Europa, que fue el centro del mundo —o al menos de la historia universal— hasta que dejó de serlo, está empeñada en una sutil operación destinada a cambiar su supremacía militar y su imperialismo congénito por un liderazgo moral, jurídico, igualitario y ecológico que le permita mantener su papel de faro de la humanidad sin pagar ni usar un cartucho. La primera consecuencia de este desatino es que nuestra esfarelada diplomacia y nuestra defensa de soldaditos de plomo están basadas en una ideología hedonista y fulera que el sabio pueblo convirtió en refrán: «Consejos vendo que para mí no tengo». Por eso no podemos admitir que el zafio y arrogante presidente Trump tenga casi toda la razón cuando diagnostica la extrema debilidad política, el optimismo defensivo y la confusa y fragmentada diplomacia de la UE.
La Europa de la romanización forzosa (gracias a Dios, diría San Agustín), las invasiones bárbaras, la europeización de toda América y la expansión de nuestras religiones, culturas y lenguas por todos los continentes; la Europa de los imperios español, francés e inglés zurrándose a placer en los cinco continentes; la de las invasiones napoleónicas que destruyó, robó y mató sin contención para imponer su ley y despreciar todas las demás; la Europa de las grandes revoluciones, la guillotina, los gulags y los campos de concentración; la que coronó su historia de sangre y fuego con las dos guerras mundiales del siglo XX, y la Europa que dejó llegar al poder al mayor invasor y genocida de todos los tiempos aún no ha aprendido que todos los cambios de orden siempre se hicieron por un acto de voluntad —escrito e impuesto por las armas— y no por las normas internacionales que son, obviamente, las que se quieren derogar.
La Europa que tanto celebró a Julio César, Maquiavelo, Clausewitz y Carl Schmitt, profetas de la violencia creativa, se apea ahora de la burra, cuando las grandes potencias tienen la posibilidad de destruir el mundo y todas sus civilizaciones, para encomendar su futuro a acuerdos posmodernos, ecológicos, feministas, poéticos e igualitarios, sin darse cuenta de que en su seno se siguen alimentando rancios nacionalismos que aún trabajan las herramientas e ideologías que hicieron estallar las grandes guerras.
Que, llegados al punto donde estamos, nuestro tema de conversación sea la pequeña y feliz Dinamarca es una situación propia de quien no se ha mirado al espejo y no sabe que, si Groenlandia necesitase una guerra de tres días, ningún país europeo llegaría a tiempo, ni ningún ejército aportaría la muerte de un soldado. Porque toda la fuerza se nos va por la boca —como viene siendo habitual— para decirle a Trump qué, cómo y cuándo lo debería hacer… ¡para nuestro bien! Lo que sobra en la UE son debates y consejos contextualizados en la utopía de la unanimidad. Y lo que falta es la realpolitik, otro invento europeo, que en los acuartelamientos de mis veinte años, y en el derrumbe de la dictadura, nos explicaban diciendo que «ni el enemigo es tonto, ni nosotros somos los buenos».
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