres tú para que te guste otra, payaso. Es un poco como cuando desde el extremo centro nos machacan con aquello de que hoy son ellos los nuevos punks, aunque en realidad son como la canción aquella de Leño, El oportunista, y le pegan a su padre porque para eso son pasotas. Hay estos días hasta columnistas que aseguran que las monjas del siglo XVI pueden salvar a las mujeres del siglo XXI. Y me lo quería perder.
Como sea, hay gente muy alegre con esto anunciando el fin de la influencia de lo woke en la cultura pop. No sé hasta qué punto esta pequeña ola, pues no es más que eso, de iconografía religiosa pop y supuesta reivindicación de la tauromaquia, que también hay de eso estos días locos, que está llenando columnas a la velocidad del sonido, no es más que otra búsqueda de dinero, un retroceso a valores superados o una reapropiación de valores rancios a los que dotar de otros significados menos tradicionales. Lo que sí parece es que la industria del entretenimiento lleva a la mayoría de la gente por los caminos que se le antojan.
Lejos quedan los tiempos de Madonna y su Like a Virgin y sus provocadoras representaciones en directo, que llevaron al mismísimo Juan Pablo II a pedir a sus feligreses que no fueran a los espectáculos de la cantante de Detroit en Italia, aduciendo que era «uno de los espectáculos más satánicos de la historia de la humanidad». También estamos bastante lejos del valiente gesto de Sinéad O'Connor rompiendo la foto del mismo Juan Pablo II. La fallecida cantante irlandesa hasta llegó a ordenarse sacerdotisa católica por un obispo cismático. La lista de conversiones, blasfemias y transgresiones religiosas en la música pop es muy larga y el adanismo suele ser muy valiente y soltar sus soflamas con aplomo. En los tiempos que corren, es fácil acudir a la iconografía religiosa si no se tiene la intención de cuestionarla, un poco como toda la vida, vaya, pero quizá el problema es que las ansias de transgredir pueden generar confusión en quienes las sufren y estos pueden pensar que antes que ellos no había nada. Todo es Génesis constante hoy, es agotador y es, me temo, un poco falso.
Leo estos días, en fin, que en el interior del disco de Rosalía, la cantante catalana se muestra desnuda evocando la crucifixión de Cristo, así que habrá quienes vean transgresión ahí y quienes vean una reivindicación de sus valores catecumenales, es lo que tiene la ambigüedad. El disco no ha sido publicado todavía, así que no sé hasta qué punto tienen unos u otros razón, pero lo de la crucifixión llega también muchos años tarde. Como leí a un amigo recientemente, no hay ninguna de estas transgresiones que no hayan perpetrado mucho antes bandas de metal. Tampoco hay que ponerse nerviosos con esto de las crucifixiones. Johanna Platow, líder de la banda Lucifer, sale crucificada en la portada del disco Lucifer IV, por ejemplo. Y dirán ustedes que les importa un carajo la tal Johanna, y ese es el problema: que a mí no, porque uno tiene sus gustos y la cultura pop no se me acaba donde los demás decidan.
Cuesta creer que esta supuesta abolición de los valores progresistas que, dicen algunos, han dominado la cultura pop hasta ahora (te tienes que reír), a saber, valores tan horribles como no ser racista u homófobo, se pueda desligar del clarísimo y esperpéntico fenómeno de la ola reaccionaria que vivimos, y así es natural que la satisfacción de columnistas conservadores, que es mucha y muy evidente, sea tan grande. Hay un giro de los acontecimientos bastante espeluznante con gente joven creyendo que hay que ser religioso en contraposición a supuestos valores ateos de sus mayores y que supedita las creencias personales, o la ausencia de ellas, como el ateísmo, a una cuestión generacional. En España, sí. El país que tuvo una dictadura nacionalcatólica durante cuarenta años y que tiene vigente un concordato con el Vaticano firmado en 1953. Jamás la transgresión fue tan sencilla ni tan inane.
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