40 años de Asturias integrándose en la Europa de nuestros días
OPINIÓN
Mientras tragábamos —como podíamos— la última uva de la Nochevieja, se cumplían cuarenta inviernos de la entrada de los países ibéricos en las Comunidades Europeas. Cuarenta inviernos que tuvieron cuarenta primaveras, y que sirvieron para ubicarnos definitivamente, pese a ciertas zozobras, en un escenario normalizado de bienestar y democracia.
El devenir de los acontecimientos es caprichoso, pero tiene mucho de voluntad y de constancia, incorpora esfuerzo e imaginación, conocimiento, talante y tantos ingredientes que sería imposible detallarlos. Podemos, sin embargo, apuntar algunas cuestiones: cuando el Movimiento Europeo reclamó libertades para España, en 1962, el franquismo se rasgó las vestiduras, denostando el que llamó peyorativamente «Contubernio de Munich». Pero esa fusión de la mayoría de las voluntades no resultó estéril; hubo quienes trabajaron desde fuera, Madariaga y Gil Robles, entre otros, y desde dentro, Castiella sin mucho acompañante, para despejar el camino que habría de permitirnos saltar los Pirineos.
Tras la apertura de la paupérrima economía española al exterior (en 1960 había más del doble de carros de tiro animal que de vehículos motorizados de todo tipo), el desarrollismo de los años sesenta encontró en el Acuerdo Comercial Preferencial de 1970 un respaldo impagable. Podíamos exportar fácilmente a Francia, por ejemplo, sin que tal ventaja supusiese un coste para nosotros, los «europeos» habían entendido que un régimen moribundo podía ser explosivo, y había que aplicar el mayor esfuerzo para que la Península Ibérica no quedase desgajada del continente al que pertenece.
La muerte del dictador, la búsqueda de una salida de emergencia y los cambios producidos -con el logro de las condiciones democráticas mínimas de las que se hablaba en el año 1962- nos pusieron en situación de ser candidatos a la adhesión a las Comunidades Europeas (CECA, CEE, EURATOM), y se iniciaron las negociaciones.
El paso decisivo
Puede resultar extraño … o no, sigue habiendo muchos que hablan de la «Europa de los mercaderes», a quienes más de una vez he preguntado -infructuosamente- por quién se cambiarían en el mundo real. Pero hubo sus dudas, muchas críticas y poco entendimiento allá por 1985 y 1986. Tuve la enorme oportunidad de atender a lo que decían diversos representantes y asesores españoles que jugaron un papel destacado durante el acercamiento. Así, pude saber cómo uno pensaba que hubiera sido mejor aceptar la propuesta inicial de Bruselas, sin mover una coma, porque no se habían logrado pasos importantes y, por el contrario, habíamos descubierto a los socios todas nuestras debilidades. Otro recurría a las comparaciones para subrayar la importancia de nuestra adhesión: «a nadie le interesa tener un familiar en la UVI, por lo que pertenecer a la familia europea es ya una garantía de por sí». No faltaba la nota graciosa, quien proclamaba que la integración podría suponer que, en unos años, resultaría dificilísimo cenar tarde o tomarse una copa en España, como ya sucedía en los taciturnos estados del Norte. Algo de eso ha pasado, pero también más gentes septentrionales vinieron como jubilados o turistas a participar de un modo de vida con horarios holgados.
Se produjo un debate falso, que podría resumirse en que había quienes planteaban que hubiera sido bueno seguir como hasta finales de1985, sin incorporarse a «la Comunidad Económica Europea» (más CECA y EURATOM). Pero esto era una quimera, nos habíamos estado beneficiando de un acuerdo excepcional, el ya citado de 1970, que había sido prorrogado por la condición que el estado español tenía de ser candidato a la adhesión a las CC. EE. La no entrada en las mismas debería haber dado lugar a una redefinición total del marco de relaciones, perdiendo las condiciones magníficas que se nos habían otorgado, en un contexto bien distinto del existente diez años después de la muerte de Franco.
Finalmente, entramos en las Comunidades Europeas, vivimos todos los avances y los avatares, desde crisis monetarias a la constitución de la Unión Europea; desde una integración exprés de la RDA, tras la caída del muro de Berlín, a la entrada de gran parte del bloque del COMECON en los inicios del siglo actual, poco después de la puesta en circulación del Euro. Entre tanto, experimentamos la soledad europea en temas que son más que medioambientales, desde Rio 92 al Tratado de París y más allá. Y tuvimos tiempos truculentos, con la crisis iniciada en 2007-2008, migraciones y muerte en el Mediterráneo (Lampedusa, frontera oriental) y en el Atlántico (Canarias y el Estrecho), así como una pandemia que cambió muchas cosas, incluida la financiación europea. Sin embargo, una de las preocupaciones principales ha sido la de los europeos que no están conformes con lo que ha venido siendo el compromiso posibilista: se desengancharon los británicos y reaccionan, en el peor sentido de la palabra, algunos líderes populistas. Mientras tanto, hemos estado dubitativos no pocas veces.
No obstante las muchas cosas mejorables, ladran, luego cabalgamos. España ya no es la de los carros de tiro animal de 1960, ni la de la peseta de 1985. Asturias tampoco, ha experimentado cambios no ajenos a la influencia del proceso de integración europea, con la PAC, la orientación industrial, el tratamiento de las ayudas de estado, las diversas vías de financiación, los avances medioambientales y tantas cosas en las que influye la Unión cotidianamente, como han visto con el Brexit, sorprendidos, los británicos.
Asturias vuelve sus ojos al norte
Sabemos del comercio desarrollado con los países del mar al que nos abrimos, y de cómo algunas familias asturianas pudientes educaron a sus hijos en Inglaterra, siglos ha. Avilés fue capital en el comercio de la sal, pero no sólo eso, también consta cómo se exportaron -en los viejos barcos de vela- naranjas de la Ría de Miranda con las que preparaban mermeladas en Inglaterra, o como se vendían manzanas, avellanas, nueces y otros productos en el contorno de nuestra mar.
Tal pasado remoto quedó atrás con la industrialización, y cualquier potencial vinculación fuera de España, en nuestro caso al Norte, quedó anulada durante la autarquía. No se trata de aportar ahora estadísticas, que están al alcance de la mano, quiero significar que hubo una forma de trabajar muy positiva en Asturias cuando se produjo el cambio de escenario. Para empezar, se hizo un estudio importante respecto a lo que podría suponer la entrada en las CC. Europeas y cómo afrontarla. Sin embargo, resultó más importante la decisión política y la organización de los recursos. El magnífico gobierno del Presidente Pedro de Silva, en el que tan importante papel desempeñó el Vicepresidente Bernardo Fernández, auspició la creación de un nodo crucial, en el que confluyeron el Centro de Documentación Europea (que anteriormente había estado en la Facultad de Derecho) y una oficina de asesoramiento sobre las Comunidades Europeas. Al impulso extraordinario de Miguel Fuertes, en un paso fugaz pero muy fructífero por el gabinete del presidente asturiano, se sumó el saber y el entusiasmo de Pedro Cervilla, Juan Fernández … en un entorno donde confluían, con Graciela colaborando como eficiente documentalista, empresarios deseosos de aprovechar el nuevo escenario, profesores que se asomaban a Europa, funcionarios que veían cómo se abrían posibilidades e interrogantes y algún despistado. Tan enriquecedor fue aquel episodio que hasta dieron allí sus primeros pasos, tras licenciarse, el economista José Manuel Campa y el jurista Gonzalo Barettino, con brillantísimas carreras posteriores, lo mismo que formaron parte de algunas de las iniciativas Paz de Andrés, Encarna Rodríguez Cañas y Carmen Benavides, entre otros. Tampoco fue ajeno al proceso un perfecto conocedor del Comercio Exterior, Álvaro Fernández Suárez, imbuido por la sombra de Brugmans en el Seminario así llamado de la antigua E.U.E.E. Jovellanos, que ahora se ubica en la Facultad del mismo nombre, en el Campus Tecnológico- Empresarial de La Laboral.
El entusiasmo, el trabajo, el conocimiento acumulado y sinergias reales, no de las que adornan los documentos, propiciaron una magnífica entrada de Asturias en un mundo complejo. Otra cosa serían ciertos desatinos posteriores, al socaire de cambios gubernamentales, que acabaron por descomponer una unidad de élite, como se diría en el argot militar, posiblemente por entender que había completado su misión.
Cabrían muchos análisis, lo que no es la pretensión de este artículo, y diversos ámbitos, pero quiero mencionar siquiera un ejemplo del más próximo a mí, el de la universidad. Las enseñanzas ahora integradas en la Facultad de Economía y Empresa fueron pioneras en la interacción educativa con centros de otros países. Si bien había intercambios regulares de sumo interés, el Programa Erasmus, cuyo «papá» fue Domenico Leonarduzzi, propició enormes posibilidades para miles de asturianos, y atrajo igualmente infinidad de estudiantes de diversos países. Ana Isabel González y Mónica Barettino dedicaron un artículo al respecto en La Nueva España, el pasado mes de octubre, con motivo del fallecimiento de Sofía Corradi («mamá Erasmus»), quien ideó un sistema de intercambios aplicado con un éxito indiscutido, también en Asturias.
Ciertamente, la semilla del europeísmo y de los estudios europeos fue sembrada mucho tiempo atrás en la Universidad de Oviedo. Si me remito a las personas que conocí directamente, es inevitable citar al Rector Teodoro López Cuesta, quien en el inicio de su carrera académica defendió una tesis sobre El Mercado Común Europeo, apenas un par de meses antes de que se firmasen los tratados de Roma. Su discípulo Mariano Abad ejerció como decano de los Catedráticos Jean Monnet cuando en 2017 nos reunimos en la ciudad eterna para conmemorar el 60 aniversario de los tratados. En torno a la Cátedra Monnet asturiana se ha promovido, entre otras muchas cosas, la formación europea de profesores de secundaria y está a punto de ver la luz el libro España en la Unión Europea: Avances y desafíos a 40 años del Tratado de Adhesión, coordinado por Mª Eugenia Hernández Peribáñez, de la Universidad de Salamanca.
Pero todos sabemos que podemos ir mucho más allá, los carteles que nos informan de financiación de la UE pueblan la geografía de Asturias, directivas y reglamentos inciden continuamente sobre cuestiones que nos afectan, el mercado europeo es el principal para nuestras empresas y seguimos profundizando en la cooperación.
Mirando al futuro desde el Cabo Peñas
La tradición de ramas desarrolladas ya en el SXIX, la formación en ingeniería y procesos, y la base industrial constituida nos hacen pensar en la necesidad de consolidar actividades pujantes como la construcción naval y la industria químico-farmacéutica, la militar o la producción de aerogeneradores, entre otras. Subsisten, sin embargo, la necesidad de mantener actividades siderúrgicas de cabecera, donde el arrabio es fundamental, y genera dudas. Dichas producciones están afectadas por los aranceles estadounidenses, pero también por medidas propias de la UE, que ve cómo los decisores mantienen un fuerte pulso y pretenden desplazar producciones. La energía juega un papel capital en todo lo que concierne a la industria, y conviene resolver estrangulamientos que pudieran constreñir demasiadas actividades, por lo que tanto la producción como el almacenamiento (sostenibles) han de tener prioridad.
La pequeñez de la mayoría de las empresas dificulta que grandes capacidades existentes en Asturias puedan ser aprovechadas, sobremanera en el ámbito de la innovación. El apoyo institucional al sector privado es imprescindible, sin él no se vislumbra una incorporación plena a los mercados exteriores, apoyándose en condiciones muy positivas que habrían de permitir integrar competitivamente procesos diversos en un entorno muy reducido. Y esto es algo en lo que la Unión Europea puede seguir prestando un apoyo que debe ser acompasado con actuaciones de modernización y facilitación.
Confluyen inevitablemente aspectos que suponen desafíos en casi toda Europa, y en tal sentido cabe hablar de las profundas transformaciones del territorio. Es preciso equilibrar ese reclamo ya clásico de nuestro paraíso natural con una verdadera política medioambiental, de ordenación del territorio y de consideración de actividades tradicionales. También la Unión Europea contribuye decisivamente al Desarrollo Rural y a la conservación de la Biodiversidad. La concreción, pisando el terreno, nos corresponde a quienes vivimos en Asturias y podemos aprovechar las condiciones existentes para plasmar soluciones socialmente responsables. Hemos de recordar que la sostenibilidad tiene tres ámbitos: económico, medioambiental y social, algo que suele apuntarse siempre, pero que se quiebra, en uno u otro sentido, cuando se aplican medidas pretendidamente sostenibles por quienes adoptan visiones parciales, que no son pocos. No debemos dejar a nadie atrás.
El cuidado de las personas, el aprovechamiento de sus capacidades, y la promoción de redes, encuentran en la Unión Europea el mejor de los hábitats para su desarrollo. Miles de estudiantes Erasmus han pasado por Asturias, y otros tantos de nuestros jóvenes han aprovechado estancias en centros de toda Europa. Es preciso saber que las ligazones establecidas constituyen un activo muy valioso. Generar sinergias en torno a unos flujos tan caudalosos no puede quedar reducido a colaboraciones extraordinarias, como la de Sid Lowe en el rescate del Real Oviedo, o intercambios laboriosamente mantenidos por muchos profesores, es preciso darle una enorme profundidad con gran apoyo institucional.
Respecto a cuanto antecede, tengo grandes esperanzas en la MACROREGIÓN ATLÁNTICA, que ha recibido un reciente impulso, y en la que el Gobierno de Asturias está llamado a ser un socio de mucho peso. Esperemos que fragüen esa y otras iniciativas, continuando un progreso constante, a pesar de las dificultades que siempre nos exigen mayor esfuerzo.
Un apunte final en torno al futuro de la unión
Son tiempos interesantes, con lo que tal hecho supone. La Unión Europea ha crecido desde el germen de la CECA y los tratados de Roma, y de «los seis» de entonces hemos pasado a los 27 de hoy en día. La EFTA ha quedado jibarizada por el camino, con Islandia, Liechtenstein y Noruega, más una Suiza que da lecciones de neutralidad evitando el Espacio Económico Europeo, pero beneficiándose artificiosamente de él. El Consejo de Ayuda Económica comunista voló por los aires, y pude ver sus estertores en las reuniones que mantuvo con la Comisión Europea en Gante, allá a finales de los años ochenta. 27 aliados frente a cuatro como sumo es algo que dice mucho. Entre tanto, nos han explotado una crisis (que vino de Estados Unidos), una pandemia, grandes migraciones y la invasión de Ucrania. El renacimiento de los fascismos y las dificultades para decidir en un marco geoestratégico difícil no parece que tengan la mejor de las respuestas por parte de las instituciones europeas. Se dice, como siempre, que nos crecemos en las dificultades. En medio de tanta convulsión, la invasión de Venezuela añadirá un punto más de complejidad. Pero miramos atrás y vemos que los agoreros, Krugman incluido, por muy Premio Nobel que sea, han errado hasta ahora, hemos repuesto muchos calendarios, y es preciso que todos colaboremos, también desde Asturias, para mejorar algo que ha sumado, en positivo, durante muchas décadas, por más que con mucho a mejorar.
Algunos optan por invalidar lo que no llega a cumplir con todos nuestros anhelos, otros nos decantamos por el posibilismo, y por la acción de mejora continua. El Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa integró nuevos miembros el pasado 9 de diciembre, es de esperar que su labor, y la de otras muchas organizaciones y personas, sirvan para que Europa ocupe su lugar en el concierto internacional, como adalid de los derechos humanos, del bienestar y de la cultura. Y que Asturias profundice en su vocación europea, que viene de antiguo.
Me viene inevitablemente a la cabeza lo que gritábamos el 25 de marzo de 2017 mientras salíamos en manifestación de la Piazza Della Bocca Della Verità, mezclados entre los jóvenes federalistas: ¡Federacione … europea, su ? bi ? to!
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