Poco se puede decir ante una tragedia como la que ha ocurrido en Adamuz (Córdoba) y, días después, en Gelida (Barcelona). Si bien es cierto que son distintas las circunstancias de los dos accidentes ferroviarios, en ambos casos ha habido personas que han fallecido y que también han resultado heridas de diversa consideración (la destrucción material y la suspensión de la circulación por esos lugares siempre será secundario aunque ello haya conllevado molestias por cortar en seco el método de transportar a pasajeros y a mercancías de un sitio para otro). Vaya por delante mi solidaridad con las familias y las amistades afectadas (porque si hay algo en lo que creo que empatizamos todas y todos es que en esos trenes podíamos haber estado cualquiera que usamos habitualmente este medio de transporte).
Se han roto muchas historias, experiencias, sueños y proyectos vitales de diferentes edades en esos cuarenta y cuatro fallecimientos, y no es ningún consuelo que la catástrofe no haya llegado a ser todavía más atroz (porque en esos trenes viajaban más personas que resultaron ilesas e incluso no eran conscientes de la magnitud real de lo que estaba ocurriendo). Prácticamente el único final feliz que hemos conocido ha sido el rescate de un perro que había escapado y llevaba días deambulando (se llama Boro y aunque haya gente que no lo entienda o no lo quiera entender, las mascotas se han convertido en una prioridad absoluta y en una parte fundamental en la vida de sus dueñas y dueños, y ese respeto y cariño hacia los animales considero que nos hace mejores seres humanos).
No quiero dejar pasar por alto mi admiración por la buena coordinación y colaboración entre las diferentes administraciones competentes (independientemente de su color político). Agradezco mucho las labores desinteresadas de primeros auxilios por parte de las vecinas y vecinos de las zonas próximas a los siniestros, pero quienes se tienen que llevar mi aplauso sincero es todo el personal sanitario, los servicios de Bomberos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, porque una vez más son quienes verdaderamente nos salvan (y por eso nunca me cansaré de defender lo público). La nota discordante fue la usura que aplicaron las empresas de alquiler de vehículos, además de las compañías aéreas, elevando el precio de sus servicios muy por encima de sus tarifas habituales, lo que impidió a mucha gente optar por medios alternativos para continuar su camino hasta su destino final (muy mal y muy feo intentar aprovecharse de una situación así).
Las probabilidades de que nos toque vivir una desgracia de este tipo puede que sean mínimas (y más en la Alta Velocidad, donde los estándares de seguridad son muy exigentes), pero siempre hay una ventana abierta a la infalibilidad que la podríamos explicar a través de la llamada teoría de los agujeros del queso suizo (los fallos, más que hechos aislados, son el resultado de múltiples casuísticas que, alineadas entre sí, permiten que el riesgo se produzca). Me quedo con lo que decía mucha gente en redes sociales, y es que nunca desaprovechemos la ocasión de decirle ‘te quiero’ a quienes amamos, porque en pocos segundos todo se puede ir al traste, y da igual que sea viajando en tren, en coche, en avión o andando por la calle.
Entiendo y comparto que haya que exigir respuestas a las muchas preguntas que nos hacemos sobre lo que ocurrió, pero la cautela será el mejor camino para garantizar el máximo rigor en las tareas de investigación. Así que mientras tanto, y más para quienes no somos expertos en la materia, lo que nos debemos limitar es a no crear confusión, ni miedo ni teorías que alimenten bulos. Hay precedentes suficientes para saber ya que las conclusiones definitivas no se elaborarán inmediatamente, y más si este suceso acaba en los juzgados. Pasó con el accidente de Spanair en Barajas o con el Alvia en Angrois (las sentencias tardaron cuatro y nueve años en hacerse públicas y lo achacaron a errores humanos, responsabilizando a los pilotos y al maquinista, respectivamente). Además, es de agradecer la transparencia con la que el ministro Óscar Puente está actuando (el miércoles realizó una rueda de prensa sin límite de preguntas durante más de dos horas, junto con otros dos responsables de Adif y Renfe), dando a conocer certezas y obviando cualquier especulación que perjudique a las investigaciones y a la opinión pública.
Lo que no me parece incompatible en este momento, e incluso lo veo correcto, es tratar el tema del sistema de transporte público en su conjunto. Es verdad que tendemos muchas veces a hablar de nuevas inversiones (a través de cifras que no somos ni capaces de asimilar) mientras olvidamos con frecuencia que todo requiere de una atención minuciosa para que no se degrade nada en exceso con el paso de los tiempos (pienso, por ejemplo, de la inmensa suerte que hubo de que no pasase ningún vehículo por la zona del argayu de la autopista de El Huerna/Güerna. Aún hoy continúan los trabajos, y por mucha complejidad que requieran las labores de sellado de la montaña, lo deseable es que la obra fuera a un ritmo mucho más rápido). Por supuesto que como ciudadanas y ciudadanos tenemos todo el derecho a reclamar un servicio de calidad y a quejarnos cuando no se cumplen las condiciones por lo que hemos pagado un billete (sea por retrasos u otro motivo), pero a mí me gustaría romper una lanza en favor de la apuesta que hay en España por el ferrocarril de Alta Velocidad, que no tiene nada que envidiar a otros países (de hecho nos intentan copiar en el extranjero nuestro modelo).
Con esta opinión no quiero eludir ni dejar de reconocer que hay un montón de cosas que mejorar, especialmente para las zonas rurales (aunque sea deficitario desde la perspectiva económica, sería importante que hubiera alguna manera de desplazarse con el objetivo de intentar que se asiente nueva población) y en determinadas líneas de la red de ferrocarril. Basta de ejemplo una noticia de LA VOZ DE ASTURIAS fechada el 17 de diciembre de 2019 cuyo titular dice que «recorrer el Cantábrico en tren lleva tanto como un vuelo a Australia». Es obvio que es inasumible que entre Ferrol (A Coruña) e Irún (Guipúzcoa/Gipuzkoa) con la antigua FEVE (ayer hubo seis heridos leves al chocar un tren de vía estrecha contra un camión grúa en Cartagena) se superen las dieciséis horas de viaje.
A modo de ejemplo, las probabilidades de que alguien que viva en Pravia pueda confiar (en unos horarios que además le pueden ser incompatibles) en que llegará puntual a su trabajo en Oviedo/Uviéu (más de una hora de recorrido siempre y cuando no haya ninguna incidencia que lo retrase) son muy escasas. Si somos autocríticos hay que decir que, por lo general, hemos hecho muy bien los deberes en la Alta Velocidad, pero en cambio no hemos ejecutado el mismo esfuerzo en preservar las Cercanías (creo que a esto último hay que darle una vuelta, poner voluntad de recuperarlo y seguir apostando por el tren en el futuro).
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