Cuando Antonio Muñoz Molina publicó en 2013 Todo lo que era sólido, nuestro país mordía el polvo de la crisis. Pagábamos el hundimiento del sector de la construcción, el rescate del sistema bancario y todo lo que vino asociado. Como sucede con los buenos libros, me acuerdo perfectamente del momento personal, las circunstancias de la lectura y del entorno de aquel momento. Nada de lo que hacíamos y vivíamos entonces se escapaba del contexto. Se perdían empleos a chorro, se desahuciaba sin miramientos y las medidas de austeridad sin contemplaciones menguaban salarios, lesionaban los servicios públicos y reducían la protección social. Después de conocer el resultado del partido todo el mundo acierta en la quiniela, y, por lo tanto, realizar el recuento del descalabro moral y político que nos condujo a todo aquello era relativamente fácil.
Muñoz Molina añadía, no obstante, su particular lucidez al diseccionar sin miramientos, casi entre la sociología y el periodismo, los comportamientos sociales de la etapa anterior a la recesión, para examinar algunas de sus causas y ponernos ante el espejo de la realidad deformada en que vivíamos antes de la tormenta. Entre otros azotes, destaca su denuncia del «paroxismo de la fiesta», esa exageración barroca que nos anima a convertir eventos y celebraciones en un maratón de gasto y frivolidad, desprovista de su sentido y de otro aprovechamiento cultural. Algo así como lo que «León Benavente» dice de pasada en el «a santo de qué tanta fiesta», en su búsqueda «de gente que me explicara qué pasa en España» (Gloria, 2016).
En la próxima crisis cíclica que el capitalismo salvaje y la especulación financiera nos depare, cuando sus consecuencias nos vuelvan a golpear de frente, nos acordaremos probablemente de algunos de los excesos de estos días. Y, entre ellos, de la grosera hibridación de fiestas navideñas, voracidad depredadora y luces decorativas. Cada año se instalan antes en las calles y las casas; cada año se gasta más en una competición urbana sin fin; y cada año lo que importa es proyectarse socialmente mediante el consumo, que es hoy por hoy el principal cauce relacional y vector de nuestra conducta. El brilli brilli navideño, que no tiene enmienda estética posible, es la plasmación kitsch de la evolución moral de estas fiestas y no parece haber signos de fatiga, hasta que juntemos las celebraciones con las de Halloween, y las luces en forma de reno con las de Jack-o’-lantern, que ya estamos muy cerca.
El corte moral es similar al que prima el espectáculo y la forma sobre cualquier contenido, que es el terreno en el que, en política, se mueve el populismo rampante. Y, por supuesto, el que pone por encima el entretenimiento como objetivo primordial, al que dedicar prioritariamente la atención humana, supeditando cualquier consideración moral o apelación al bien común. La razón de que, por poner algún ejemplo, el boicot a Eurovisión probablemente fracase a medio plazo, pues es más ameno pelear por el micrófono de cristal que hacerlo contra el genocidio o el apartheid en Palestina. O el que llevó a mi ciudad (y a otras muchas de manera parecida) a cambiar la pancarta de apoyo a Ucrania en la plaza del ayuntamiento por una relativa a la capitalidad gastronómica.
Para qué seguir preocupándose del triunfo de una agresión que, si no lo impedimos, impondrá la fuerza bruta y los crímenes de guerra como forma de reconfigurar fronteras; no importunemos recordando lo urgente y olvidando lo importante, que son nuestros platos de cuchara. Nuestra solidaridad es inconstante y declina ante los placeres y no digamos si puede ponernos en riesgo.
Así que a nadie se le ocurra cuestionar políticamente los abusos que nos autoinfligimos estas semanas. No sólo porque se convierte en el aguafiestas al que, como en el verso de Benedetti, la fiesta no perdona. También porque nadie se acordará de la advertencia y ni siquiera cuando vengan mal dadas le darán la razón. Menos aún se le pase por la cabeza recordar que, en estas fiestas, se celebra un nacimiento en tierra arrasada, del que sería un hombre torturado brutalmente, condenado a pena de muerte en un proceso sumarísimo sin garantías y ejecutado (convirtiendo en símbolo religioso la cruz, que hoy sería la horca o la camilla de la inyección letal).
Un hombre que antes pasó por la persecución y el exilio con su familia, y al que hoy negaríamos nuevamente, con orgullo nacional, asilo y dignidad, y a cuya madre condenaríamos otra vez a malparir en un establo, sin despeinarnos. Así que nada de venir a molestar mientras nos estamos divirtiendo.
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