A diferencia de lo que se ha venido diciendo de la última película de Chloé Zhao, Hamnet (2025) no es una historia sobre Agnes Shakespeare. Es una historia sobre el peor de los duelos posibles: el de unos padres que tienen que hacer frente a la muerte de Hamnet, uno de sus tres hijos, a los 11 años de edad. Su fin no es otro que intentar dar respuesta a la pregunta de ¿cómo se dice adiós a lo que más amas en este mundo?
Se agradece por tanto que la directora haya tenido claro desde el principio no sólo lo que debía de contar (el guion lo ha coescrito junto a Maggie O’Farrell, autora de la novela en la que se basa la película y posible razón de que ésta haga más o menos justicia al libro), sino cómo debía de contarlo. Para ello Zhao se sirve de dos premisas que toda buena historia debe de contemplar.
La primera es que la imagen precede a la palabra.
No en vano se podría decir que toda la película está contenida en la primera escena de la cinta, donde podemos ver un árbol agitando sus ramas al viento mientras la cámara desciende lentamente por el tronco hasta la misma tierra. Es ahí, entre raíces, donde yace Agnes dormida, colocada en postura fetal, casi agarrotada, hasta que se despereza y deja que la luz que se filtra a través de las hojas la devuelva poco a poco a la vida.
Una bella metáfora tanto de los caracteres de los dos progenitores, como del arco de la historia que se desarrollará a lo largo de casi dos horas. Ambas cosas se ven reforzadas además por la coloratura del film, donde se utiliza el color rojo para marcar esa conexión entre Agnes y la naturaleza (es admirable tanto su manera, sabia y libre, de ser mujer en la Inglaterra isabelina como la interpretación de Jessie Buckley al dar a luz y su amor colosal por la vida, inseparable del peligro de una muerte siempre acechante), mientras que el azul del cielo se reserva para su marido y padre de sus hijos, William, haciendo referencia a esa cabeza siempre en las nubes y a la tremenda creatividad de su intelecto. Dos personas que se aman y se complementan a la perfección.
Esto de otorgar colores a los personajes ya lo había hecho Zhao en su anterior película, Eternals (2021), su coqueteo con el cine de ciencia ficción antes de volver a este relato de carácter más intimista, con cierto lirismo, en el que podemos ver alguna referencia a las maneras de hacer que ya había mostrado en la oscarizada Nomadland (2020).
En este sentido, la manera que construyen su amor y la diferente forma que tendrán de enfrentarse cada uno de los dos protagonistas a la muerte de Hamnet, estará siempre bien arropada por una cámara que más que dirigir acompaña a los actores en cada una de sus decisiones. Es aquí donde reside tanto uno de los grandes aciertos de la película, como una de sus flaquezas: el film consigue escapar de manera continua de lo evidente a la hora de retratar la cotidianidad y el dolor, pero, a pesar de dotar a la historia de emoción y de ternura sin caer en lo lacrimógeno, se pierde en ello cierta sutileza, lo que hace que por momentos la película sea menos conmovedora de lo que debiera ser-- el hecho de que en ella se hagan referencias a menudo a que el padre de la criatura y marido de Agnes es William Shakespeare le quita cierto elemento de sorpresa que la novela mantiene hasta el final.
Puesto que debe de contar lo incontable, tiene a su servicio todos los recursos posibles: desde la cinematografía del magnífico ?ukasz ?al (Ida (2013), Cold War (2018), La zona de interés (The Zone of Interest, 2023), con encuadres que se encuentran a caballo entre lo narrativo y lo cinematográfico y que, en ocasiones, se asemejan a la simetría que se puede encontrar en el escenario de un teatro para tal vez no perder de vista que, ante todo, la película es una matrioshka que contiene una historia dentro de la historia dentro de la historia, o la música de Max Richter que se funde tanto con la imagen que por momentos casi ni se oye.
Mención aparte se merecen las interpretaciones, donde destaca una Jessie Buckley inmensa en el papel de Agnes y verdadero alma de la película, firme y justa candidata a cualquier reconocimiento que se precie (acaba de arrasar en los Globos de Oro y se espera que haga lo propio en los Óscars). Seguida de Emily Watson, que interpreta a su suegra y que consigue una mezcla de dureza y fragilidad en algunas escenas sólo al alcance de unas pocas actrices. Por su parte Paul Mescal mantiene su estado de gracia, aunque su actuación del bardo palidece a veces ante la de su compañera.
Está claro que si aún hay un espacio desconocido ese es el de la muerte y, por eso, tal vez sea imposible decir adiós por completo a aquello que más amamos. Es aquí donde reside la segunda premisa de la película: la de que en todas las buenas historias ni el tiempo ni el espacio existen. Porque da igual en qué lugar del planeta o de la Historia te encuentres, el duelo de unos padres es el duelo del mundo. Por eso las historias existen. Para consolar.
La grandeza de Shakespeare al escribir Hamlet cuatro años después de que su hijo muriera (Hamnet y Hamlet eran nombres intercambiables en la Inglaterra de 1580) puede residir, según lo ideó Maggie O’Farrell, en que da la oportunidad a un padre ausente para despedirse de su hijo ya que una madre pueda reconocerle en alguna palabra, o tolerar que otros pronuncien su nombre. Hace posible que el amor se sobreponga a la muerte. Lo que viene siendo, en definitiva, desprenderse de la tierra y dejar que la luz vuelva a darnos en la cara.
Sea como fuere «el mundo es un teatro» y la inmensidad de Hamlet es la de las grandes historias: aquellas que no existen para salvarnos sino para hacernos inmortales. Hamnet consigue con nota transmitir el mensaje.
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