Mamdani y el espantajo

OPINIÓN

Zohran Mamdani tras ganar las primarias demócratas en Nueva York.
Zohran Mamdani tras ganar las primarias demócratas en Nueva York. David Delgado | REUTERS

11 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Si el Real Oviedo o el propio Ayuntamiento tienen la visión suficiente para aprovechar la conexión oviedista del nuevo alcalde de Nueva York, promoverán alguna clase de actividad para explotar el potencial de esa anecdótica circunstancia. No estaría mal alguna conexión transatlántica, pues, al fin y al cabo, Nueva York está entre las ciudades más relevantes del mundo desde el punto de vista político, económico y cultural. El vínculo histórico asturiano con Nueva York también es fuerte, porque la ciudad cosmopolita por excelencia ha estrechado lazos con todo el mundo a través de sus residentes, como tierra de acogida, y es precisamente ese el espíritu que pretende reivindicar Mamdani, frente al nacionalismo primario que aísla, excluye y empobrece. Entre otros ilustres, por ejemplo, la ciudad albergó a Severo Ochoa, al que la Universidad de Nueva York dio los medios para investigar, y allí hizo comunidad con otros asturianos. En Nueva York también hay Centro Asturiano, por cierto, y no sobra recordar el valor y capacidad para tejer lazos de estas antenas de asturianía. La excusa del corazón solidario de Mamdani ayudando a la supervivencia del Real Oviedo como accionista (campaña de Sid Lowe mediante), bien serviría, en suma, para tender el puente con el deporte como medio (y Nueva York tiene entre otros equipos el Cosmos de Pelé y Beckenbauer, aunque ahora esté en horas bajas) y, de paso, reforzar los vínculos internacionales de nuestras instituciones. Además, a poco que comparemos con el pasado reciente, es fácil constatar que nuestros líderes locales y regionales actuales tienen una ambición limitada en cuanto a los lazos internacionales se trata, precisamente cuando es en esa arena donde se juega casi todo, con efectos insospechados en todos los ámbitos. Hay que espabilar y, de paso, aprender a pronunciar correctamente el apellido del alcalde Nueva York, que dejó seco a Cuomo, su principal oponente (en las primarias y luego en las propias elecciones) al poner de manifiesto en el debate su incapacidad para pronunciar M-a-m-d-a-n-i sin hacer bailar las consonantes. A este respecto, las burlas de Musk, cada vez más fanatizado y tecnofeudal, sobre el apellido del ya Alcalde («Mumdumi o como se llame», dijo en un mensaje en su cortijo de X, al apoyar a Cuomo) al final contribuyeron al espaldarazo electoral, lo que es una buena noticia porque al fin algunas burradas no se premian en las urnas.

Mejor aprovechar el momento antes de que Trump pase de las invectivas a la acción, porque, si nos atenemos a los precedentes, acabará confrontando y tratando de perjudicar las iniciativas que Mamdani trate de impulsar, y éste se ha puesto retos ciertamente exigentes. La forma de intervención de Trump es incluso de naturaleza militar, pues así lo ha hecho desplegando abusivamente la Guardia Nacional en ciudades gobernadas por alcaldes del Partido Demócrata, como Los Ángeles, Chicago, Washington, Atlanta o Memphis, escogiendo sectariamente sus adversarios para alimentar la división y el conflicto.

Ahora que Mamdani se une al póker de rivales políticos con capacidad de hacer frente a Trump (Gavin Newson, Alexandria Ocasio-Cortez, Tim Walz o la más moderada Abigail Spanberger), vemos cómo la primera acusación que el Presidente le lanza es la de «comunista». Algo que cuadra con la singularidad de este momento, en que nunca hubo menos comunistas (reducidos a la marginalidad política o plenamente integrados y diluidos en movimientos amplios de izquierda democrática) y, sin embargo, nunca se utilizó de forma más burda y repetitiva la etiqueta para tratar de deslegitimar cualquier opción que trate de cuestionar tímidamente las corrientes dominantes o el modelo económico actual. La adulteración del lenguaje ha llegado a tal punto que, no sólo en Estados Unidos, se tilda de comunista a quien, por ejemplo, plantea un sistema sanitario de provisión pública, o al que quiere que el Estado tenga cierta capacidad regulatoria ante las corrientes desbocadas del capitalismo tecnológico y financiero. Algo que poco tiene que ver con la aplicación de las recetas del sistema soviético sino con la sencilla moderación de algunos de los efectos perjudiciales del sistema económico o con la preservación de derechos económicos, sociales y culturales en su nivel más básico. En el mundo trumpiano también es hoy «comunista» quien se opone a la barbarie de las ejecuciones extrajudiciales de las que se vanagloria (como hacía Duterte, que tenga cuidado), a las redadas masivas del ICE, o a la desposesión de cualquier derecho civil a los migrantes. Un demócrata-cristiano con sensibilidad por la cohesión social, un socialdemócrata clásico, un liberal en el sentido más auténtico del término (totalmente violado por quienes lo emplean desde visiones nada liberales) o, sencillamente, cualquier persona con un cierto aprecio por las reglas del Estado de Derecho o por la defensa de los derechos humanos, es «comunista» en el degradado y embrutecido imaginario trumpista.

Por pura honestidad intelectual y sentido de la justicia, además, no sobra recordar que, en perspectiva histórica, es bien distinta, por ejemplo, la aportación de los partidos comunistas de la Europa Occidental a los sistemas pluralistas, constitucionales y democráticos (por ejemplo, no se entiende la Transición sin el compromiso del Partido Comunista de España con el Estado Social y Democrático de Derecho de nuestra Carta Magna) que la trayectoria de regímenes comunistas de distinta y divergente condición en otras latitudes. A pesar de ello, la misma retórica anticomunista hace fortuna en la derecha europea (y no sólo, lamentablemente, en la nacional-populista), como vemos en multitud de debates e incluso en sede parlamentaria. A estas alturas, acaba siendo considerada comunista cualquier disidencia, la defensa de la diversidad o la mera reserva frente a las injusticias sociales; a remedo de los viejos tiempos, en los que hasta Tarancón era el rojo frente al que pedían «paredón» los padres políticos de los actuales líderes del neofranquismo rampante. No es ninguna broma porque en muchos países y en las propias redes sociales el «etiquetado rojo» o «red-tagging» sigue siendo preámbulo de la represión más pura y dura, y a lomos del anticomunismo se han cometido (y todavía se perpetran) violaciones graves de los derechos humanos contra toda forma de oposición. La banalidad de nuestros tiempos es que se agita el espantajo del comunismo con el objetivo de silenciar y atacar desde la víscera, aunque esta vez se hace referencia a un fantasma puramente imaginario.