La diplomacia de la extracción: cuando la tabla periódica dicta la guerra

OPINIÓN

Donald Trump durante la rueda de prensa en la que se ve al fondo a Marco Rubio
Donald Trump durante la rueda de prensa en la que se ve al fondo a Marco Rubio Jonathan Ernst | REUTERS

08 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La transición energética no nos ha librado de la dependencia geopolítica; simplemente ha cambiado a los dueños del grifo. Desde la caída de Maduro hasta los acuerdos mineros en Kiev, el mapa de los conflictos del siglo XXI se redibuja sobre las vetas de minerales críticos.

Durante décadas, en los pasillos de las empresas energéticas y en los foros académicos, nos hemos repetido un mantra reconfortante: la transición hacia las energías renovables traería consigo una democratización del poder global. Al fin y al cabo, el viento y el sol no pertenecen a nadie. Sin embargo, como ingeniero que ha vivido la evolución desde el carbón hasta la complejidad de los mercados eléctricos actuales, debo ser franco y romper con ese idealismo: la energía fluye, pero la infraestructura que la captura está hecha de materia. Y esa materia es finita, está localizada y, hoy más que nunca, es la causa última de la coerción internacional.

Si analizamos con frialdad los movimientos tectónicos de la política internacional reciente, la conclusión es inevitable: las futuras guerras y los grandes cismas diplomáticos no se librarán por ideologías, sino por la seguridad de suministro de la tabla periódica.

El reciente desenlace en Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro por parte de agencias estadounidenses, no debe leerse únicamente bajo la óptica de la restauración democrática o la justicia internacional. Sería ingenuo ignorar la variable energética en la ecuación. Estados Unidos, pese a su formidable producción de shale oil, se enfrenta a una realidad técnica en sus refinerías del Golfo de México, diseñadas históricamente para procesar crudo pesado.

Durante años, la desconexión del crudo venezolano obligó a Washington a buscar sustitutos costosos e ineficientes. La «operación quirúrgica» en Caracas elimina el obstáculo político para reabrir el grifo de las mayores reservas probadas del planeta. La estabilidad de precios en los surtidores norteamericanos y la seguridad energética del hemisferio occidental pesaron tanto en la «Situation Room» como los expedientes de derechos humanos. Es el retorno de la Realpolitik en su estado más puro: garantizar el flujo de hidrocarburos sigue siendo una línea roja de seguridad nacional.

Si miramos hacia Europa del Este, la lógica transaccional se vuelve aún más evidente. La resistencia de Ucrania ha dependido del apoyo occidental, pero en esta nueva fase del conflicto, la ayuda ya no es a fondo perdido. Los informes de inteligencia económica —como los que analiza Funcas— señalan un giro copernicano en la estrategia de Estados Unidos y, más tímidamente, de la Unión Europea.

El posible acuerdo de seguridad a largo plazo con Kiev lleva una cláusula implícita escrita en titanio y litio. Ucrania posee algunas de las reservas de minerales críticos y tierras raras más importantes de Europa, activos que hasta ahora habían quedado en segundo plano frente a la narrativa de la soberanía territorial. En un escenario donde Occidente busca desesperadamente desacoplarse de la cadena de suministro china, el subsuelo ucraniano se convierte en un activo estratégico vital. El intercambio es brutal pero lógico: seguridad militar a cambio de independencia mineral para las industrias tecnológicas de Occidente. Ucrania se está convirtiendo, de facto, en la mina estratégica de la OTAN.

La paradoja que enfrentamos es que la «economía verde» es mucho más intensiva en minerales que la economía fósil. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (IEA) y de IRENA, un coche eléctrico requiere seis veces más insumos minerales que uno convencional; un parque eólico marino, nueve veces más que una central de gas.

Aquí reside el verdadero talón de Aquiles de Occidente. Mientras nosotros legislábamos y debatíamos, China construía. Hoy, Pekín controla más del 90% del refinado de tierras raras y domina la cadena de valor de las baterías desde la mina en el Congo hasta la fábrica en Shenzhen.

La agresividad diplomática que veremos en los próximos años —desde aranceles punitivos hasta operaciones de cambio de régimen— responderá a la desesperación de las potencias occidentales por romper este monopolio. Ya no se trata solo de evitar que suba la temperatura del planeta; se trata de evitar que la llave de nuestra industria automotriz, aeroespacial y de defensa la tenga un rival sistémico.

Los documentos estratégicos más recientes ya no disimulan. La Inflation Reduction Act estadounidense o la Ley de Materias Primas Críticas europea son, en esencia, declaraciones de independencia industrial. Pero la legislación no extrae mineral.

Estamos entrando en una era de neomercantilismo extractivo. En mi opinión, los conflictos del futuro inmediato se regirán por la instrumentalización del comercio y la soberanía limitada. Como analista, mi obligación es advertir sobre el optimismo infundado. La transición energética es necesaria, pero no es inocua.

Hemos cambiado la geopolítica del Estrecho de Ormuz por la del Triángulo del Litio y el cinturón de níquel de Indonesia. Las herramientas cambian, los minerales cambian, pero la lógica del poder permanece inalterable: quien controla la energía, controla el mundo.

Y en este nuevo tablero, la neutralidad es un lujo que pocos se podrán permitir.