La ruptura del contexto desvía el relato

Millán Berzosa CONSEJERO INDEPENDIENTE. EXPERTO EN ESTRATEGIA, TECNOLOGÍA Y COLABORACIÓN INSTITUCIONAL

OPINIÓN

Susana Vera

22 ene 2026 . Actualizado a las 08:41 h.

Hay quien dice que hay que asumirlo: son tiempos de consumo rápido de contenidos, donde prima la inmediatez. Sin embargo, no deja de sorprender lo fácil que resulta que, incluso entre personas con responsabilidades relevantes, se compren discursos no contrastados e incluso bulos por completo, con menosprecio de qué sucede y cómo sucede, y del contexto en su conjunto.

Las imágenes y titulares que han seguido a los gravísimos sucesos ferroviarios han vuelto a mostrar, de forma inquietante, lo rápido que el contexto puede romperse cuando la urgencia domina el relato y lo grave que resulta que, incluso en medio del dolor, aparezcan inexactitudes tendenciosas en una sociedad polarizada.

Un momento, una imagen o una frase sacados de contexto pueden alterar por completo el significado de una situación. Un comunicador que sonríe como gesto de alivio ante una noticia positiva en medio de una tragedia puede ser retratado como alguien que se jacta del dolor ajeno. No es lo mismo. Pero, en el clima actual, esa diferencia se diluye con demasiada facilidad. A la vez, los comunicadores deben recordar que los gestos también editorializan y que se impone elevar el listón.

En situaciones de catástrofe, crisis o desastre, los medios se enfrentan a su verdadera prueba de fuego. Deben ser escrupulosos en la selección de testimonios e imágenes (por muy espectaculares que parezcan, si el riesgo es que estén recreadas por algoritmos) y corroborar los hechos frente a la premura. Ahí es donde se mide su papel fundamental en las democracias: informar con precisión, sin precipitación y sin alimentar interpretaciones carentes de sustento contrastado.

Como sociedad, antes que como empresarios, políticos, directivos o trabajadores, como ciudadanos, convendría acudir a fuentes fiables. La desinformación no siempre es burda; a veces es ciertamente sofisticada. Hoy se combinan los matices del lenguaje con capacidades cada vez más avanzadas de la inteligencia artificial aplicada al tratamiento de contenidos audiovisuales. Imágenes, cortes y comparaciones aparentemente neutras pueden inducir a conclusiones erróneas si se presentan sin contexto suficiente.

Son tiempos de exigencia frente al ruido, de distinguir lo anecdótico de lo general. Y es tiempo de entender que la comunicación persuasiva, cuando es eficaz, puede llevar a que las percepciones empañen el criterio. Más aún en una época de automatismos, de contenidos modificados y automatizados, en la que resulta imprescindible validar y reivindicar el criterio humano y ético, insustituibles.

No se trata de silenciar debates ni de decir que no es momento de hablar de determinados asuntos. Eso sería otro exceso. Pero sí es tiempo de priorizar lo importante y de evitar confundir la verdad con la rabia.

Ante el reto de conocer, por un lado, y de alimentar la opinión pública mediante la teatralización, por otro, hace falta responsabilidad. Distinguir hipótesis de certezas. Practicar la contención, frente a la precipitación por la apariencia de lo que sale por las redes sociales.

Cada cual es libre de pensar como considere y de situarse al nivel que desee, es parte de la condición humana. Pero la responsabilidad exige algo más: rigor, prudencia y respeto a los hechos. La desinformación confunde: daña y desvía de lo importante.