Escribía el lunes Pedro de Silva, siempre sagaz, que la ONU debería declarar el 3 de enero día del fin del derecho internacional. Suscribo la propuesta, pero solo supondría el certificado de defunción de un ectoplasma. Debido al inicio de la guerra fría, la Carta de las Naciones Unidas se convirtió en papel mojado al poco tiempo de su aprobación. Los grandes estados solo han respetado los convenios internacionales si no les molestaban, aunque los invocasen para censurar la actuación de sus rivales, pero incluso muchos medianos o pequeños los incumplen.
El nuestro es un mundo muy desigual. Tres superpotencias militares tienen la enorme capacidad disuasoria que les concede el poder destruirlo; una de ellas, Estados Unidos, posee, además, una superioridad imponente en cualquier conflicto convencional, unida a un inmenso poderío económico y tecnológico. Existe otro grupo de países con notable riqueza, aunque su fuerza militar sea menor. La mayoría de los estados que integran la ONU no son ni ricos ni fuertes, incluso si poseen recursos naturales que ambicionan los potentes. El derecho internacional solo podría respetarse si los poderosos fuesen bondadosos, pero no es el caso.
El gran problema del derecho internacional es quién puede imponer su cumplimiento. Cabe recordar que las tres superpotencias militares y Francia y el Reino Unido tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, lo que les concede carta blanca en ese organismo para paralizar cualquier decisión molesta. Estados Unidos se ha desvinculado del Tribunal Internacional de Justicia de la ONU y no reconoce al Tribunal Penal Internacional, cosa que tampoco hacen Rusia y China.
Estados Unidos y URSS/Rusia han hecho de su capa un sayo desde 1946. Dejo fuera las acciones encubiertas y los golpes de estado inducidos, pero valgan como recuerdo para jóvenes y desmemoriados las invasiones norteamericanas de la República Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989), Serbia por la OTAN (1999) e Irak (2003) y los bombardeos sin declaración previa de guerra de buen número de países desde Sudán al Yemen o a Irán.
En cuanto al uso de armas de destrucción masiva contra la población civil, no hay más que recordar las bombas arrojadas sobre Vietnam, país al que EEUU tampoco había declarado la guerra. Por el otro lado, Hungría (1956), Checoslovaquia (1968), Afganistán (1979), Georgia (2008) y Ucrania (2022).
Algunos de los ejemplos anteriores muestran que no todo es blanco o negro. Manuel Antonio Noriega era un dictador y probablemente sea cierto que un delincuente en el más amplio sentido del término. Serbia negaba el derecho al autogobierno de los kosovares y cometía crímenes contra la población civil. Ni osetios ni abjasios, protegidos por Rusia, querían verse sometidos a Georgia. Ahora bien, según el derecho internacional, Panamá era un Estado independiente y soberano, Kosovo pertenecía a Serbia y Osetia y Abjasia a Georgia.
Las fronteras aceptadas internacionalmente son intangibles, principio sensato para evitar guerras de conquista y no estimular guerras civiles, pero dejan de serlo si lo deciden EEUU o Rusia. España, muy precavida con las autodeterminaciones, no reconoce a Kosovo como estado independiente, aunque parece razonable que lo sea, algo en lo que también están de acuerdo las derechas, que bendicen todas las demás intervenciones norteamericanas. ¿Se puede considerar «derecho» algo que queda al albur de la voluntad de los poderosos?
El señor Maduro, como Noriega, era un dictador desde que no reconoció su derrota en las elecciones presidenciales, pero ¿Quién decide qué dictador debe ser secuestrado y encarcelado, o derribado con una invasión o acción encubierta? ¿Por qué no se interviene en Birmania, tiranía mucho más sanguinaria y corrupta que el régimen venezolano? O en Arabia Saudí, gobernada por el descuartizador de periodistas Bin Salmán, o en Azerbaiyán, república hereditaria en la que los opositores no son tratados con mucho cariño.
Si en 1965 Estados Unidos invadió la República Dominicana para luchar contra los constitucionalistas, los que defendían la Constitución, y en apoyo de los militares trujillistas y la oligarquía, decía que lo hacía para proteger a los ciudadanos extranjeros y defender al país de la amenaza comunista. El comunismo fue también el espantajo utilizado para invadir Granada, una isla del tamaño del concejo de Valdés, pero que, en manos comunistas, era un peligro terrible para la seguridad del imperio.
¿El derecho internacional? Lo decisivo era mantener la hegemonía norteamericana en el continente. En Irak la excusa eran las armas de destrucción masiva. Sadam era un tirano cruel, pero ¿el fin justifica los medios? Quizá sí, Sadam no dejaba de ser un pretexto. El único que no se enteró todavía es José María Aznar, el verdadero fin era el petróleo y ya está en buenas manos, como lo estará el de Venezuela.
Lo que ha cambiado con Trump es que ha decidido prescindir del disimulo. Su estúpida verborrea omite los principios, las grandes ideas. No hay nada más penoso, que haga dudar tanto de la inteligencia género humano, como escucharlo en un discurso o en una rueda de prensa. Como mucho, como un niño que comienza a hablar, dice de alguien o algo que es «malo», aunque al día siguiente pueda definirlo como «maravilloso».
Ni la vida humana ni la democracia o la libertad le importan gran cosa, las últimas más bien le molestan, por eso, si le garantiza orden y petróleo, prefiere a la chavista Rodríguez que a la opositora Machado. La desilusión de quienes aquí comenzaban a convertirlo en un gran líder es comprensible.
El imperialismo del siglo XXI se parece más al del siglo XIX que al de la guerra fría. Entonces también se recurría al fingimiento y las potencias imperiales se atribuían una supuesta labor civilizadora, pero el libre comercio, la rapiña, era una justificación suficiente para las tropelías occidentales, recuérdese al Reino Unido convertido en narcoestado, que invadió China porque no permitía traficar libremente con opio.
Maduro era un fantoche que compartía con Trump la ausencia de sentido del ridículo. Podría ser condenado en Venezuela por las ilegalidades cometidas en el proceso electoral y las violaciones de los derechos humanos, quizá también por enriquecimiento ilícito, aunque habrá que esperar a que una hipotética investigación elimine la hojarasca de la pura propaganda hostil, pero es dudoso que pueda ser juzgado en Estados Unidos o, más bien, que ese juicio, si se celebra, tenga algo que ver con la justicia.
La acusación inicial, «narcoterrorismo», es sorprendente, aunque el trumpismo, Putin y los dictadores de nuevo cuño, o algunos jueces españoles, han encontrado en el «terrorismo» un cajón de sastre que sustituye al comunismo y al anarquismo como forma de definir a los molestos que deben puestos fuera de circulación. Lo de que poseía armas suena a chiste, especialmente en Estados Unidos, país en el que, por otra parte, nunca las portó. Veremos si todavía conserva independencia la justicia norteamericana, quizá haya sorpresas con ese proceso. En cualquier caso, sean cuales sean sus delitos, Maduro no fue detenido por una autoridad legitimada para hacerlo, fue secuestrado en una acción militar de un Estado extranjero.
Lo peor es que Trump ha comprobado que puede hacer lo que quiera sin encontrar una oposición seria. Solo Rusia, China y sus amigos petroleros, a los que no desea incomodar, le imponen como límite que no toque sus intereses. Trata a Venezuela como una provincia imperial, para la que ha nombrado «legatus» a una indígena, tras el fracaso inicial de su predecesor Bush en Irak al aplicar la administración directa, y a los aliados como subordinados a los que permite cierta autonomía si no se pasan.
El desprecio hacia Europa es cada vez más irritante, aunque cabría decir que se lo merece. Veremos lo que sucede con Groenlandia. Trump preferiría comprarla de forma pacífica, como sucedió con la Florida y con Alaska, pero Estados Unidos «compró» el norte de México, Puerto Rico, Guam y Filipinas tras una intervención militar. ¿Supondría el fin de la OTAN una ocupación hostil de la gran isla ártica o volvería a arrodillarse Europa?
Hoy sabemos que el emperador de occidente, el bermejo albardán, está más desnudo que nunca. Adorador del becerro de oro, ha pasado de vender el país de la libertad a hacer publicidad de la patria del materialismo más grosero y corrupto. Si sus secuaces europeos siguen creciendo, acabaremos echando de menos a la democracia cristiana, por poco santa que fuese. Aunque lo que de verdad se echa en falta es una izquierda capaz de combatirlo, es paradójico que cuanto más estúpido es el adversario más difícil le resulta hacerle frente.
Comentarios