Ahora mismo, en Venezuela, todo gira en torno a una pregunta: ¿Ha aceptado Delcy Rodríguez colaborar con Estados Unidos, como aseguran Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio? De momento, no lo sabemos. Que lo digan Trump y Rubio no significa gran cosa. Puede ser una táctica de presión o que Delcy Rodríguez les haya hecho promesas ambiguas para ganar tiempo. Y que Delcy haya protestado con estridencia contra la operación norteamericana tampoco quiere decir nada. La retórica es más a menudo un disfraz que un compromiso. Los pocos datos que tenemos por ahora podrían avalar una cosa y la contraria. Lo único seguro es que el modelo preferido por Trump en la transición venezolana es el de un pacto con un sector del chavismo y no un cambio de régimen inmediato. Decepcionante, pero no insólito. Esa ha sido la receta habitual en las intervenciones internacionales de Estados Unidos y de casi todos los países, con el argumento (no del todo falso) de que previene el caos y la guerra civil. Priorizar elecciones libres era un empeño personal del muy denostado George W. Bush, que tenía una idea redentorista de la intervención armada, pero aquello fue una moda pasajera, y no muy exitosa.
Trump, en esto, no es Bush. Raramente se ha referido a la recuperación de la democracia en Venezuela. En público, su objeción contra Maduro ha sido siempre su relación con el narcotráfico, verdadera, pero poco relevante en términos políticos. Su objetivo inicial era un arreglo en el que Maduro aceptase recibir de vuelta a los venezolanos detenidos en Estados Unidos, controlase el comercio de la droga y rompiese sus lazos con Rusia, China e Irán. Era evidente que esas exigencias no eran realistas, pero el mero hecho de que Trump creyese posible ese realineamiento radical de un régimen tan ideológico como el chavista incide en un rasgo esencial del presidente norteamericano: su creencia, casi más ingenua que cínica, de que la política no importa y todo se reduce a un regateo de bazar. Maduro no ha caído por ser un tirano, sino por ser un tirano tozudo.
Está por ver si Trump logra de Delcy lo que no consiguió de su antecesor. Es cierto que se la considera pragmática, pero esto es engañoso. Junto con su hermano Jorge, Delcy Rodríguez representa, precisamente, el núcleo más ideológico del régimen. Si se la ve como una tecnócrata es por contraste con la demagogia rayana en lo bufonesco de un Nicolás Maduro o la agresividad de un Diosdado Cabello. Aun así, no es imposible que los hermanos Rodríguez vean su salvación personal en una transición lenta que les permita integrarse en una futura democracia venezolana, pero la maniobra sería extremadamente delicada. Y no solo porque la oposición venezolana, que Trump subestima, no se quedará de brazos cruzados si él insiste en ofrecer una salida cómoda a la cúpula chavista.
El chavismo es más un sistema totalitario que una dictadura. Maduro era su representante, no su dueño absoluto. Ese poder reside en parte en la facción ideológica que representan los Rodríguez, pero también en las organizaciones de base (incluidas las que cuentan con armas) y en una estructura burocrática donde figuran la policía y la inteligencia (controladas por Cabello). Sobre todo, el poder reside en el ejército (que controla Vladimir Padrino), y que será el que tenga la última palabra. Es una ley histórica que todos los regímenes revolucionarios acaban convirtiendo al ejército en su pilar fundamental. Más aún en el caso del chavismo venezolano, que, aunque a menudo se olvide, nació en los cuarteles. Pero también es casi una ley histórica que estos ejércitos suelen inhibirse si el régimen al que sostienen pierde su autoridad y su cohesión. Es lo que sucedió en la URSS, en la Rumanía de Ceausescu y en tantos otros casos.
No tardaremos en saber si el aparente plan de Trump de una transición teledirigida es posible o si la complejidad acaba imponiendo su propio plan, que es lo que suele ocurrir.
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