La democracia convertida en hinchada: Fanatismo, manipulación y erosión del juicio cívico

José López Antuña JUSTICIA Y REALIDAD

OPINIÓN

Vista del Congreso de los Diputados, en imagen de esta semana.
Vista del Congreso de los Diputados, en imagen de esta semana. FERNANDO VILLAR | EFE

Cuando la política deja de ser razón pública y se transforma en identidad tribal: análisis técnico, jurídico, psicológico y social de un deterioro democrático profundo

03 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Planteamiento del problema: de ciudadanos a forofos

Uno de los fenómenos más preocupantes de las democracias contemporáneas no es únicamente la corrupción política, el populismo o la proliferación de bulos, sino la mutación antropológica del ciudadano en hincha. La política ha dejado de ser, para amplias capas sociales, un espacio de deliberación racional orientado al interés general, para convertirse en un escenario emocional de adhesión acrítica, similar —en lógica y comportamiento— al enfrentamiento futbolístico entre equipos irreconciliables.

Este proceso no es casual ni espontáneo. Es inducido, alimentado y explotado. El eje ideológico derecha?izquierda se vive como un «Real Madrid?F.C.Barcelona» permanente, donde lo relevante no es la verdad, la ética pública ni la eficacia de las políticas, sino la defensa incondicional de «los míos», incluso cuando mienten, engañan o dañan el interés general. Aquí emerge una primera constatación incómoda: el deterioro democrático no se sostiene solo desde arriba; se legitima desde abajo.

Dimensión psicológica: sesgos, pereza cognitiva y fanatismo

Desde la psicología social y cognitiva, el fenómeno es ampliamente conocido. El sesgo de confirmación, la disonancia cognitiva y la heurística tribal explican por qué individuos razonablemente inteligentes defienden bulos manifiestos si estos refuerzan su identidad política. El llamado «cerebro vago» —no como insulto, sino como categoría funcional— opta por atajos emocionales frente al esfuerzo que exige el pensamiento crítico.

Aceptar hechos que contradicen la propia narrativa implica un coste psicológico elevado: reconocer el error, revisar creencias, asumir responsabilidad moral. Por ello, resulta más cómodo refugiarse en el «y tú más», en la falacia de falsa equivalencia o en la negación pura y simple de la evidencia empírica. «El fanatismo no nace de la falta de inteligencia, sino del miedo a pensar sin red identitaria».

Dimensión sociológica: polarización, propaganda y mediocridad funcional

Sociológicamente, asistimos a una polarización afectiva extrema. No se discrepa: se deshumaniza. El adversario político deja de ser un conciudadano con otra visión del bien común y pasa a ser un enemigo moral. Este contexto es el caldo de cultivo perfecto para la propaganda, el relato simplificador y la consigna vacía.

La mediocridad no solo triunfa: se convierte en valor normativo. El ruido desplaza al argumento; la viralidad sustituye al rigor; el exabrupto se impone al razonamiento. En este ecosistema, las personas formadas, con experiencia y conocimiento técnico, viven un profundo dilema ético y emocional: intervenir implica desgaste, aislamiento, insulto; callar supone una forma de complicidad pasiva.

Se normaliza así una paradoja perversa: hay que ser tolerante con el intolerante, incluso cuando este niega derechos, hechos científicos o principios democráticos básicos. El resultado es el silenciamiento de la razón y la ocupación del espacio público por la consigna.

IV. Dimensión jurídica y democrática: degradación del principio deliberativo

Desde una perspectiva jurídico-constitucional, este fenómeno erosiona el núcleo mismo de la democracia deliberativa. La Constitución no se limita a establecer reglas de votación; presupone ciudadanos informados, libres y capaces de formarse una opinión racional. Cuando la mentira sistemática, el bulo y la manipulación se normalizan, el consentimiento democrático pierde calidad sustantiva.

La igualdad formal del voto no puede ocultar una desigualdad material en el acceso a la información veraz. La propaganda política que apela a emociones primarias, miedos identitarios o enemigos imaginarios no es neutral: es una forma de violencia simbólica contra la ciudadanía. «Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad». (atribuida a Joseph Goebbels). Que hoy esta lógica obtenga mayorías absolutas debería inquietar profundamente a cualquier demócrata, con independencia de su ideología.

Consecuencias sociales: ciudadanos más dañados que los propios políticos

Una de las conclusiones más trágicas es que los ciudadanos fanatizados acaban estando peor que los políticos a los que defienden. Mientras estos utilizan estrategias sucias con fines electorales —a menudo cínicos y conscientes—, aquellos interiorizan el conflicto, rompen lazos sociales, se enemistan con familiares, amigos y compañeros, y degradan su propia salud emocional.

El daño es colectivo: fractura social, pérdida de confianza institucional, auge de la extrema derecha autoritaria, normalización del negacionismo y debilitamiento del Estado social y democrático de derecho. Todo ello mientras conceptos como honor público, ética política o interés general quedan relegados a un segundo plano, cuando no ridiculizados. L«a politiquería sobrevive porque demasiados ciudadanos confunden lealtad con sumisión y convicción con ceguera».

Lealtad mal entendida: cuando la obediencia ciega devora la ética política

Es imprescindible desmontar, con rigor y sin ambages, la falacia profundamente arraigada según la cual la defensa acrítica de mentiras, bulos, falacias o incluso conductas corruptas de «los propios» constituye una prueba de lealtad política o de coherencia ideológica. Ocurre exactamente lo contrario: la verdadera fidelidad democrática y partidaria reside en la crítica interna, en la exigencia ética y en la voluntad de mejora, no en el encubrimiento ni en la obediencia ciega. Los partidos —como instrumentos constitucionales de participación política— solo cumplen su función cuando incorporan personas valientes, competentes y con sentido de Estado, dispuestas a anteponer el interés general, la legalidad y la dignidad institucional a cualquier cálculo personal, faccional o electoral. Sin embargo, la realidad muestra un bucle perverso: quienes reúnen capacidad técnica, solvencia moral y pensamiento crítico suelen ser marginados, bloqueados o expulsados por estructuras partidarias cerradas, endogámicas y autorreferenciales, donde la masa dominante —a menudo mediocre y clientelar— percibe la excelencia como una amenaza. Así, la ausencia de voces críticas desde dentro no es una casualidad, sino el resultado de una selección negativa que expulsa a los mejores y perpetúa una dinámica casi mafiosa, en la que la disciplina mal entendida sustituye a la ética pública y la supervivencia del aparato se impone al bien común.

Propuestas de regeneración: realismo frente a ingenuidad

No existen soluciones mágicas, pero sí estrategias realistas de mitigación y regeneración: Educación cívica y pensamiento crítico transversal, desde edades tempranas y a lo largo de toda la vida, basada en lógica argumentativa, detección de falacias y alfabetización mediática. Responsabilidad jurídica y ética de los partidos y medios en la difusión de bulos, con sanciones efectivas y mecanismos de rectificación visibles. Revalorización del experto independiente, blindando espacios técnicos frente a la colonización partidista. Fomento institucional de la deliberación, no solo de la confrontación: foros ciudadanos, jurados cívicos, evaluaciones públicas de políticas basadas en datos. Valentía cívica individual, entendida no como confrontación constante, sino como coherencia serena: no todo debate merece respuesta, pero toda mentira normalizada exige un límite.

Conclusión: una recriminación necesaria

A quienes, desde la comodidad del fanatismo, alimentan esta dinámica conviene decirlo con claridad: están haciendo el juego a la peor política posible. No a una ideología concreta, sino a la degradación del espacio público. Defender bulos «por los tuyos» no es lealtad; es irresponsabilidad democrática.

La regeneración no vendrá de salvadores carismáticos, sino de una ciudadanía menos ruidosa y más reflexiva. Más exigente consigo misma que con el adversario. Porque, al final, la democracia no muere solo cuando la atacan: muere cuando se la jalea sin pensar.