Vuelta y vuelta

OPINIÓN

Camilo José Cela (Iria Flavia, Padrón, 1916-Madrid, 2002).
Camilo José Cela (Iria Flavia, Padrón, 1916-Madrid, 2002). Ministerio de Cultura

22 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En el partido a cara de perro que se está jugando en la cancha política, con el paso del tiempo a cada equipo se le van añadiendo nuevos jugadores. Curiosamente, esa adición incesante les genera una hemorragia de efectos devastadores. En la alineación de la izquierda vemos a Ábalos, Koldo, Leire Díez, la familia allegada de Sánchez y hasta al mismísimo fiscal general del Estado, y en la de la derecha al mefistofélico Mazón, a la Junta de Andalucía y sus cribados esotéricos y al cínico novio de la Ayuso, un chisgarabís de pose achulada. Desde hace meses las noticias están completamente mediatizadas por estos personajes de tres al cuarto y uno se rebela con rabia ante tanto circo mediático que parece amañado por la prensa para vender confidencias y secretos a tutiplén. Sin su persistencia y las bravatas de Trump se acabaría el negocio editorial, pensamos muchos de los que cada mañana procuramos estar informados pese a saber que leeremos desinformación y mensajes subliminales.

Los patrones de estos equipos nos condenan impunemente al resignado papel de simples espectadores de su juego sucio. Sin árbitro que les impida propinar tantas patadas y marrullerías estamos abocados a esperar pacientemente que las elecciones de aquí y las de allá nos permitan aplicarles desprecio y rechazo. Pero hasta entonces, no antes de 2027 según vaticinan los más listos del condado, seguiremos derramando lágrimas y lágrimas bajo las nubes azabaches de Paiporta, si es que todavía les quedan unas gotas de agua iracunda desde el catastrófico diluvio. Recién finalizadas las primeras investigaciones, comparecencias y declaraciones, sería ingenuo pensar que con la expulsión de Mazón a los infiernos terminó todo. Sin embargo, mucho falta por saber, y achacarle a él el cien por cien de la responsabilidad en la tragedia (por escandalosa que haya sido su inacción), sabemos todos que es más un ejercicio de agresión política para descabalgar al enemigo que una conclusión tranquilizadora. La cuestión es de suficiente gravedad y trascendencia como para merecer que se le de otra vuelta. Prefiero pensar que la justicia acabará delimitando las respectivas culpabilidades de todos aquellos que de una manera u otra tuvieron capacidad para minimizar el drama y obraron con negligencia, incluso mucho tiempo antes de producirse. Que aquellos barros trajeron estos lodos multiplicados por mil es un chascarrillo de mal gusto que no por ello deja de adecuarse oportunamente a este triste caso.

Trasladando a otro hemisferio nuestras tradicionales discrepancias y repulsiones, hace unos días pudimos conocer el descubrimiento fortuito del manuscrito original de La Colmena, la imponente novela de Cela que lo izó a los altares. Más allá de constituir un sabroso objeto de estudio para los investigadores de su obra, la gran curiosidad del hallazgo radica en que en el manuscrito se perciben numerosas tachaduras de la censura que exigieron la rectificación del autor. En general se trata de episodios y comentarios relacionados con el sexo y sus aledaños, un charco en el que Cela se encontraba muy cómodo chapoteando, como el leal representante de la novela picaresca que se creía. La noticia terminaba ahí, aunque supongo que alguna editorial estará ya negociando los derechos de la obra original para publicarla, no cabe duda de que con cuanto más detalle se describe la procacidad mayor público lector genera.

Hoy en día Cela es un escritor denostado, por no decir directamente maldito, los cofrades de lo políticamente correcto lo condenaron al ostracismo hace ya muchos años y sus novelas no siempre se encuentran en las librerías, lo cual significa que la maldición obró oportunamente el efecto perseguido. El motivo no es otro que su agitada biografía, aledaña en la posguerra a las posiciones franquistas, tanto desde la censura literaria como desde la delación cochina de los presuntos desafectos al régimen. Efectivamente estos dos pecados los cometió, nadie lo niega, pero la censura que ejerció con los manuscritos que le pasaban no fue ni férrea ni inclemente, su comportamiento, si se quiere ser benévolo con el desliz, hay que contextualizarlo dentro de la innumerable cantidad de españoles que en aquellos años de hambre y tinieblas se veían obligados a aceptar cualquier trabajo con tal de sobrevivir. A este respecto debe recordarse que no fueron precisamente pocas las viudas de la guerra que se lanzaron a la calle a ejercer la prostitución como única alternativa para llevar a casa un bocado a los hijos famélicos. Cela también vivía con lo justo y poco más para encarar el día siguiente con un mínimo de ánimo. En cuanto a las delaciones que llevó a cabo seguramente habrán sido muy dañinas y a veces planificadas sin pudor para arrimarse un poco al calor del poder. Sin embargo, parece que está pagando una penitencia sin prescripción posible, como si fuera el único de los personajes prestigiosos que faltó gravemente a la ética. Me viene a la memoria el gran Pablo Picasso, cuyo comportamiento con las mujeres sería muy compasivo calificarlo de atroz: las humillaba y las vejaba de forma rayana con el sadismo, amén de cobrar unos honorarios escandalosos por pintar El Guernica, óleo potente que tan buenos efectos publicitarios reportó al gobierno en la Exposición Mundial de París de 1937. Y sin olvidar su descaro cuando en el momento del traslado de los cuadros del Prado a Valencia, en noviembre del 36, fue reclamado por el ministerio para ejercer como el director del museo que era desde dos meses antes, y desistió cómodamente de volver a Madrid, en París no corría el riesgo de ser bombardeado y allí la calefacción funcionaba bien. Más listo que el hambre no pudo ser. El caso es que tanto sus andanzas de aquella época como las vividas por Alberti redactando más de una sentencia de muerte en su página de El Mono Azul, procuran ignorarse bajo el polémico argumento de que la personalidad y los actos de un artista deben separarse radicalmente de su actividad creativa. Léanse también, las aventuras inconfesables del admirado PNeruda. Quienes pregonan que el agua no se mezcla con el aceite disocian felizmente en la cabeza de los cuestionados dos hemisferios incomunicables para no dañar su imagen externa. Naturalmente, depende de quién se trate y de qué fuerza dispongan los inquisidores que los juzgan.

Volviendo a Cela y su interminable calvario, no hay más que recordar que su premio Nóbel de 1989 fue recibido en España con cierta indiferencia, por no decir directamente con antipatía y frialdad. Es difícil imaginar semejante reacción en ingleses y franceses, si se lo otorgaran a un conciudadano suyo lo celebrarían por todo lo alto con cohetes y fanfarrias. Pero no fue la primera vez que una reacción de rechazo popular unida a cierto escarnio ofensivo se produjo al concederse los Nóbel de literatura. Con Echegaray («a este no le basta con ser ingeniero»), Benavente («un pájarito que mejor no te cante desde atrás»), JRJiménez («melifluo y merengado») y VAleixandre («otro pajarraco como el Benavente») el júbilo nacional también estuvo enmudecido por la sordina y la sorna cuando recibieron el galardón. Como conclusión deberíamos pensar que somos más gente de armas que de letras, pero antes de aceptarlo sin darle otra vuelta no está de más recordar el discurso del Quijote: «Las letras sin las armas no pueden sostenerse y las armas sin las letras se deshacen».