Sobrevolando el Kilimanjaro

OPINIÓN

Kilimanjaro
Kilimanjaro Pixabay

21 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Habría que preguntarse: ¿sucede lo que sucede? No saber niega el suceso. También: cuando quien tiene que contarlo no lo cuenta. También: cuando quien tiene que escucharlo no lo escucha, o escucha seleccionando lo que el viento trae. Los chilenos no escucharon quién fue el general. O escucharon al siniestro viento que arrecia sin descanso en el último tiempo, viento que barre todo suceso. Los argentinos, también: otro general empezó el hecho del hecho. Pero ni en uno ni en otro caso el hecho se evaporó. Quedó suspendido, a la altura del limbo en el que volaban sobre el mar los aviones que se desprendían de los cuerpos. Cuerpos que siempre van al fondo. Paul Newman, en <<Harper, investigador privado>> (repuesto en La2 el lunes de esta semana), dice: «Hacia arriba solo van el aceite y los bastardos». Aunque hay bastardos y bastardos. A los de siempre se unen ahora cuerpos del fondo que se han creído que son aceite. El engaño perpetuo. Y del limbo volvió el hecho. El hecho no sucede porque siempre sucede. Es un hecho primigenio que no tiene fin. Sucede lo que sucede porque se expande el primer estallido (<<Big Bang>>) del hecho. Luego, es un recordatorio constante del suceso. Nada más.

Con el acomodamiento se oye, no se escucha; se entrevé, no se mira. Mirar requiere ponerse de frente ante lo que sucede para que suceda. Ponerse de lado es arriesgarse a ensuciar parcialmente la conciencia (¿no es ya la conciencia un anacronismo?), aunque en el mercado hay una variedad infinita de limpiadores, algunos con resultados excelentes. Dicen los que entienden que el blanco es el color que se impone. El otro día una señora hizo balance de su gestión presidencial de 2025 con una chaqueta blanca. El blanco remite a la pureza, no tiene mácula. Pero debajo llevaba una prenda negra, apenas visible. El negro se esconde. Pero es el hecho del hecho.

Ante el negro, ponerse de espaldas es la mejor posición, porque nada sucede, porque sin mirar no hay suceso, y los ecos casuales que puedan producirse, ecos de hechos negros, los reconvertimos en hechos blancos. «Blanquear», se dice ahora. A Platón no le entusiasmaba lo que le rodeaba y creó una religión: el Platonismo. Las Ideas Puras. El ateniense idealizó el Cielo para soportar la Tierra y legó las Ideas para el Bien, pero también para el Mal. El Mal viene camuflado en el «soma» de <<Un mundo feliz>> (Aldous Huxley). Esos generales y esa que preside están siendo idealizados por los del fondo porque el soma no cesa de manar. El soma, una droga inclemente, daña sus cuerpos, ya muy dañados de tanta vida abajo, pero la adicción ha arraigado y hace su tarea con eficacia. Los de arriba, como los dioses del Olimpo, toman ambrosía y los de abajo han dejado de tomar conciencia de que la ambrosía no les pertenece. Nunca les perteneció ni les pertenecerá. El hecho del hecho.

No está en Kenia, pero está cerca. Se eleva casi seis kilómetros en Tanzania. Es el Everest de África. Es el Kilimanjaro, el de las eternas nieves. Se ha de sobrevolar para entender el mundo actual. Su glaciar más extenso ha perdido en las últimas décadas en torno al 80% de su cuerpo. Está herido de muerte, como el planeta que lo aloja. La nieve, duradera a esas alturas, se torna pasajera, repentinamente pasajera. La Tierra fue una bola de nieve, pero antes fue un infierno de lava y fuego. La Geología lo explica bien. Pero la Geología trabaja con escalas temporales de cientos de miles, de decenas de millones de años. La Geología no puede explicar cómo se ha interrumpido el Holoceno (del griego <<holos>>, todo, y <<kainos>>, reciente) en un período insignificante de no más de 12.000 años. Así que los geólogos tuvieron que reconvertirse, dejar el reloj de arena y coger el cronómetro para contar el tiempo, ceder más protagonismo a los climatólogos, a los botánicos, a los físicos, para acabar dándose de bruces con el Antropoceno (<<anthropos>>, humano o parecido al humano), que ha llegado sin ser invitado. Ni siquiera imaginado.

El Antropoceno alude al hecho de que es el hombre, no la Naturaleza, no el Cosmos, quien está provocando cambios irreversibles en el clima global. La Tierra se cuartea. Desde Washington, desde todas las capitales petroleras, desde las industrias contaminantes, en definitiva, desde la Economía Depredadora, se ha enfermado a nuestro hogar. Pero sobrevolando el Kilimanjaro apreciamos más de esta desdichada <<biografía>>.

La negación del cambio climático no está sola. Forma un haz de negaciones: de la democracia social, de los derechos elementales de las personas, del derecho internacional, de la ONU, de la profanación de la mujer, de las vacunas, de la veracidad… El hecho del hecho es la erupción del Mal. En la Unión Europea lo tenemos a izquierda y derecha y, entre ambos, nos están troceando, destrozando. Las semillas de la guerra del imperialismo de uno y del fascismo imperialista del otro han sido plantadas en nuestro suelo y germinan a velocidad desbocada, como el fuego que nos cae de las alturas, como cayeron los cuerpos de chilenos y argentinos, como nos cae el aceite que vierten los bastardos sobre los de abajo, sobre toda Química Orgánica, sobre toda Química Inorgánica. Washington se está haciendo con el continente americano y con Europa Occidental. Moscú y Pekín, con lo que pueden del resto, y es un hecho que pueden mucho.

No se cuenta el hecho. Si se cuenta, al sumidero, para que no salga el hecho a la luz. La antipartícula del hecho es la que se mira cuando se da la espalda al hecho en sí, a la «cosa en sí» en el lenguaje kantiano: lo inequívocamente existente. No se da la vuelta porque, además, se ha disfrazado lo que sucede detrás del que mira. Es inútil, por tanto. El Carnaval dura un año y prosigue el siguiente, y el siguiente, indefinidamente. El único suceso es el soma, que da el placer de vivir en la fantástica realidad huxleysiana. Entre el nacimiento y la muerte, en el entretanto, se coge la pantalla, donde está la <<verdad>>, se consume para que nos deje de atormentar el mendicante raciocinio y se trabaja para los que comen ambrosía. Si para ello se tiene que dañar o matar, se hace. No asaltarán los remordimientos, porque ya se está alienado. O sea, el hecho del hecho.