Basta echar la vista al camino que transita entre 1933 y 1939 para ver cómo la potencia agresora reviste su intimidación y estrategia de saqueo con los ropajes del victimismo y la necesidad. La retórica para estos casos se basa en la materialización de un estado natural de las cosas, la enmienda a una injusticia histórica o el imperativo de defenderse frente a futuras agresiones que le pondrían en riesgo existencial. Bajo discursos de tono parejo se produjo la anexión de Austria, la ocupación consentida de los Sudetes, la desestabilización y partición de Checoslovaquia para pasar a crear un protectorado en Bohemia y Moravia, o la reclamación de la entonces Ciudad Libre de Danzig, pretextando la invasión de Polonia por la Alemania nazi. En el caso de Estados Unidos, desde 2025 la línea argumental rima con aquella pero es todavía más primaria, directa y descarnada: el canal de Panamá debe regresar al control americano porque devolverlo fue un acto de despojo; Canadá tiene que convertirse en el Estado 51º porque en realidad no es un verdadero país (como cantaban en South Park); Venezuela debe quedar bajo el mandato indefinido de Trump restaurando la figura del protectorado y anunciándose en Truth Social como Presidente encargado del país; y Groenlandia ha de integrarse por las buenas o por las malas en Estados Unidos porque poseerla (violarla, se diría) es una necesidad vital.
En el caso de Groenlandia, cualquier escenario que elucubremos es posible, a menos que la Unión Europea sea, en esta ocasión, y aprendiendo de sus errores recientes con el magnate, suficientemente firme en apoyo de la población local y de Dinamarca, que garantiza la libre determinación de aquélla. En la respuesta a Trump, sorprendentemente no se cuestiona la mayor, dándose por sentado que hay un problema de seguridad a resolver, cuando quien compromete la estabilidad e integridad de la isla, y ambiciona explotar sus recursos a despecho de los groenlandeses o de consideraciones ambientales, es precisamente Estados Unidos y no una tercera potencia, que no ha amenazado este territorio. En la conquista del Ártico, el mismo razonamiento servirá ulteriormente para Islandia o para el archipiélago Svalbard de Noruega. Y, ya puestos, cabe preguntarse cuándo romperá Trump el tabú del dominio de la Antártida y la explotación de los recursos subterráneos en las aguas internacionales, lo que quizá termine por plantear nuevamente en términos de necesidad existencial. Todo sobre la lógica insaciable de la seguridad nacional, que no tiene fin, justifica cualquier desvarío y confiere la etiqueta de enemigo a quien se oponga a sus designios. Una asunción trumpiana que, en lugar de rebatir, hemos incorporado acríticamente quedando atrapados en su tela de araña y entregándole, una vez más, otra colina dialéctica.
No es una distopía sino una posibilidad realidad. En tiempo récord suenan cerca los tambores de guerra y esta vez nos afectan directamente, porque responder a una acción armada contra Groenlandia sería obligación jurídica y moral de todos los países de la Unión Europea y del resto de la OTAN, organización que probablemente certificaría su final bajo la batuta del campeón de la adulación trumpiana, su Secretario General Mark Rutte, cuya revocación ya tarda. Un año después de que nadie se levantase a decirle a J.D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Munich que se fuese con sus absurdas invectivas frente a Europa a otra parte (y la respuesta que realmente merecía hubiera sido menos educada), ha sido tan intensa la curva ascendente de la agresividad verbal norteamericana, la amenaza constante, la adopción de medidas que quiebran la confianza y dañan deliberadamente a la UE, que estamos a las puertas de algo muy distinto. Y de algo muy grave, pues incluye el uso de la fuerza por la superpotencia desde las propias bases militares cuyo uso se le ha conferido históricamente para proteger el continente y no para amedrentarlo, lo que nos debe obligar a revisar, ya mismo, todos los acuerdos de defensa.
La fragilidad de la paz se muestra ante nuestros asombrados ojos, pero toca salir de la conmoción y exigir a los dirigentes europeos que, por una vez, tengan amor propio y solidaridad real, si de una vez por todas queremos frenar la locura del rey Trump. Esta vez no es sólo una cuestión de acierto ni de contención, sino de supervivencia, porque, sin otra alternativa viable, hemos cedido de manera acordada, práctica y consciente, atribuciones a las instituciones de la Unión Europea; pero no para que se escondan o para capitular, sino para hacernos valer en el mundo global, que algunos quieren convertir en el salvaje Oeste.
Llega también la hora de la verdad para los tontos útiles del trumpismo, que han defendido desde sus sucursales nacional-populistas la sumisión (nada soberana, hay que decir), pero ahora asisten a un escenario no previsto e incómodo. En el caso de España, hemos visto a los seguidores de Trump transigir con que niegue la herencia hispana del país (contra toda evidencia, desde la fundación de San Agustín hasta la huella de la cultura latina en buena parte de su territorio); que acabe con cualquier contenido en castellano en las webs oficiales y reprima el uso de nuestra lengua común discriminando a la comunidad latina; que sitúe a cualquier hispano bajo sospecha permanente y al eventual escrutinio del ICE; que retire permisos de protección temporal a venezolanos, cubanos o nicaragüenses dejándoles a la intemperie, sin decir ni pío en su defensa. Ahora tendrán que inventar alguna excusa para continuar la genuflexión, cuando están sobre la mesa tanto represalias comerciales contrarias a todo acuerdo y entendimiento previo, como, sencillamente, una agresión militar en el horizonte próximo.
Hay una nueva dicotomía, distinta de la tradicional, en la política europea, y por lo tanto en la española; y esta confronta, por un lado, a los defensores de la legalidad internacional y de la protección de nuestra soberanía a través de su ejercicio en el marco multilateral, cooperativo y en el seno las organizaciones internacionales (empezando por las Naciones Unidas y la Unión Europea), pues los Estados no navegan en el éter sino en un mundo interconectado donde sólo hay futuro posible si lo hay para todos; y, por otro lado, los que están dispuestos a colaborar en la destrucción de cualquier atisbo de cooperación y legalidad, desempeñando la posición lacayuna ante las posiciones imperiales y depredadoras (aunque el amado líder no sepa ni pronunciar el nombre de su criado «Obiscal»). Representan el mismo papel que el de los colaboracionistas de los años 30 y 40, contrariando el interés de su país a la par que se blande un supuesto patriotismo. Pero se les cae la bandera de las manos ante el primer gesto de quien nos amenaza.
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