Desde Adolfo Suárez y con la excepción de Leopoldo Calvo Sotelo, que se sabía interino, a todos los presidentes del gobierno de la actual democracia se les ha atribuido haber sido afectados por el síndrome de la Moncloa. El síntoma principal es un alejamiento progresivo de la realidad, unido a un rechazo enfermizo a recibir críticas, incluso las mejor intencionadas o las procedentes de su propio partido, lo que con frecuencia los conduce a rodearse de aduladores, que agravan el mal. La comparecencia de Pedro Sánchez, el lunes de la semana pasada, para exponer su balance del último año del gobierno confirmó que no ha podido librarse del peligroso síndrome, algo ya bastante evidente desde 2023. La reacción del PSOE ante la estrepitosa derrota que ha sufrido en Extremadura indica que la enfermedad es contagiosa y se ha extendido a buena parte de sus dirigentes, sin necesidad de que habiten en el palacio presidencial.
La periodista Pilar Cernuda, autora de un libro sobre el tema, en un artículo publicado en 2011 en ABC, atribuía que el temible síndrome fuese más agudo que el sufrido por otros jefes de gobierno a que «el presidente español no percibe el ruido de la calle y no puede observar el movimiento de los ciudadanos desde las ventanas de su despacho o de su residencia. Vive en un mundo cerrado, alejado, y cada vez tiene menos ganas de recorrer la decena de kilómetros que le separan del centro de la ciudad. Todo lo contrario de lo que ocurre en otros países occidentales: el 10 de Downing Street se encuentra en el centro de Londres; el Elíseo, en el centro de París; la Casa Blanca, en el centro de Washington; el Palazzo Chigi, en el centro de Roma; el palacio Megaro Maximou, en el centro de Atenas…». En cambio, Jordi Sevilla, más que en la ubicación de la residencia, incidía en que «se produce cuando todos los que te rodean te dan la razón, porque evidentemente uno no siempre la tiene». Algo muy frecuente cuando se ocupa el poder, Stendhal ya lo consideró una de las causas del fracaso de su admirado Napoleón.
Cabe alegar en descargo de nuestros presidentes que España es un país en el que cuesta aceptar que el derecho a disentir de la labor de los gobernantes tiene límites que no deben rebasarse. Durante un siglo, entre 1870 y 1973, dejó de ser una rareza el asesinato de los presidentes del gobierno. Leer el periódico en el banco del exterior de un balneario, mirar el escaparate de una céntrica librería madrileña o acudir diariamente a misa a la misma iglesia se mostraron como comportamientos de alto riesgo. La democracia inaugurada en 1977 tuvo que sufrir el terrorismo de ETA y los GRAPO, que desaconsejaba que los gobernantes pudiesen disfrutar de una vida similar al común de la ciudadanía. Por otra parte, existía y existe el peligro de que el personaje público se encuentre con el característico energúmeno español, convencido de que la libertad de expresión incluye la de insultar y que la democracia ampara incluso un supuesto derecho a acosar o agredir al que le disgusta. Lo sufrió no hace mucho el ministro Oscar Puente, también, en Ponferrada, el presidente del Consejo Comarcal del Bierzo; antes, habían sido víctimas Mariano Rajoy o Íñigo Errejón, por poner solo algunos ejemplos.
Recuerdo la foto de un trajeado Laureano López Rodó yendo a una reunión oficial en bicicleta. Era 1972, en plena dictadura franquista, pero lo hizo en Suecia. Cierto que, años más tarde, fue asesinado en ese país el primer ministro Olof Palme a la entrada de un cine. No es fácil para los gobernantes pulsar directamente el ambiente de la calle.
Consten los atenuantes, pero no eximen de la obligación de buscar un remedio y, especialmente, de que compañeros de partido y de gobierno se atrevan a decirle al rey que está desnudo o en paños menores. En otro ámbito, para quienes han asumido la tarea de analizar la realidad es un deber ejercer la crítica, aunque pueda ser incomprendida.
La intervención de Pedro Sánchez el pasado 15 de diciembre debió centrarse en pedir disculpas y dar explicaciones a la ciudadanía, especialmente a quienes le votaron en las pasadas elecciones. Aunque no afecten a la financiación del partido, los casos de corrupción investigados por la justicia son graves y atañen a personas muy próximas al presidente del gobierno. En la mayoría de los países de la UE hubiesen provocado su dimisión y la búsqueda de un nuevo liderazgo. Es cierto que eso es muy inhabitual en España, debió hacerlo Mariano Rajoy antes de que llegase la moción de censura, o el señor Gallardo la misma noche del pasado día 21, sin someterse a la humillación de ser obligado a abandonar su puesto, pero las malas prácticas de los demás no son una excusa. Resulta difícil de creer que Sánchez desconociese el grosero machismo de los puteros Ábalos y Koldo García, ese tipo de hombres no suele disimularlo y, si lo intentan, se les nota. También que no percibiese el comportamiento del señor Salazar. Esos casos y los otros que han salido a la luz comprometen la imagen del PSOE como partido feminista.
Escribí en el mes de junio un artículo en este periódico en el que, tras la ampliación del caso Ábalos a Santos Cerdán, planteaba que Pedro Sánchez debía preparar su sucesión y anunciar elecciones para el otoño. No fui el único, recuerdo otro de Ignacio Sánchez Cuenca en El País que utilizaba argumentos parecidos, el número de columnistas críticos desde la izquierda aumentó tras el verano. Estas propuestas fueron acogidas con hostilidad por los fieles al presidente, hubo quien definió a los críticos como traidores, que deseaban entregar el gobierno a las derechas o incluso directamente a Vox. Extraño argumento porque, en una democracia, cuando se convocan elecciones el poder se entrega a quien posee la soberanía: el pueblo. Si el que lo ejerce supone que la mayoría no está de acuerdo con su labor, lo que deberá preguntarse es ¿por qué? y, una vez identificadas las causas, plantearse cómo recuperar el apoyo popular. Desde junio hasta aquí las cosas solo podían empeorar si no había una rectificación y han empeorado mucho más de lo previsible.
Cegado por el síndrome monclovita, el día 15, Pedro Sánchez no hizo una autocrítica seria, no pidió perdón como debía y más bien dio la impresión de que reñía a un pueblo desagradecido. Son ciertos los logros del gobierno, pero no otorgan carta blanca. Por otra parte, como ya he comentado alguna vez, una cosa son las grandes cifras de la economía y otra la vida cotidiana, y ese amplio sector de la población que tiene salarios bajos y/o empleo precario lo está pasando mal con la subida de los precios de los alimentos y la carestía de la vivienda, e incluso ve disminuido su bienestar con los límites que pone al ocio el encarecimiento de la hostelería, la hotelería y los viajes.
No se ha explicado nunca el cese de Ábalos como ministro y secretario de organización del PSOE, tampoco su rehabilitación posterior. Leire Díaz no era un remedo del pequeño Nicolás, pero tampoco se ha aclarado nada sobre ella. No ha habido reacción rápida a las denuncias de acoso. La ciudadanía castiga los casos de corrupción, especialmente el electorado de izquierdas. El PSOE no se librará fácilmente de ese lastre.
Las derechas han conseguido el 60% de los votos en Extremadura, han invertido la correlación tradicional de fuerzas con las izquierdas. El PP obtuvo más del 43%, un porcentaje que le hubiera dado mayoría absoluta en cualquier otra comunidad autónoma y en unas elecciones generales, si no la consiguió es debido a que en Extremadura las dos grandes circunscripciones conducen a una proporcionalidad más acusada. Cabe destacar que logró ese 43% a pesar de la espectacular subida de Vox, que se acercó al 17% de los sufragios. Sin duda, Gallardo era el peor candidato posible y no solo por su imputación judicial o por las trapacerías para aforarse, pero Pedro Sánchez participó activamente en la campaña hasta el mitin final. El hundimiento del PSOE no se explica solo por el candidato que presentó.
Que el síndrome de la Moncloa se ha extendido notablemente en el partido lo confirmó en la tarde del lunes la portavoz socialista, cuando afirmó que «estamos más fuertes que nunca». Parece innecesario, pero conviene recordar que el PSOE ha perdido todas las elecciones que se han celebrado desde que, en junio de 2022, el PP obtuvo mayoría absoluta en Andalucía, salvo las de Cataluña. Esto incluye también a las generales de 2023, que perdió a pesar de llevar cuatro años gobernando, algo muy poco habitual, y sin que se le hubiese atribuido todavía ningún escándalo de corrupción ni hubiese ganado Donald Trump en Estados Unidos. ¿Todo se debe a la inclinación global del mundo hacia la derecha? ¿A la agresividad de las derechas y sus medios de comunicación? ¿Al fango? ¿No hay nada que se haya hecho mal?
Pedro Sánchez se ha aferrado a mantener unas Cortes en las que no tiene mayoría con el argumento de impedir la llegada de la extrema derecha al poder. El problema reside en que así solo la retrasa. La única forma de pararla es derrotarla y que esta situación se prolongue la fortalece. Por cierto, si el objetivo es frenar a Vox, quizá fuese oportuno explorar en Extremadura la vía portuguesa y permitir con una abstención la investidura de la señora Guardiola.
Probablemente el mayor error se cometió con la investidura de 2023. Pedro Sánchez entregó su credibilidad a cambio de muy poco, ni siquiera de un pacto de legislatura, y ahora lo están pagando él, el PSOE y el conjunto de las izquierdas. Reconforta la remontada de Unidas por Extremadura, pero un 10% de votos sigue siendo poco, especialmente si el PSOE queda por debajo del 30%. Meses arriba o abajo, habrá elecciones generales y el problema es cómo evitar que en ellas arrollen las derechas. Es evidente que ahora es un mal momento para anticiparlas, lo malo es que no parece que vaya a haber uno bueno antes del verano de 2027 y si se llega a entonces sin haber aprobado presupuestos en cuatro años, algo insólito en cualquier sistema parlamentario, y con un martirio judicial constante, el resultado solo puede ser catastrófico.
De los próximos comicios autonómicos y municipales el PSOE solo puede esperar derrotas. ¿Alguien cree que se pueden ganar unas elecciones generales contando solo con una mayoría relativa en Cataluña y absoluta en Vigo? Concedamos que quizá pueda salvar Asturias, a pesar de que Gijón va a ser difícilmente recuperable para la izquierda tras el engaño de los accesos al Musel, el olvido de obras como las estaciones y el metrotrén y la falta de acondicionamiento de la ZALIA; incluso podría conservar Navarra, pero son dos comunidades muy poco pobladas ¿dónde están los votos para frenar a la ultraderecha?
Tenía razón el PSOE cuando respondió a Sumar que no sería útil una renovación del ministerio. La necesaria es la del PSOE y debe incluir al candidato o candidata a la presidencia del gobierno. Probablemente se perdiesen igual las próximas elecciones, salvo que la torpeza del PP y la estulticia de Vox se combinasen para poner las cosas muy a favor, lo que hoy no parece probable, pero, al menos, se frenaría la hemorragia y se establecerían las bases para la futura recuperación. Espero que se entienda que se puede temer a la vez a estas derechas y a la ceguera de la izquierda.