Trump, en Mar-a-Lago.
Trump, en Mar-a-Lago. Kevin Lamarque | REUTERS

18 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando se inicia el camino del fascismo, circunstancias favorables pueden inclinar ese camino pendiente abajo y es, entonces, cuando los manuales de Psiquiatría se abren por las páginas de uno de los casos clínicos clásicos: la megalomanía, un trastorno de la mente que encierra todos los males y que no hace ascos al fariseísmo. Ejemplos. Si una persona (Díaz Ayuso) defiende a un monstruo (Julio Iglesias, conocido en las Américas como el <<Devorador de Señoras>>) con los argumentos de que es un «artista universal» y que lo que tiene que hacer la «ultraizquierda es condenar la situación de las mujeres en Irán», tendremos que empezar a leer qué dicen esos volúmenes de referencia. Cuando otra persona (Martínez Almeida) esquiva lo monstruoso sacando a colación a José Luis Ábalos e Íñigo Errejón, hay que seguir leyéndolos. Cuando otro (Santiago Abascal) asevera que las denuncias contra el cantante son una cortina de humo para «tapar la corrupción de Pedro Sáchez y su familia», hay que terminar de leer los textos, analizarlos cuidadosamente y sacar conclusiones científicas, en tanto en cuanto hechos empíricos, porque encajan en la dolencia megalómana, bien conocida y estudiada en multitud de tiranos desde que la Historia es Historia. Otro aspecto en absoluto menor es que, en esos ejemplos, los protagonistas no sufren en sus carnes los horrores que se investigan: ni la presidenta, ni las esposas de esos machos, ni hijas, sobrinas o allegadas han sido víctimas de un depredador conocido que sigue la estela de su baboso y repugnante padre, estela que, y esto es un suponer para dar claridad a la cuestión, no podrían seguir ni Julio César ni nuestra Isabel II (¡recórcholis, otro Julio y otra Isabel!).

El fascismo ahorma una personalidad carente de sentimientos hacia los vulnerables: mujeres inermes; negros harapientos; homosexuales sin postín; enfermos postrados en hospitales que enriquecen a señoritos de Ribera, Quirón-Amador; niños que, en España, suelen comer bien una sola vez al día; ancianos-basura arrojados a residencias-basura… Y ello por mediación de partidos <<populares>> que, a la par, ahogan en aguas y fríen en fuegos al vulgo por ser vulgo, y echan a los inquilinos de las viviendas para ser vendidas al mejor postor (lo hizo Ana Botella, lo hizo Díaz Ayuso). El fascismo es una religión que proclama la muerte del bondadoso. Es una locura que no está encasillada en lo que comúnmente se entiende por «estar loco», que, de estarlo, contaría al menos con medicación para contenerla. El fascismo, al igual que todo totalitarismo, es la cúspide de la degradación, que no consigue igualar al más especializado de los sádicos (pensemos en el marqués de Sade o, en la ficción, la película <<La matanza de Texas>>, 1974, de Tobe Hooper, y en la literatura, <<Los novios>>, 1842, de Alessandro Manzoni).

Ahora bien, las circunstancias que se van acumulando a lo largo de la caminata de un fascista pueden llegar a ser mucho más favorables que las de los anteriores, que quedarían encuadrados en la condición de muñequitos con los que juegan quienes se invisten de magnates o se hacen con el mando de una superpotencia, inclinando así el plano directamente hacia el Infierno. Es aquí donde aparece Donald Trump, dueño y señor de los fascismos regionales que, no obstante, desubica a estos con decisiones de más peso económico que político, como les acontece al PP y a Vox con la toma del poder en Venezuela del yanqui a través de una bolivariana fiel de largo recorrido, Delcy Rodríguez. «Es una persona estupenda», dijo de ella Trump, para quien el petróleo era el objetivo, camuflado en un primer momento con la captura de Nicolás Maduro, otro sátrapa, y no la instauración de la democracia (la felación que le hizo Corina Machado al presidente en el Despacho Oval, compartiendo con él el Nobel de la Paz, deja en un besito en la puntita lo que le pidió Bill Clinton a Mónica Lewinsky). Y, por si algún ultra europeo todavía dice no estar convencido por intereses en las antípodas del bien común, ahí tiene a Groenlandia.

Y se dio la felonía. Cayetana Álvarez de Alcázar-Toledo escenificó en el Congreso de los Diputados la frustración del fascismo nacional en forma de un desmentido al propio gurú, pues mientras este, Trump, aclaró que su interés era el petróleo, ella insistió en que el interés del déspota era el derrocamiento del comunismo latinoamericano. Pese a que sus palabras son de un berretín vergonzante, no causan extrañeza, porque es la <<línea editorial>> del cártel político en que se ha transfigurado la oposición española y, además, y esto tampoco alcanza al concepto de estupor, no en balde, en términos platónicos, una mayoría de conciudadanos ha sido encadenada de cara a la pared de su propia memez. La fe de los fieles es inescrutable, y omnipotente.

Con todo, la <<enmienda a la totalidad>> del megalómano de la Casa Blanca es lo que verdaderamente debe preocupar a la democracia liberal, a sus instituciones planetarias y a sus leyes concordantes con la dignidad de las personas. Donald Trump ha conseguido cincelarse como el nazi más conseguido del primer tercio del siglo XXI, que bien pudiera ser el último para una raza de ratas humanoides que nunca debieron de haber progresado más allá de los insignificantes roedores que eran (que éramos) hace 180 millones de años.

Finalmente, el otro caso clínico de libro es el de la depravación sexual ilimitada, que, sin que medie accidente fisiológico alguno, empareja al «artista universal» con el «liberador» de América. Y no es un accidente porque el megalómano no desacostumbra a comportarse como un degenerado mayúsculo. En su desmesura ególatra, Julio Iglesias y Donald Trump, envalentonados por su dominio sobre el bien y el mal gustosamente concedido por cebados corderos, conjugan los comportamientos característicos de ambos casos clínicos. O ¿acaso no es una constante que nos dio a tantos <<grandes hombres>>, desde Ramsés II o Tiberio hasta Mao o Berlusconi?