Sociedad humillada, sociedad basura

OPINIÓN

Vista de las vías donde se encontraba el Alvia, ya despejadas tras la retirada de los vagones siniestrados en Adamuz (Córdoba).
Vista de las vías donde se encontraba el Alvia, ya despejadas tras la retirada de los vagones siniestrados en Adamuz (Córdoba). SALAS

01 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Estamos, otra vez, en un tiempo que, a cambio de ejercer desmesurada crueldad, promete un futuro feliz. Esto es, que el fin, por lo demás descabellado, y más perturbador todavía, sabiéndose descabellado, avala los medios, a la manera como lo planteó Maquiavelo pero que se vino ejecutando desde mucho antes que él, importando que esos medios sean lo más hirientes posible. Este sencillo mensaje, que nos viene de todas partes y en todo momento, y que lo que realmente expresa es el aborrecimiento de la democracia, como veremos enseguida, contrasta con la seriedad con que los filósofos de hace 90 años abordaron el «decir». En efecto, influidos por pensadores de la altura de Bertrand Russell, Carnap o Wittgenstein, la Escuela de Viena debatía, y con ella toda la filosofía de la década de 1930, en torno al problema de saber si un significado es verdadero o falso, qué hay en él de conocimiento y si un significado verificable por el conocimiento es suficiente para ser verdadero. El «decir» de hoy, que niega el mínimo examen de sus postulados, está encauzado en el lecho de lo más groseramente indecible. De hecho, cuanto más falaz y repulsivo sea, más será creído por una sociedad desconectada de la realidad mediante la conexión de todos con todos en un <<continuum>>, que, pese a ser una antítesis, es una tesis en sí misma.

La trascendencia del «decir», el impacto que surge cuando algo se expresa, no desde lo general ordinario (desconexión por conexón), sino desde las entrañas del pensamiento <<fuerte>>, resuelve toda duda sobre el descenso a la barbarie comunicativa 90 años después de los análisis y las discusiones de algunas de las mejores y más honestas mentes que, ni ahora ni nunca, tendrán reemplazo.

Porque no es tanto que la verificación del contenido de una afirmación no siempre pueda llegar a ser constatable, cuanto que su verdad está respaldada por el conocimiento acumulativo, el científico muy concretamente, aunque en el futuro esa afirmación pueda ser refutable en todo o en parte por estudios novedosos que se construyen sobre los pasados y los presentes. Sin embargo, lo que aquí más importa es la manifiesta indefensión con que se encuentran los más elementales mensajes verdaderos, contrastados y vueltos a contrastar, en los comienzos de una era cuya principal característica es el embuste y la calumnia lacerantes globales. Una era en la que los protagonistas de la Historia son los verduleros que no cesan de intoxicar con sus arrebatos zafios con la intencionalidad de crear caos, antesala de los populismos triunfantes que anuncian un inminente paraíso terrenal.

La amante <<intelectual>> del macarra de la motosierra, discípulo este del nazi de Washington y de Florida, al que su Gestapo está cumpliendo estrictamente, como siempre que reaparece, con su <<cometido>>, la que vive con su amante <<físico-psíquico>> en un piso pagado con dinero sucio, dinero de pandemia, dinero de Hacienda, dinero nuestro, y que, a estas alturas, por ética y estética de justicia, no obstante esta sin ética ni estética, debería estar en la cárcel por promover la muerte de 7.291 personas (viejos sí, pero personas a las que se les ha aplicado la eutanasia que, impúdicamente, niegan a quien la pide) y, paralelamente, tendría que estar encausada por atiborrar de euros a empresas que reutilizan hasta nueve veces catéteres de un solo uso, que derivan a la sanidad pública a los pacientes «problemáticos» (viñeta de <<El Roto>>: «Lo suyo es caro, le vamos a diagnosticar otra cosa») y un etcétera anti hipocrático y pro mafioso. Esta amante, y volvemos a la cuestión con que abríamos este párrafo, es la que, finalmente, encabeza el movimiento más serio desde 1981 para hundir nuestra democracia, disparando balas de mugre al odiado enemigo, el que el 18 de Julio empezó a ser fusilado, a cuenta, en ocasión presenta, de la rotura de un raíl que está siendo investigado, y bien investigado. La de Sol es la representante meridional más conocida y reconocida recuperadora del dogmatismo y el oscurantismo anterior al siglo XVIII. Y también la más ajena a la Antigüedad: no pretendemos que sea una monista a la manera de Platón (Matemáticas) o Aristóteles (Biología), pero tampoco que instaure el monismo de la Defecación, como esta semana, llamando «plataformas de frustrados de la izquierda» a las asociaciones de víctimas de las residencias, retenidas a la fuerza en sus habitaciones, en sus camas, mientras agonizaban infectadas por el coronavirus.

La insania de esta <<amante bidimensional>> se acaba de revelar estos días, y ya hay una montaña de revelaciones: afirmó que, a los residentes de las residencias sarnosas, se les estaba administrando la medicación adecuada para combatir el virus, pero un correo, desvelado este jueves por <<El País>>, enviado por Carlos Mur, ex alto cargo sanitario en 2020 de la Comunidad de Madrid, a su Gobierno, advertía que los ancianos estaban siendo desatendidos, abandonados, que sucumbían, se ahogaban, se extinguían. Uno de los párrafos del correo dice: «No deseo que ninguna autoridad [madrileña] tenga en su conciencia un número importante de fallecimientos evitables». Pero Mur, por lo que escribió, parecía tener una ingenuidad incomprensible, atendiendo a la <<naturaleza>> de su presidenta, al confiar en la «conciencia» de esta que, allá por dónde va, deja olor a muerte. Entonces, se ha de formular la pregunta de las preguntas: ¿no hay ni un solo juez o fiscal de la capital y reino que tenga huevos para investigar de una puta vez a quien engendró la gran matanza?

Cuando la mugre es el «tema de nuestro tiempo», estamos obligados a reivindicar a aquellos filósofos de las primeras décadas del siglo XX, que seguían porfiando por alcanzar la «verdad». Así, por ejemplo, estimaban que, aunque las proposiciones hipotéticas son un escollo intelectual ciclópeo, muchísimas afirmaciones son verdaderas porque tienen, de hecho, sentido, porque no nacen de las disciplinas formales de la lógica y la matemática, a las que pertenecen en exclusiva las proposiciones <<a priori>>. El «decir» es un decir de hechos cotejables, que son los únicos que caben en la esfera del empirismo. La realidad se encuentra exclusivamente en las palabras, que deben partir de lo empírico (Kant comenzó su magna <<Crítica de la razón pura>> así: «No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienzo con la experiencia. Pues ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos…?»). Pero resulta que en esta era mugrienta, el empirismo ha sido desgajado de los hechos ciertos y amarrado a las palabras huérfanas de lo cierto. Siendo evidente que la manipulación es burda, paleta, otro fenómeno corre paralelo a este, sin el que ese este no sería posible. Se trata de la sociedad humillada intelectualmente, como requisito para que acepte el mundo basura, que lo acepte y que lo disfrute cada instante de su devenir, sin descanso, para que no descanse y le dé por reflexionar.

Una sociedad no humillada es la propuesta por Isaiah Berlin, para quien «la experiencia empírica es todo lo que pueden expresar las palabras, no hay otra realidad (…) Pero dada una cantidad suficiente de desinformación, de creencias falsas acerca de la realidad [razas superiores e inferiores], uno puede llegar a pensar que sean [las ideas nacionalsocialistas] la única salvación (…) Puedo ver cómo, mediante falsa educación suficiente, y mediante ilusión y error suficientemente extendidos, los hombres pueden, al tiempo que siguen siendo hombres, creer en esto y cometer los crímenes más innombrables» (<<Mi trayectoria intelectual>>). En sintonía con el Berlin empírico, tiene Wittgenstein una sentencia, tal vez demasiado socorrida, pero innegablemente consistente y oportuna para este tema de nuestro tiempo. Dice: «De lo que no se puede hablar, hay que callar». ¿Qué hace hablar, berrear en el caso de la conspiración fascista que lidera la motosierra madrileña, pese a que todavía no hay conocimiento del accidente de Adamuz (sí de la DANA)? ¿Qué hace no callar cuando la <<razón pura>> dicta esperar a saber por qué pasó lo que pasó?: La putrefacción. Y desear dar lo putrefacto no está en desequilibrio con Eros. Escribió Lacan: «Desear es dar lo que se tiene a alguien que no lo quiere».