Allá por los años setenta, el inefable JCCalderón, buen músico donde los haya, nos ofreció su enésima composición a través de Cartas Amarillas, una balaba preciosa que triunfó cantada por Nino Bravo: Han muerto los dos y mientras descansan en paz, su recuerdo, aunque de forma desigual, permanece grabado en nuestra memoria, como permanece toda la música que nos hizo vibrar en la juventud, sin que ni el brusco paso del tiempo ni las muchas lluvias caídas desde entonces hayan conseguido borrar su huella. Todavía parece que estoy oyendo la canción, los compases iniciales al piano resultan inconfundibles.
Las cartas que se dirigen los enamorados son, como en ese caso, declaraciones de amor más o menos recatadas o encendidas, promesas casi imposibles de cumplir pero volcadas con la máxima sinceridad, o abiertas demostraciones de frustración y dolor ante la imposibilidad de poseer al ser amado. Pura manifestación de erotismo edulcorado o salvaje, en cualquier caso. Para bien o para mal, (yo creo que siempre para bien) las cartas intercambiadas por los ciudadanos anónimos no las podemos conocer, salvo excepciones azarosas que frente a ellas nos han hecho sentirnos viles profanadores. Pero de una manera u otra sí han llegado al alcance de nuestros ojos las que insignes artistas han escrito. Por poner algunos ejemplos, son célebres las de JRJiménez a Zenobia Camprubí, las de Gabriela Mistral a su adorada Doris Dana, las de FGLorca a SDalí. Y en otros idiomas las que dirigieron VHugo a JDrouet o GFlaubert a LColet, más apasionadas conforme están fechadas en tiempos remotos, rendidas a esa retórica barroca y almibarada que entonces correspondía fielmente a la época y que ahora encontramos cursi y hasta ñoña. Ninguna de estas cartas sería amarilla, supongo, más bien todas llegarían remitidas en papel y sobre de color blanco o si acaso en el más delicado azul vahído que pretende envolverse en la exquisitez del sentimiento puro.
Tal vez las de Vargas Llosa a IPreysler hayan tenido este color azul celestial; me lo imagino encargándole a su asistente que fueran adquiridas en la papelería más refinada y exclusiva de Madrid, ni él ni la destinataria deberían conformarse con una calidad que resulta suficiente a la plebe. Y ya en sus manos anegadas por la artrosis, sentado en el butacón de su escritorio, después de confirmar con los dedos su delicada textura y aceptada tras un par de vistazos escrutadores la adecuada tonalidad, coger con solemnidad la estilográfica para empezar a trazar las primeras letras que una tras otra irían hilvanando un texto inflamado de pasión. Pero ni en aquellos momentos de arrebato ni en los anteriores a su fallecimiento habrá sospechado una traición tan villana como la que ahora está sufriendo su memoria por parte de la infiel receptora. «Mi verdadera historia», que la editorial Espasa ya está apilando hasta el techo en las librerías, ofrece al gran público sin el menor pudor los detalles más íntimos de su relación con Mario, verdades o mentiras imposibles de comprobar ni refutar, las protestas bajo tierra son voces mudas. Esta señora no es dama de tanta categoría como ella se cree, por mucho incienso que algunos colaterales y la prensa rosa le dediquen; de su inelegante estilo ya nos dio muestras en anteriores ocasiones, cuando su navaja escondida en el liguero no tembló a la hora de asestar puñaladas al macho de turno. No creo que sea una exageración decir que su tendencia al asesinato sin sangre me recuerda a la crueldad de la mantis religiosa.
Es curioso comprobar cómo este tipo de personajes de variado pelaje sobreviven a la crítica popular, (paradójicamente cada vez menos crítica y más condescendiente con los brillos del famoseo), sin oponerse demasiado a su permanencia continua en los altares del prestigio social. No es un fenómeno exclusivamente español, en otros países tienen sus equivalentes, con monarca o sin monarca cortes vidriosas y cortesanos oportunistas no es difícil encontrarlos. Pero el hecho de comparar frivolidades no cambia las cosas, lo que ocurre en casa siempre es lo que importa.
Debe escocerles una enormidad a los hijos de don Mario ver maltratada la memoria de su padre. En justicia están pagando el precio de su vanidad, se oye decir a los envidiosos que comentan la situación con moraleja farisaica. Pero el asunto puede pasar a mayores, opinan muchos más, como explicó en días anteriores un abogado experto en propiedad intelectual, argumentando que la posesión material de las cartas excluye su contenido, cuya totalidad siempre será propiedad incuestionable del autor que las escribió. Suena bien el razonamiento, al menos nos parece lógico a quienes nuestra ignorancia en estos pormenores legales nos impide objetar. Así que no es de extrañar que estos hijos de don Mario, a los que tal vez se unan los de JIglesias, MBoyer y Falcó (desconozco si habrá más afectados), referidos igualmente en el libro de marras, pongan en marcha una demanda en toda regla, con la consiguiente solicitud de indemnización. En ese caso, de ser condenada, la cuenta de la reina de corazones podría entrar en bancarrota, lo cual obliga a pensar, por otra parte, que antes de estampar la firma en su libro haya sido asesorada por un eficiente letrado, probablemente de la editorial. La partida a varias bandas puede empezar en breve y las especulaciones sobre lo que finalmente sucederá lograrán que mientras tanto el libro se compre con entusiasmo por miles de enfervorizados lectores, ya se sabe que los escándalos extraen del corazón del resignado ciudadano mayor beneficio cuanto más impactante resulta el calambrazo que recibe al conocerlos.
A ninguno nos gustaría, creo yo, que el pasado de nuestros progenitores sea tras su muerte objeto de mercadeo, y menos por quienes fueron sus leales allegados, trátese de amores como en este caso, o de socios de empresas o aventuras. La profanación de las intimidades la consideramos tan grave como la de las sepulturas que estos días de difuntos se están visitando. Otra cosa será que la profanación deje de existir en el diccionario de la RAE, como otras muchas palabras que nos van sobrando porque incomoda su significado.
El caso es que «Mi verdadera historia» se lanza en vísperas de Navidad para convertirse en el regalo tonto de quienes se asoman a una librería sin saber qué comprar. Imagino esta obra compartiendo protagonismo con las de JDVal, MFlores y las revelaciones sensacionales (no tanto) del Emérito, la cultura admite muchas variantes y, como dijo un historiador conocido refiriéndose a la muchedumbre que va al Prado a pasar un día guay entre cuadros, siempre será mejor que lo visiten mirando de reojo el móvil que permanecer en casa. Razón le sobra, desde luego. En fin, hoy solo me imagino ver estos cuatro libros copando las estanterías con sus fajas refulgentes, pero intuyo que el verdadero best seller sería el que consiguiera entreverar maliciosamente las biografías del Emérito e Isabel, tal para cual, los dos igual de ligeros y descastados si hay sábanas y dinero por medio. Pero quién sabe, a lo mejor yo lo está haciendo una presentadora de telediario, hasta el día de Reyes todavía hay tiempo.
Los santos, los difuntos, la Almudena, en estas fechas de popular evocación religiosa se recibe en Madrid con serenidad una lluvia fina que no es amarilla ni azul, tiene una transparencia medio sucia. Arrojará a las alcantarillas las hojas de las acacias y esa basura espesa y fétida que flota en el mar de fango de nuestras vidas. Si acierto con la premonición será buena noticia.
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