«Maspalomas» o el drama íntimo de volver al armario en la vejez
OPINIÓN
Volver al armario es mucho más difícil que salir de él. Este paso, que va desde una absoluta liberación hasta un silencio incómodo, es el viaje que debe realizar Vicente, el protagonista de Maspalomas. La película parte de una idea tan sencilla como demoledora: el retroceso forzado. Mientras gran parte del cine que aborda la identidad sexual suele centrarse en el proceso de aceptación o en el conflicto inicial, Maspalomas propone algo mucho menos transitado: ¿qué ocurre cuando alguien que ya ha ganado su libertad se ve obligado a perderla de nuevo?
A sus 76 años, Vicente disfruta sin tapujos de su homosexualidad en un paraje situado en Gran Canaria, sinónimo de vitalidad, goce y libertad sexual. Una antigua y duradera relación que finaliza lo lleva a aprovechar al máximo sus instintos. La película muestra el disfrute con una naturalidad poco habitual en personajes de esta edad. Vicente vive el presente sin pedir permiso, como alguien que ha perdido demasiado tiempo ocultándose y que ahora se permite, por fin, existir plenamente.
Pero un día, su salud le juega una terrible pasada cuando sufre un repentino ictus que lo obligará a regresar a San Sebastián, su tierra, donde deberá ingresar en una residencia de ancianos. El ictus no es únicamente un problema médico, sino un detonante narrativo que obliga a Vicente a abandonar el espacio donde había construido una versión libre de sí mismo para volver a un entorno marcado por normas, silencios y miradas ajenas.
A grandes rasgos, esta es la trama de la última película dirigida por José Mari Goenaga y Aitor Arregi, los cineastas vascos que dieron el pistoletazo a su carrera hace once años con Loreak (2014), y que continuaron con trabajos tan destacables como Handia (2017) o La Trinchera Infinita (2019). Como en sus anteriores películas, Goenaga y Arregi vuelven a demostrar un interés claro por los personajes que viven al margen, atrapados entre lo que fueron y lo que la sociedad espera de ellos.
El tema central de la película, nominada a nueve Premios Goya, recae en el silencio tan agotador que Vicente elige adoptar una vez su cuerpo le pide un descanso repentino. Una ocultación de la homosexualidad que lo había transformado, y un proceso que deberá volver a andar en sentido inverso, después de haber logrado deshacerse de un peso que arrastró durante toda su vida. No hay amenazas explícitas ni agresiones directas, sino una presión constante que empuja a Vicente a replegarse, a vigilar sus gestos, palabras y miradas. Este contraste resume el choque entre dos mundos irreconciliables. La vitalidad del sur frente a la contención del norte, el cuerpo libre frente al cuerpo observado, el presente frente a un pasado que nunca terminó de cerrarse.
Vicente, a su pesar, tendrá que convivir con un compañero de habitación que encarna una masculinidad que está en las antípodas de la suya, con una hija distante, y con una enfermedad que ha deteriorado un cuerpo que deberá recuperar. José Ramón Soroiz borda un papel que interpreta con pocos gestos y sin alardes. Anteriormente visto en la serie Patria (2020) o en Cinco lobitos (2022), encarna un personaje muy emocional, con miradas y silencios marcados por el paso atrás que se siente obligado a tomar. Nagore Aramburu es Nerea, su distante hija. Zorion Eguileor, el inolvidable protagonista de El hoyo (2019), es Ramón, su íntimo amigo. Y por último, Kandido Uranga es Xanti, su compañero de habitación en la residencia.
La historia huye del sentimentalismo para optar por la frialdad, la sinceridad y la credibilidad, mostrando un buen equilibrio al tratar temas como el abandono o la soledad. Maspalomas es un drama sensible, que no replica la típica historia de la vejez y sus derivados, sino que innova al tratar algo que muy pocas veces hemos visto: la problemática de volver al armario.
Aquí radica gran parte de su fuerza. La película no busca hacer llorar, sino invitar a la reflexión y obligar al espectador a ponerse en la piel de alguien que ya había ganado su batalla personal y se ve obligado a librarla de nuevo. Esta resistencia a una forma de envejecer que no entraba en los planes establecidos se transforma en una historia que habla de la identidad, la reconciliación y la memoria.
Maspalomas conmueve porque no solo es un drama familiar, sino que también es una reflexión del dolor silencioso que conlleva ocultar tu identidad frente a la sociedad y frente a tu propia familia. El abrupto cambio en la vida del protagonista también se traslada de manera visual en la película, pasando de los exuberantes y vivos colores de las islas a unos tonos grises y fríos que rodean San Sebastián. Un inicio directo y muy explícito da paso a un viaje emocional sobrio, que se toma su tiempo para que reposen los diálogos, tomen partido las pausas y abunden las miradas.
El film refleja el viaje de Vicente mediante contrastes que pasan de la luz a la sombra, del color a la oscuridad, y de la libertad a la represión. El guión de Jose Mari Goenaga logra mezclar la ironía, la fragilidad y la vitalidad en cada escena, formando un personaje protagonista humano, contradictorio, y decididamente entrañable. El curioso detalle de hacer coincidir en el tiempo el tramo localizado en la residencia al mismo tiempo que se iniciaba la pandemia del COVID, crea una potente metáfora que refleja el fin de un ciclo de liberación y el inicio de un aislamiento individual, que refuerza el sentimiento de Vicente.
Las relaciones humanas de la película son sutiles, evitan el melodrama fácil y construyen escenas de gran carga emocional, donde conviven el rencor, la ternura o los prejuicios. Es Maspalomas por tanto un relato necesario y emocionante, una historia que cuenta una perspectiva de la homosexualidad que no ha tenido espacio en pantalla. Su mayor logro es cómo lo consigue de forma honesta, sin caer en victimismos y cargada de ternura y naturalidad, con una película que emociona, nos hace reflexionar, y nos hace acompañar a un personaje que siempre recordaremos.