Infancia, símbolos y neutralidad ideológica: La educación como espacio libre de confrontación

José López Antuña
José López Antuña JUSTICIA Y REALIDAD

OPINIÓN

Vista de la bandera de España en la plaza de la Escandalera de Oviedo
Vista de la bandera de España en la plaza de la Escandalera de Oviedo Paco Paredes | EFE

10 ene 2026 . Actualizado a las 07:45 h.

Cuando los símbolos dejan de unir y empiezan a dividir

La presencia creciente de símbolos nacionales en forma de pulseras, camisetas o distintivos portados por menores ha abierto un debate social que no puede despacharse con simplificaciones ni prejuicios. No se trata de cuestionar la legitimidad constitucional de la bandera de España, sino de reflexionar, desde una perspectiva jurídica, educativa y ética, sobre la conveniencia de introducir símbolos con carga ideológica en una etapa vital que debe estar protegida de la confrontación política. La infancia no es un campo de batalla simbólico. Es, o debería ser, un espacio de formación, neutralidad y libertad futura.

La bandera de España: símbolo constitucional, no ideológico

Conviene comenzar por una afirmación clara: la bandera de España no es, jurídicamente, un símbolo fascista ni reaccionario. Es un símbolo constitucional reconocido en el artículo 4 de la Constitución Española, representativo del conjunto del Estado democrático y social de Derecho.Desde el punto de vista normativo, su uso es plenamente legítimo y no puede ser prohibido de manera general. Confundir símbolo constitucional con ideología sería un error jurídico grave. Sin embargo, el Derecho no opera en el vacío. Los símbolos también tienen una dimensión social y cultural, y es aquí donde surge el problema.

La apropiación simbólica y su impacto social

En las últimas décadas, determinados sectores de la extrema derecha y del nacionalismo excluyente han realizado una apropiación política de la bandera, utilizándola como elemento identitario frente a otros ciudadanos, territorios o ideologías. Esta instrumentalización ha generado una percepción social —especialmente entre jóvenes y en entornos educativos— que asocia el símbolo a posiciones reaccionarias.Esta percepción no deslegitima jurídicamente la bandera, pero sí contamina su función integradora y la convierte, en determinados contextos, en un factor de tensión y enfrentamiento. Cuando un símbolo deja de ser compartido y pasa a ser interpretado como un marcador ideológico, deja de cumplir su función constitucional.

Menores de edad y ausencia de madurez ideológica

Los menores no disponen, por regla general, de la madurez intelectual ni emocional necesaria para comprender: El significado constitucional de los símbolos. La diferencia entre patriotismo cívico y nacionalismo excluyente. El contexto histórico y político que rodea su uso. En la inmensa mayoría de los casos, el menor no elige libremente portar un símbolo, sino que lo hace por: Influencia familiar. Presión del entorno. Deseo de pertenencia grupal. Normalización acrítica de discursos adultos. Desde esta realidad, resulta ingenuo sostener que se trata siempre de una expresión libre del menor. En muchos casos, es una proyección ideológica indirecta de los adultos.

El interés superior del menor como principio rector

El artículo 2 de la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor consagra el interés superior del menor como principio prevalente. Este principio obliga a los poderes públicos, a los centros educativos y a las familias a proteger a la infancia de cualquier forma de instrumentalización ideológica. Introducir símbolos con potencial confrontador en edades tempranas: No fortalece la educación cívica. No fomenta el pensamiento crítico. Sí puede generar estigmatización, conflicto o polarización. El menor debe ser protegido no solo frente al daño físico, sino también frente al adoctrinamiento simbólico prematuro.

Educación y neutralidad ideológica

El artículo 27.2 de la Constitución establece que la educación debe orientarse al respeto de los principios democráticos y de los derechos fundamentales. De ello se deriva el principio de neutralidad ideológica del sistema educativo público. La neutralidad no implica vacío de valores, sino ausencia de imposición identitaria o política. La escuela debe enseñar: Constitución. Derechos humanos. Valores democráticos. Convivencia plural. Pero no debe marcar ideológicamente al alumnado, ni directa ni indirectamente. Permitir —o promover— que los menores exhiban símbolos con fuerte carga política supone trasladar al aula conflictos propios del mundo adulto. «La educación no es llenar un recipiente, sino encender un fuego.» — William Butler Yeats

¿Es preferible que los menores no porten estos símbolos?

Desde un punto de vista jurídico estricto, no cabe una prohibición general. Pero desde una perspectiva pedagógica, ética y de protección del menor, la respuesta es clara: Sí, es preferible que los menores no porten símbolos susceptibles de generar confrontación, identificación ideológica o división, incluidos los símbolos nacionales cuando su uso está socialmente politizado. No por rechazo al símbolo, sino por respeto a la infancia. La pureza ideológica en la educación no consiste en imponer una visión, sino en preservar un espacio limpio donde el menor pueda formarse sin consignas ni etiquetas.

La responsabilidad de los adultos

El verdadero problema no está en las pulseras, sino en quienes las colocan. Cuando los adultos utilizan a los niños como escaparate simbólico: Se adelanta artificialmente el conflicto político. Se sustituye la educación por la emocionalización. Se vulnera el derecho del menor a construir su pensamiento en libertad. Una democracia sólida no necesita niños uniformados simbólicamente; necesita ciudadanos críticos en el futuro.

Conclusión

La defensa de la Constitución, de la democracia y del Estado social no pasa por convertir la infancia en territorio ideológico. La educación debe ser un espacio neutral, seguro y libre de confrontación simbólica. Los símbolos llegarán. La política llegará. Las ideas llegarán. Pero que lleguen cuando exista madurez para comprenderlas y debatirlas, no cuando solo pueden ser asumidas acríticamente. «Un sistema educativo que necesita símbolos para convencer a los niños es un sistema que ha renunciado a educar ciudadanos libres».