Solo cabe la firmeza

OPINIÓN

Manifestación del sábado contra Trump en Groenlandia.
Manifestación del sábado contra Trump en Groenlandia. Marko Djurica | REUTERS

21 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El sabor agridulce que dejaron las elecciones presidenciales portuguesas del domingo se volvió profundamente amargo cuando comenzaron a llegar las noticias del trágico accidente ferroviario de Andalucía, amargor acentuado por las últimas decisiones del lenguaraz cretino al que un terrible episodio de locura colectiva ha convertido en presidente de los Estados Unidos de América. Frente a la insistencia en su voluntad de apoderarse de Groenlandia y la intolerable amenaza de imponer nuevos aranceles a los estados europeos que lo obstaculicen, el anuncio de la creación de una «Junta por la paz», supuestamente destinada a resolver el conflicto de Gaza, pero abierta a actuar en otros, que estaría integrada por notables amantes de la paz, los derechos humanos, la libertad y la fraternidad, como Vladimir Putin y Alexander Lukashenko, puede parecer algo menor, una más de sus bromas de mal gusto, pero, entre otras cosas, supone la rehabilitación del tirano ruso ¿Qué sentido tiene imponerle sanciones por la agresión a Ucrania y, a la vez, convertirlo en adalid de la paz mundial?

Algunos medios internacionales le atribuyen a Trump el deseo de que ese club de amigos, seleccionados por él, presidido por él y en el que él tendría derecho de veto, sustituya a la ONU. Los socios, además de ser bien vistos por el jefe, deberían pagar mil millones de dólares de cuota de entrada. Paralelamente, el bermejo albardán le escribió un mensaje al primer ministro de Noruega para explicarle que, como no le concedieron el premio Nobel, ya no se siente obligado a buscar la paz. Inmune al ridículo, se deja llevar por pataletas infantiles.

Las payasadas del senil ocupante de la Casa Blanca ya no pueden ser consideradas inocuas excentricidades. La amenaza a la integridad territorial de un país de la UE es tan real como su desprecio a la voluntad de los groenlandeses. Europa debe mantenerse firme: responder, como planteó el presidente Macron, con el instrumento anticoerción, el «bazuca», a los aranceles políticos de Estados Unidos, negarse a participar en ningún organismo con Putin y, si se produjese una invasión de Groenlandia, boicotear el mundial de fútbol que está previsto celebrar en Norteamérica, igual que se hizo con los Juegos Olímpicos de Moscú tras la invasión soviética de Afganistán. Quizá esta última sanción sería la que más doliese al vanidoso presidente.

Una guerra comercial tendría efectos dañinos, pero los dirigentes europeos deben explicarle a la ciudadanía que la defensa de la independencia, la libertad y la democracia puede volver a exigir sudor y lágrimas. No sangre, porque una guerra con el poderoso país americano es hoy impensable, aunque la señora Belarra, que parece coincidir con Vox en mirar para otro lado frente las tropelías de Trump y de Putin, crea que el envío simbólico de unas decenas de soldados a la isla ártica es un acto bélico. En cualquier caso, la guerra comercial es más probable que una invasión militar, que implicaría la ruptura, o el fin, de la OTAN. Es difícil que incluso la necia administración norteamericana actual lo acepte.

Las elecciones presidenciales portuguesas dejaron un sabor agridulce porque la victoria del socialista Seguro se vio empañada por el buen resultado de André Ventura, el líder de la extrema derecha. El socialista, al que las encuestas situaban en diciembre en el tercer o cuarto puesto, obtuvo el 31,11% de los votos, mientras que Ventura, al que algunos daban como favorito todavía el pasado viernes, se quedó en un 23,52%, casi ocho puntos por debajo, pero uno por encima de lo que su partido había obtenido en las legislativas. De todas formas, Portugal no giró a la izquierda. Los tres candidatos de derechas, incluido el de Chega, sumaron el 50,82% de los votos y el almirante Henrique Gouveia e Melo, más transversal, pero tampoco de izquierdas, logró el 12,32. Los candidatos situados a la izquierda del PS obtuvieron un apoyo escasísimo. A António José Seguro no le bastaría con atraer a los votantes del militar para superar el 50% en la segunda vuelta, pero el racismo y el autoritarismo de Chega despiertan mucho rechazo entre la derecha moderada y en Portugal los electores del ámbito central son más proclives que en España a moverse hacia la izquierda o la derecha según las circunstancias.

Fue especialmente llamativo el hundimiento de la derecha tradicional, el PSD, y especialmente la derrota del primer ministro Montenegro, que apoyaba a Luis Marques Mendes, que quedó en quinto lugar, con solo un 11,3%. En diciembre, las encuestas lo situaban en cabeza. Sin duda, hizo una mala campaña, era, además, el de más edad de los cinco candidatos con posibilidades, pero su caída fue estrepitosa. Aunque tenía esperanzas de pasar a la segunda vuelta, el liberal Cotrim, que obtuvo el 16%, sí puede considerarse uno de los triunfadores y, junto a la solidez que muestra Chega, ha abierto una brecha en la derecha que habrá que ver si el PSD logra cerrar.

Montenegro y Marques han rechazado, por ahora, pedir el voto para Seguro, también Cotrim, aunque entre los dirigentes del PSD y los liberales hay voces muy destacadas que consideran que se debe apoyar al socialista para frenar a la extrema derecha y lo han hecho a título individual. Seguro puede ganar aunque esos partidos no se pronuncien, pero, en este momento, en la situación que vive el mundo, es importante que se manifieste la unidad de los demócratas.

En España, el PSOE tendría un gesto de coherencia si permitiese la investidura de la señora Guardiola en Extremadura para que no necesitase los votos de Vox. No se trata de establecer una «gran coalición» entre PP y PSOE, como algunos han caricaturizado la propuesta. Ese tipo de pactos solo deberían ser un último recurso en situaciones verdaderamente críticas, exigen importantes renuncias programáticas y pueden favorecer el discurso de la extrema derecha, que equipara a los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda. En cambio, apoyos concretos para impedir el triunfo o el acceso al poder de la ultraderecha se han producido en Portugal o Francia sin constituir coaliciones ni exigir grandes renuncias programáticas. Es cierto que el PP probablemente no haría lo mismo en circunstancias similares, pero sería un buen argumento para desenmascararlo. Jugar solo la carta de forzar al PP a los pactos con Vox para despertar el miedo en el electorado de izquierda está perdiendo eficacia.

Hace falta firmeza contra los imperialismos y las políticas reaccionarias y belicistas de Trump, Putin y Netanyahu en el exterior, también contra la sanguinaria teocracia que oprime Irán, y contra la extrema derecha en el interior. Giorgia Meloni, inteligente y pragmática, edulcora la imagen de los ultras europeos, a pesar de las medidas represivas, la amenaza contra los medios de comunicación liberales o de izquierda o el intento de controlar la justicia, habrá que ver lo que sucede si logra reforzar su mayoría. En cualquier caso, ni Vox, cada vez más franquista y el más fiel lacayo de Trump en Europa, ni Chega, cada día más marcadamente racista, parecen dispuestos a utilizar el azúcar, lo mejor es combatirlos e impedir que gobiernen.