El barrio del Natahoyo, cuna obrera de Gijón, nació entre astilleros, talleres y manos endurecidas por el trabajo. Un barrio que siempre supo lo que era el esfuerzo, la escasez y también la ayuda mutua. Por eso resulta tan doloroso y tan desconcertante ver lo que está ocurriendo en estas fechas, desde hace unas semanas: un movimiento vecinal que rechaza, con un dramatismo que roza lo grotesco, la llegada temporal del Albergue Covadonga a una parte vacía del Hogar de San José mientras se reparan y amplían sus instalaciones definitivas.
Temporal.
Provisional.
Limitado en el tiempo.
Lo justo y necesario para permitir las obras de un recurso que lleva décadas garantizando techo, comida y dignidad a quienes no tienen absolutamente nada. A quienes no tienen ni siquiera una ventana desde la que colgar telas rojas de protesta.
Sin embargo, en plena Navidad, cuando todos repetimos palabras hermosas y vacías, algunos/as vecinos/as del barrio se organizan para cerrar su puerta al necesitado. Alegan «seguridad», como si la pobreza fuera sinónimo de delincuencia, como si quien duerme en un albergue fuera un enemigo público y no una víctima del abandono, la precariedad o la mala fortuna.
Resulta casi irónico —por no decir hiriente— que el rechazo se promueva precisamente en la zona más reciente, más cara y más cómoda del barrio, esa que muchos ya llaman «la zona bien del Natahoyo». Una zona que, por lo visto, teme más a un pobre buscando cobijo que a la ya instalada fábrica de armamento pesado que funciona a plena capacidad a pocos metros. Para eso no hubo protestas. Ni telas rojas. Ni escraches. Ni indignación.
La amenaza no es el acero; la amenaza es la miseria humana que algunos no quieren ver.
Lo más triste es que este barrio convivió durante años con el propio Albergue Covadonga sin un solo conflicto reseñable. Aquí funcionaron centros de menores, hogares de huérfanos, proyectos de rehabilitación… y nunca hubo un solo problema. ¿Qué ha cambiado entonces? ¿La gente? ¿La renta? ¿El miedo? ¿O la memoria?
Porque conviene repetirlo una vez más:
la ubicación sería únicamente provisional.
No es un traslado definitivo, no es una reestructuración urbana, no es una imposición absurda.
Es simplemente un gesto de humanidad mientras se adecenta un edificio que acoge a los más vulnerables.
Y, aun así, la reacción de una parte del barrio ha sido tan ruidosa, tan desproporcionada y tan cargada de prejuicio que algunos temen que incluso el gobierno municipal por las declaraciones de su alcaldesa dispuesta a ceder ante ese ruido por miedo a perder votos. Si eso llegara a suceder, sería una derrota moral para Gijón, un mensaje lamentable: que la pobreza puede desplazarse como si fuera basura y que quienes más necesitan apoyo valen menos que un puñado de comentarios airados.
Pero no todo el barrio es ruido. Muchos vecinos del Natahoyo, quizás menos visibles, sentimos vergüenza ajena. Nos duele ver esta deshumanización en un lugar que fue ejemplo de solidaridad en las luchas obreras de los astilleros, talleres de moreda, Duro Felguera y otras industrias de la zona. Nos indigna que la pobreza se trate como si fuera una mancha. Y nos hiere que, en plena Navidad, algunos se preocupen más por quién duerme cerca que por quién duerme en la calle.
Porque al final de todo esto no se discute sobre edificios, sino sobre principios.
No hablamos de urbanismo, sino de dignidad.
No hablamos de barrios, sino de lo que nos queda —o lo que nos falta— de humanidad.
Y si un barrio obrero llega al punto de despreciar al pobre, entonces ha perdido no solo su historia, sino también su alma.
Ha perdido aquello que lo convertía en comunidad.
Si permitimos que el miedo, la comodidad o la estética pesen más que el deber moral de no dejar a nadie tirado en la calle, entonces las luces de Navidad no nos iluminan: nos delatan.
Y quizá lo más duro de todo es aceptar que, si rechazamos a quienes están en la miseria más absoluta aun sabiendo que su estancia será solo temporal, lo que estamos rechazando no es su presencia: es nuestra propia responsabilidad como sociedad.
Porque un barrio que no quiere pobres cerca no es un barrio mejor.
Solo es un barrio que ha aprendido a mirar hacia otro lado.
Y eso, en el fondo, es la forma más triste de pobreza.
Con los tiempos que nos esta tocando sufrir, ¿quién de nosotros o de nuestras familias no se puede ver en la misma situación de estas personas que ahora necesitan pan, trabajo y techo para poder sobrevivir?
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