A mí me importa un bledo la polémica de los que se dieron de baja, David Uclés y Antonio Maillo, en las jornadas sobre la Guerra Civil que organizaba Arturo Pérez-Reverte. Lo que importa, lo que me parece un insulto a la inteligencia es el título de las jornadas, «1936: la guerra que todos perdimos» y el baile de excusas que dio el autor de Alatriste para justificarlo. También me importa, y me preocupa mucho de hecho, la cobardía moral que ha predominado en columnistas de la prensa nacional alrededor de lo que aquí se discute.
Primero, por supuesto que no todos perdimos la guerra. La guerra la ganó un bando y lo perdió el otro y el ganador no dejó de recordarle su derrota todos los días de su vida a los que dejó vivir del otro bando. Hubo un momento al estallar la polémica en el que Pérez-Reverte aseguró que se trataba de un error tipográfico, que en realidad el título debería haber ido entre interrogantes. Es respuesta de capitán de las sardinas, no de Alatriste, y además es mentira. Que es falso lo confirmó el propio escritor en un artículo posterior publicado en El Mundo en el que reiteraba la tesis porque «sin duda hubo un bando vencedor y un bando derrotado; pero todos los españoles perdimos mucho: la libertad, la justicia, el progreso, los derechos civiles, la liberación de la mujer, la dignidad y la democracia. Esa es la guerra que todos perdimos» ¿Y por qué perdimos esos derechos y libertades, a ver, por un fenómeno meteorológico? Hombre, digo yo que sería porque el bando ganador se encargó de que se perdieran, porque los que ganaron eran fascistas y en su victoria pesó contar como aliados a Hitler y Mussolini.
Justo después de la Guerra Civil española hubo una guerra mundial, la segunda, y ¿saben por qué a pesar de los horrores, verdaderas pesadillas, de ese conflicto no se perdió el progreso, ni la justicia, ni libertades civiles? Pues porque perdieron los fascistas. Tiempos terribles en los que hay que defender lo obvio. Y es precisamente el problema, que volvemos a vivir tiempos terribles.
Porque la propina de los abandonos de las jornadas de Pérez-Reverte son los lloriqueos de los columnistas de su constelación y, de él mismo en su larguísimo artículo, para lamentarse de la intransigencia de la izquierda, o de la extrema izquierda imaginaria esa que les acongoja, y que no quiere debatir o les cancela y les censura (jajaja); es decir que les critican, lo que encuentran insoportable.
Ya somos mayorinos, hablemos como adultos; pues estamos en el año 2026 y asistimos con verdadera congoja, y no postureo de ella, al derrumbe del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, a cómo el gobierno de Estados Unidos se está convirtiendo en un régimen autoritario, con una fuerza paramilitar enmascarada que se lleva a personas y luego desaparecen en cárceles de El Salvador, en la dictadura de Bukele; una fuerza que asesina a sangre fría a ciudadanos que protestan. Una fuerza creada sobre el odio a los inmigrantes ¿no les suena? Claro que les suena.
El gobierno de Donald Trump amenaza con invasiones y aranceles ad hoc a estados miembros de la Unión Europea, considera de hecho a la unión su principal enemigo y trabaja en colaboración con partidos que quieren destruirla para implantar aquí las mismas medidas represivas. Trabaja en colaboración con billonarios que quieren interferir en los comicios europeos, que son propietarios de redes sociales desde las que se difunde todo tipo de mentiras y desinformación, mensajes de odio sanguinario. ¿No les suena? Claro que les suena.
¿Y con este panorama tenemos que escuchar que se pierden libertades porque un escritor no quiere participar en unas jornadas? Es completamente surrealista, peor aún, es de cobardes. Porque es cobardía el patético show, la puesta en escena de indignación impostada, cuando de verdad aquí, en Europa y en España, ahora en el presente, tenemos un riesgo cierto de que podamos perder todos nuestro progreso y libertades civiles. Claro que el que se acojona para llamar por su nombre a los fascistas de hace 90 años ¿qué va a decir sobre los de ahora?
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