Venezuela y el elogio de la fuerza
OPINIÓN
La operación militar llevada a cabo por Estados Unidos en Venezuela supone una violación de uno de los principios básicos del derecho internacional público: la prohibición del uso de la fuerza. No concurre ninguna de sus excepciones clásicas: legítima defensa o autorización expresa por parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Frente a este hecho, se esgrime que las apelaciones a la legalidad internacional son ingenuas, ya que carece de sentido sostener que las normas puedan regir la política internacional.
Este argumento no es nuevo, pero sí ha adquirido en los últimos tiempos un cariz muy peligroso. Antes se limitaba a constatar, casi en tono de lamento, la supuesta inoperancia de la legalidad internacional, mientras que ahora empieza a mutar en un alegato a favor de un orden internacional basado en el ejercicio de la fuerza. Este desplazamiento denota la evolución del marco moral bajo el que se practica la política internacional.
Que el poder material condiciona la posición de un actor internacional es difícilmente discutible. No obstante, dichos actores procuraban que el ejercicio de dicho poder apareciese como legítimo. Precisamente, la efectividad de la norma internacional reposaba en que su cumplimiento era una fuente de legitimación, en la medida en que violarla podía conllevar el reproche expreso del resto de la comunidad internacional.
La condición de posibilidad de que las normas dotasen de legitimidad era el consenso, al menos declarativo, de que la existencia de un orden internacional basado en reglas era un ideal deseable. Que este consenso existiese no evitaba, por supuesto, incumplimientos sistemáticos de la legalidad internacional, pero su mera existencia ya imponía un límite parcial al uso arbitrario de la fuerza, dado el coste en términos de legitimidad que este conllevaba.
Dicho consenso moral está ya en cuestión. Lo que emerge como alternativa no es la simple resignación por la imposibilidad de ordenar con normas la política internacional, sino una nueva propuesta afirmativa: el elogio del uso sin complejos de la fuerza. La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos plasma este giro, planteándose una renuncia expresa a que la construcción de un orden multilateral reglado guíe la política exterior norteamericana.
El ataque militar a Venezuela pone en práctica este enfoque. Aunque también se emplee como argumento la lucha contra el narcoterrorismo, el núcleo de la justificación de la operación ha consistido en un alegato a favor del empleo de la fuerza. Frente a esto, gran parte de los países occidentales han rehusado condenar sin ambigüedades lo sucedido, signo de la pérdida de capacidad legitimadora de la apelación a la legalidad internacional. Lo que emerge no es la mera anarquía ciega, sino algo mucho más peligroso: la desinhibición y la apuesta declarada por la fuerza como medio de resolución de conflictos. Observamos, así, el tránsito de un realismo descriptivo a un realismo normativo.
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