Tiempos verbales, tiempos oscuros

OPINIÓN

Tanques israelíes en la frontera con Gaza.
Tanques israelíes en la frontera con Gaza. Amir Cohen | REUTERS

25 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace unos meses se celebraron en la Universidad de León, en el Aula Magna de la Facultad de Educación, unas jornadas internacionales sobre la educación para la paz con motivo del genocidio israelí en Gaza. Jornadas inauguradas por la decana de la Facultad, que contaron con la participación de ponentes internacionales y con una nutrida asistencia de alumnado universitario, la mayoría de los Grados Universitarios de Educación.

Al final de la sesión de la primera mañana, durante el turno de intervenciones, sucedió un hecho a mi juicio francamente destacable. Un chico, estudiante del Grado Universitario de Educación Primaria, solicitó la palabra, no tanto para hacer una pregunta a los ponentes de la mesa, sino para expresar el siguiente comentario: «Todo esto que estamos hablando aquí está muy bien, pero todo el mundo sabe que lo que verdaderamente cambia las cosas y mueve el mundo es el uso de la fuerza».

Ustedes ya se pueden imaginar lo que vino después, un intenso debate, por momentos agrio rifirrafe, con otras personas asistentes a las jornadas. Debate que, típicamente en este tipo de actividades académicas, finalizó con la demoledora intervención de uno de los ponentes de la mesa de las jornadas, quien criticó durísimamente el contenido de tal comentario, argumentando extensamente los valores autoritarios subyacentes en el mismo y su incompatibilidad con la educación. Algo totalmente inaceptable.

El comentario, o la intervención de este estudiante universitario, me pareció extraordinariamente elocuente y significativo. Primero por el desparpajo y la naturalidad con la que lo expresó, sin agresividad, sin displicencia, seguramente sin ánimo de provocar o polemizar. Simplemente tratando de describir lo que para él era una verdad a todas luces evidente. Además, especialmente remarcable por el hecho de expresarlo en un contexto nada «amigable» con tales planteamientos autoritarios, antidemocráticos y opuestos al bien común. La evidencia palmaria de la naturalización en el discurso social y la interiorización acrítica de ideas de naturaleza fascista.

Segundo, por la incongruencia o disonancia cognitiva que subyace en tal afirmación. Por un lado, se dice que la educación es lo más importante, que debe ser el pilar sobre el cual construir la sociedad, que es la llave con la que abrir la caja de la perfectibilidad del ser humano. Pero por otra, y de manera decisiva, se dice que lo que cuenta a la hora de la verdad es el uso de la fuerza y el poder del más fuerte. Algo así como cuando en el cuento de Hans Christian Andersen (El traje nuevo del emperador, 1837), la masa aplaude enfervorizada al rey que va desnudo y es un niño quien grita: «Pero si va desnudo, el rey va desnudo!».

Tercero, porque mostraba la profunda degradación del valor social de la educación, reducida cada vez más a una suerte de medio certificador de credenciales formativas, objetos de consumo, para la competencia individual por un puesto de trabajo en un mundo laboral cada vez más precarizado. Que no deja de ser sino el objetivo fundamental de las políticas educativas neoliberales, cuya penetración ha sido tan exitosa, que incluso aparece en los currículos educativos de las primeras etapas de la educación obligatoria. De modo que todo lo que quede fuera de esta óptica, como por ejemplo la educación en valores, la educación para la paz, queda relegado a un segundo plano. Lo cual no deja de ser sino un reflejo de la deshumanización y pulsión por la muerte presentes en nuestras sociedades.

Cuando se produjo esta intervención pensé que estaba presenciando un chispazo, un atisbo de los posibles derroteros que nos guardaba un oscuro futuro. No me di cuenta de que, sin embargo, ya era el presente lo que estaba viendo.