No es discutible que estamos viviendo un tiempo nuevo.
El siglo XXI comenzó con el ataque a las torres gemelas y ha culminado con el genocidio de Gaza. Un siglo infame, de momento.
Al mismo tiempo ya ni el más idiota puede discutir el cambio climático y el agotamiento de los recursos energéticos y minerales. Quienes, como Trump o Elon Musk, lo niegan no es porque crean que es mentira, es porque quieren engañar a sus seguidores fanáticos. Quieren que los apoyen en su plan ecofascista de usar los pocos recursos para ellos y sus familias mientras el resto se muere. Incluidos los idiotas serviles que les aplauden.
Tampoco podemos negar el impacto de la tecnología y el capitalismo de la atención que afecta a aspectos de nuestra vida que siempre fueron privados y quedaban ocultos a los poderes. La distopía de un Mundo Feliz o 1984 es ya, en parte, una realidad.
Da igual que seas socialista, comunista, anarquista, socialdemócrata, republicano liberal de los que no quedan ya en España o ecosocialista, tú visión del mundo forjada en el siglo XX ya no sirve. Necesitamos luchar contra el nuevo fascismo, llamémosle tecnofascismo o ecofascimo. En cualquier caso, matones y asesinos clásicos que buscan crear una oligarquía que disfruta de privilegios mientras el resto les sirve o simplemente es eliminado. Estamos descubriendo en Europa lo que ya saben en América desde hace tiempo, somos zona de sacrificio. Es decir, somos prescindibles para los emperadores y nos destruirán si necesitan nuestros recursos o nos oponemos a sus designios.
Asturias es un pequeño país periférico en un estado periférico de Europa. Con una de las poblaciones más envejecidas del mundo, sin petróleo y sin tierras raras, somos como un pequeño barrio de Pekín o de Nueva Delhi. Además, tenemos sobre nuestros hombros el deber moral de conservar nuestra lengua, nuestra cultura y nuestro paraíso natural ya tan dañado.
En mayo de 2027 hay elecciones autonómicas y municipales y todas las personas de Asturias a las que los fascistas nos llaman rojos, tenemos que pensar cómo nos vamos a presentar. Para ellos no hay diferencia entre verdes, rojos o morados, somos todos y todas fusilables.
Desde esa perspectiva entendemos que nuestra obligación es hablar y buscar proyectos que ilusionen y den esperanza para construir un futuro mejor. No se trata de ser optimista sin fundamento, se trata de creer que es posible, que sobre la base actual podemos aspirar a más y a mejor.
Para construir ese espacio de reflexión y de trabajo que nos permita sacar votos e ilusionar a nuestras bases es bueno que aprendamos de conceptos relativamente nuevos, que tienen apenas unas décadas.
Cuando decimos que una persona con discapacidad tiene que integrarse, estamos violentándola. Nos tenemos que preocupar de su inclusión en la sociedad. No te obligo a integrarte, te incluyo en la conversación, en la actividad. Es decir, tenemos que construir un espacio donde todas las fuerzas políticas y sociales, desde su diferencia y su diversidad aporten y contribuyan y sean tratadas con equidad. La equidad es ajustar el acceso a los derechos y las obligaciones dependiendo de las circunstancias de cada uno.
Es decir, un tiempo nuevo exige hábitos nuevos, no podemos meter vino nuevo en odres viejos. La gente está cansada de nuestras peleas y nuestras internas, como dicen los argentinos. Ya no sabe ni cómo nos llamamos. Lo único que quieren es que se presente a las elecciones una fuerza política que sea coherente en lo que predica con lo que practica.
Este proceso negociador que es urgente y necesario tiene que pasar por buscar la inclusiòn de todos los grupos de lo que llamamos izquierda, de los fusilables. Pongamos la luces largas y pongamos atención a la próxima curva porque no nos lo demanda la historia, que también, ni la gente, que también, nos lo demanda nuestra propia supervivencia física.
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