¿Puede el cine salvar a una familia? Joachim Trier firma un drama familiar sobre los límites del arte en «Valor sentimental»
OPINIÓN
Tras su paso por Cannes, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado, Joachim Trier regresa con «Valor sentimental», un relato protagonizado por Renate Reinsve y Stellan Skarsgård que aborda el trauma, el mito del genio creador y la difusa frontera entre la vida y su puesta en escena. Convertida ya en una de las películas europeas más comentadas del año, se perfila además como la firme candidata noruega a los Oscar 2026.
En su filmografía, Trier ha vuelto una y otra vez a personajes que viven con una especie de desajuste íntimo: personas en apariencia funcionales, a punto de quebrarse por dentro. «Valor sentimental» retoma ese pulso, pero lo desplaza hacia el terreno familiar. Tras títulos como «Oslo», 31 de agosto (2011), «Thelma» (2017) o el aclamado retrato generacional milenial «La peor persona del mundo» (2021), el director noruego se instala aquí en un drama de ecos bergmanianos atravesado por una pregunta: qué lugar ocupa el arte cuando se ha construido sobre los restos de una vida familiar dañada.
El propio título original de la película sugiere algunas claves interpretativas del relato. «Affeksjonsverdi» es un término noruego sin traducción exacta al castellano que alude al valor íntimo y emocional que adquieren los objetos y los espacios por la memoria que contienen, más allá de su utilidad o de su precio. Este matiz resulta clave, porque «Valor sentimental» se articula alrededor de una casa cargada de recuerdos, silencios y heridas heredadas, que actúa como detonante del conflicto.
La película se abre con una escena tan sencilla como reveladora: Nora (Renate Reinsve), actriz de éxito, sufre un ataque de pánico instantes antes de salir a escena. El teatro, espacio de control, técnica y exposición por definición, se vuelve de pronto un lugar hostil. Trier observa el momento con una contención casi clínica que mantiene a lo largo de todo el film. Y es que «Valor sentimental» no avanza a base de grandes estallidos dramáticos: el conflicto —al igual que el trauma— no estalla, se filtra; no se resuelve, se arrastra.
La muerte de la madre obliga a Nora y a su hermana Agnes (una impecable Inga Ibsdotter Lilleaas) a regresar a la casa familiar. Ordenar lo que queda, decidir qué se conserva y qué se descarta, se convierte en un intento de reorganización del pasado y de elaboración del duelo a través de la complicidad entre ambas. Es allí donde reaparece el padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), cineasta célebre, carismático y emocionalmente ausente durante años, con una propuesta tan seductora como perturbadora: rodar allí su próxima película y ofrecer a Nora el papel protagonista, escrito desde una biografía apenas disimulada.
Trier plantea entonces un juego de espejos entre vida y representación que mira de frente a Bergman —con una cita explícita a «Persona» (1966) incluida, fusionando los rostros de Nora y Gustav— y que se sostiene, sobre todo, en la figura de Gustav. No es solo un padre ególatra que abandonó, es un creador que ha hecho de su entorno material artístico. En este sentido, resulta difícil no leer al personaje como síntesis de cierta masculinidad autoral europea, ejemplificada en figuras como la del propio Ingmar Bergman: cineastas capaces de una lucidez extrema para filmar el amor o el dolor y, al mismo tiempo, de ejercer una violencia emocional persistente sin reconocerla como tal. Trier no juzga abiertamente a Gustav, pero tampoco lo absuelve; lo observa con una mezcla de distancia y fascinación, consciente tanto de su magnetismo como de su daño.
Uno de los grandes aciertos de la película reside en sus interpretaciones. Renate Reinsve confirma su brillantez dando vida a un personaje tan complejo y oscuro como su padre en la ficción: poliédrico, incómodo, contradictorio, con una fragilidad contenida que puede estallar en cualquier momento. Hay algo en ella que, por momentos, remite a la Nora de Henrik Ibsen, como su constante negativa a encajar en el papel que otros han escrito, que culmina en el portazo con el que también se cierra el film. Frente a ella, Inga Ibsdotter Lilleaas compone una Agnes más estable en apariencia, integrada en una vida cotidiana con pareja e hijo, pero atravesada por heridas menos visibles: las de quien aprendió a someterse y adaptarse para evitar la confrontación. La relación entre ambas hermanas —probablemente uno de los núcleos más sólidos del film— aporta una densidad afectiva que Trier había explorado de forma más tangencial en trabajos anteriores.
Por su parte, Stellan Skarsgård construye a Gustav desde una ambigüedad muy medida. Su presencia resulta magnética incluso cuando incómoda, evocando la figura reconocible del «genio» artístico europeo en clara decadencia. Es un personaje que ocupa el plano con facilidad, que seduce y manipula sin elevar la voz, incapaz de comunicarse con sus hijas si no es a través del cine o del alcohol. Trier confía en la inteligencia del espectador para leer sus contradicciones: la mezcla de lucidez creativa, ceguera afectiva e irresponsabilidad emocional que lo define.
Pese a sus virtudes, «Valor sentimental» se siente a veces demasiado bien armada, como si el guion colocara cada pieza con tal pulcritud que el drama, por momentos, pareciera perseguir fines excesivamente calculados. La película abre vías muy potentes —la casa como organismo vivo, la herida insondable de Nora, el trauma que se hereda—, pero no siempre profundiza en ellas con la misma intensidad y deja muchos puntos de fuga. En los pasajes más ligados al metacine, cuando Gustav convierte el pasado en escena, la emoción se vuelve más explicada que encarnada, como si Trier no confiara del todo en la fuerza de las imágenes o en el trabajo de sus intérpretes.
Con todo, la película se recompone gracias a la solidez del reparto y a un final cuidadosamente construido. Un cierre que rehúye la reconciliación fácil y la redención plena, y que deja al espectador ante una pregunta abierta: ¿hasta qué punto el arte puede funcionar como forma de reparación sin convertirse en otra modalidad de apropiación del dolor ajeno? Trier no ofrece respuestas claras, y quizá ahí resida una de las virtudes de su película.
«Valor sentimental» dialoga además con debates muy presentes en la actualidad: la indulgencia histórica hacia ciertos creadores en nombre de su obra, la dificultad de separar vida y legado, o el peso (a veces traumático) que cargan quienes crecieron a la sombra de estas figuras (véase el testimonio autoficcional de Linn Ullmann, una de las hijas de Bergman). No sorprende así que la película haya sido celebrada en Cannes y se perfile como candidata noruega a los Oscar 2026: conecta con una sensibilidad crítica muy contemporánea, no exenta de contradicciones.
No es, probablemente, la obra más redonda ni la más arriesgada de Joachim Trier, pero sí quizá la más autoral y reflexiva hasta el momento, dejando entrever sus propias preocupaciones como cineasta. Como la casa que ocupa su centro narrativo, Valor sentimental está llena de habitaciones cerradas, recuerdos que pesan y silencios persistentes, extrapolables a cualquier contexto familiar. Es en esa permanencia, más que en cualquier gesto de catarsis, donde la película encuentra su verdadero valor y su punto de anclaje.
Comentarios