Tiempo de castañas

OPINIÓN

Existe convulsión en la cesta de la compra. Si el año pasado vivimos el agobio de ver como el aceite se ponía por las nubes, ahora nos tocan los huevos. De sobra es sabido que los precios suben por una pendiente constante, donde apenas hay tramos de descanso para coger aire. Ello se debe a un fenómeno, que solo dicen entender los especialistas, al que llaman inflación.

Sube la vivienda, hasta hacerse inaccesible, sube el ocio, para privarnos de las pocas alegrías que nos quedan, suben los huevos, un producto básico en nuestra alimentación, parece que sube todo aquello que deseamos, y han subido también las castañas.

Decir que todo sube menos los sueldos es una cantinela tan vieja como repetida siempre. Somos muy dados a quejarnos y rara vez manifestamos el hecho de ver precios que se congelan o bajan. Mucho nos cuesta reconocer que se vive mejor que antes, realidad irrefutable aunque hay un sinfín de deficiencias. Ponemos el foco en lo que deseamos y no valoramos aquello de lo que disponemos.

No nos vendría mal preguntarnos porqué suben los huevos, porqué sube el aceite, porqué sube la vivienda. Y también las castañas.

No hay duda que acceder a la propiedad de una vivienda es difícil y es una de las grandes preocupaciones de toda familia, y si miramos atrás siempre ha sido difícil, menos para algunos privilegiados. En contraste con esta realidad uno se asombra al ver nuestras carreteras plagadas de coches, de los que no son precisamente baratos y de las que han desaparecido los que se llamaban utilitarios. Los fines de semana se producen auténticos desfiles de motos enormes y de sofisticadas bicis, y en los restaurantes es una odisea obtener plaza.

Escandaloso es que un huevo pueda costar cincuenta céntimos y ponemos el grito en el cielo por ello. Prestemos atención al precio de una hamburguesa o a una galleta a la que han adornado con algún detalle vistoso. Pongamos a la gallina en los altares, capaces de producir esa geometría imposible llamada huevo. Si la industria fuese capaz de elaborar algo parecido pagaríamos por ello el doble o diez veces mas.

Parece ser de que hay evidencias de que a los niños, adolescentes y jóvenes asturianos no les gustan especialmente las castañas. Un producto infravalorado, despreciable que parece ser digno solo de los menesterosos. A esa nueva generación se le debería de informar que tal producto fue esencial para paliar el hambre en un tiempo no tan lejano, que algunos añoran.

Otra cosa sería si la castaña la camuflamos y le otorgamos un nombre sofisticado, tal como «marron glacé» entonces la cosa cambia y podemos pagar por ello un precio elevado y quedarnos tan a gusto.