No sé si atreverme a decir que a quienes nos va la marcha y nos gustan los ambientes electorales estamos de enhorabuena, porque en dos días daremos el pistoletazo de salida al primer «round» de muchos otros combates que vendrán muy seguidos en el tiempo. Confirmado está ya el adelanto en Aragón (8 de febrero) porque al igual que en Extremadura (serán este próximo domingo, 21 de diciembre) el PP tampoco ha alcanzado un acuerdo con Vox para aprobar los presupuestos autonómicos para el año que viene.
Después, y ya por obligación legal, tendrán que venir los comicios en Castilla y León (como muy tarde el 15 de marzo) y en Andalucía (previsiblemente en junio, muy condicionado a que la normativa regional impide que se celebren en julio y agosto), donde al igual que en Cataluña/Catalunya (12 de mayo de 2024), País Vasco/Euskadi (21 de abril de 2024) y Galicia (18 de febrero de 2024) ya era costumbre, desde que se restableció la democracia, que fueran en días distintos a las municipales (como sucede en Asturias/Asturies). La fragmentación de los parlamentos y la inestabilidad de los gobiernos ante la falta de pactos estables está siendo la tónica general, la cual conlleva consecuencias que, a priori, no las considero positivas.
En primer lugar, lo que empieza a ser muy frecuente es que se prorroguen los presupuestos (es lo primordial en todas las administraciones porque ahí se plasman en números las prioridades políticas) aunque hay como en todas las cosas de la vida excepciones (como el de Adrián Barbón desde que preside el Principado). Afortunadamente no es un drama llegar a esa situación porque no tenemos el mismo sistema que en Estados unidos con los llamados «cierres de gobierno» (y por supuesto que es posible seguir gobernando aunque haya más dificultades), pero lo ideal sería tenerlos actualizados a las necesidades del momento.
En segundo lugar, tampoco es ideal recurrir a un adelanto electoral, porque es importante que las legislaturas se agoten al máximo legal (hay que mirar menos por los intereses particulares y partidistas y más por el interés general. En Cataluña/Catalunya pudo darse el ejemplo más numeroso de España con seis convocatorias distintas entre 2010 y 2024 ya que cuatro años no es tiempo suficiente para desarrollar al completo un programa electoral. Las encuestas auguran una victoria clara de María Guardiola (aunque ayer daba cierta sensación de nerviosismo intentando hablar de que se ha robado la democracia por la desaparición de cien votos por correo en un municipio de Badajoz de 4.500 habitantes), que declinó participar en el debate de anoche en RTVE (solamente ha estado en la televisión pública extremeña junto a otras diez candidaturas, cuando solamente cuatro de ellas tienen representación parlamentaria [PP, PSOE, Vox y Unidas por Extremadura]), pero aunque sea la suya la candidatura más votada, todo parece indicar que será insuficiente si pretendía desprenderse de su dependencia de Vox, partido que si no hay ninguna sorpresa, verá incrementada su representación en la asamblea extremeña. El PSOE tiene todas las de perder en un feudo tradicional, muy marcado por un candidato que no ha convencido a nadie (sobre todo por su delicada situación judicial). Curiosa ha sido la total ausencia de dirigentes de Sumar para apoyar la lista afín, aunque también es verdad que les ha servido para centrar su campaña en los problemas cercanos y olvidar entrar a valorar la política nacional. La única incertidumbre que deja sin resolver los pronósticos es si podría obtener representación alguna agrupación de electores de la denominada «España vaciada», y luego si aunque el bloque de la derecha y la ultraderecha sumen más que las izquierdas, se van a entender mejor que en la vencida legislatura o si seguirá todo muy parecido.
En toda esta batalla electoral, la que parece que no entra dentro de la ecuación es que se celebren las generales. Para disgusto de la Conferencia Episcopal y concretamente de su presidente, Luis Argüello, Pedro Sánchez sigue decidido a agotar la legislatura, imagino que apoyado y tranquilizado ante la imposibilidad de que haya una moción de censura que suponga su salida de La Moncloa. Es difícil adivinar si ganar tiempo será bueno o no para él y para el conjunto de la izquierda. Yolanda Díaz lleva reclamando un cambio profundo en el ejecutivo, sobre todo a raíz de la publicación de los casos de acoso sexual en el PSOE, que sumados a los de la corrupción están creando un clima de desasosiego, cabreo, decepción e incluso diría de pánico en determinados dirigentes. El Presidente del Gobierno solo tiene decidido por ahora nombrar a la persona que va a sustituir a Pilar Alegría en la portavocía y en el Ministerio de Educación. Me da la sensación que habrá que esperar al otoño para ver si resiste o si cambia de estrategia (tras las elecciones andaluzas, que pondrán fin a esta carrera de fondo electoral en el primer semestre de 2026), pero ojalá sea la primera.
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