No esperes demasiado de Europa: «Kontinental 25» o la mirada de Radu Jude ante el futuro inminente del continente y los problemas de sus ciudadanos

Nacho Cabal ASOCIACIÓN DE CINE LA QUIMERA

OPINIÓN

Radu Jude en la presentación de «Kontinental 25»
Radu Jude en la presentación de «Kontinental 25» CHRISTOPHER NEUNDORF | EFE

31 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Se acaba de estrenar en nuestro país la última película del hiperactivo director rumano Radu Jude (Bucarest, 1977), que pudimos disfrutar hace apenas un mes en el festival de cine de Gijón, donde Jude es toda una institución. En el FICX ha presentado algunas de sus más destacadas películas, como «Un polvo desafortunado o porno loco» o «No esperes demasiado del fin del mundo». Hay crítica bien y malhumorada en su nueva propuesta, «Kontinental ‘25», mordaz y surrealista, segunda película que rueda en 2025 tras su disparatada visión del mito rumano por excelencia, «Drácula».

«Kontinental ‘25» da un repaso cargado de cinismo y humor ennegrecido por el pesimismo sobre la historia y el poso envenenado que nos deja en el presente, en el que no ve muchos motivos para la esperanza. Así, vamos conociendo lo que guardan los patios traseros y los sótanos de Transilvania, y por extensión de Rumanía y Europa, en este absurdo remake del siglo XX que estamos escribiendo como guionistas atónitos y desubicados. Probablemente todo este torrente de incertidumbre se esté abriendo paso por el mundo, pero somos mucho y muy eurocéntricos, aunque estemos en peligro de extinción y amenazados por otras civilizaciones. Dale un móvil a Radu —un iPhone—, y déjale 10 días en Transilvania sin apenas presupuesto, que te hace una película con un sólido planteamiento y, por lo menos, cinco escenas memorables.

Hay algo en él de ese cine repleto de crítica social que se coló en España en pleno esplendor de la censura —eran torpes y bastante incultos los que la ejercían— que se echa en falta en el cine español actual y que parece seguir funcionando en otras cinematografías. El propio Jude (Oso de plata al mejor guion en Berlín con esta película) y otros autores han reseñado la impronta de Buñuel, e incluso de Berlanga (al que Radu descubrió más recientemente), en esta cinta. Pero su primera referencia, ya en el título y hasta en el cartel de la película, es Roberto Rossellini; «Kontinental ‘25» mira de frente y de reojo a Europa 51. Con todos estos antecedentes, el rumano nos cuenta que uno es más inocente cuanto más culpable se siente, o eso nos han querido vender los que dirigen la moral occidental, bien encamados con los que manejan el dinero.

La protagonista, Eszter Tompa, que ganó el premio a mejor actriz en los festivales de Chicago y Gijón, saca adelante con pericia este disparatado drama europeo del presente (siempre hay un drama europeo del siglo transitando por la Historia del continente). La actriz, que da vida a Orsolya, presentó la película en el teatro Jovellanos de Gijón entre risas y aplausos y, con su divertido y estupendo castellano, nos pidió que no dijéramos nada malo de la misma si no nos gustaba, que cerráramos el pico, pero no fue el caso. No será lo mejor de Rude, pero tiene su mérito. Y da con el tono y el tiempo. Orsolya es una secretaria judicial de la minoría húngara que vive en Cluj, casada y con hijos, que ejerce su profesión tratando de darle un toque humano a su difícil gestión de desahucios y demás rutinas burocráticas. Acude a ejecutar el desalojo de un antiguo héroe deportivo devenido en indigente, a causa del juego y del alcohol, que habita un cuarto de calderas de un edificio que los todopoderosos constructores que dominan el país quieren convertir en lujoso hotel, el Kontinental.

El inesperado suicidio del hombre supondrá un peregrinaje de Orsolya por la ciudad tratando de desprenderse infructuosamente de la culpa, contando su historia una y otra vez —en distintos planos fijos— a varios personajes que tratarán de ayudarla a redimirse mientras sentimos el absurdo de la vida que llevamos y la injusticia que nos rodea. La pobreza que habita los extrarradios, donde tratan de levantarse suburbios para la clase media, y urbanizaciones inconclusas con falta de servicios, nos dan el contrapunto a los bonitos edificios del centro histórico o los nuevos y modernos tótems relacionados con la tecnología que tratan de convertirla en capital digital del país.

Los encuentros de Orsolya con su marido, una compañera y amiga, su madre, un antiguo alumno de sus clases de Derecho convertido en repartidor o el sacerdote ortodoxo que le da orientación espiritual se suceden en varios escenarios que componen pequeñas piezas, generalmente interrumpidas por un chascarrillo o un suceso inesperado. Y sobre todos esos pasajes navega la rivalidad húngaro-rumana como ejemplo del ancestral conflicto entre europeos, pero haciendo referencias a otros conflictos actuales como Ucrania, Gaza o Yemen. En fin, muchas ideas y críticas a todo lo que nos rodea y nos atenaza para demostrar que se puede ser incisivo y poner el dedo en la llaga de los grandes problemas de nuestro tiempo sin dejar de reírnos, aunque ni así podamos encontrar soluciones a tanta insensatez.