Cuantayá, long, long a time, hace ya mucho, quizás demasiado tiempo desde aquellas auroras de la predemocracia española y asturiana que nos despertaron a muchos compañeros de generación entonces muy jóvenes y hoy ya viejos casi todos, quizás demasiados, otros desaparecidos sin haber probado el fruto de su trabajo, de su trabajo y del reconocimiento de sus profundas ansias de recuperación cultural para nuestra Asturies.
Aún no sé, a la vuelta de casi medio siglo, si aquello mereció la pena, si tanta brenga nos llevó a conseguir los objetivos del trabajo y las esperanzas que pusimos en aquella labor de recuperación de lo que nosotros llamábamos país. Desde luego que hablo desde la perspectiva de un activista sobrepasado por el tiempo, así que habría que mirar lo que se consiguió en más de cincuenta años de subir la piedra de Sísifo hasta la aguda cumbre para que luego nos volviera a caer pasando por encima de nuestras esperanzas y de nuestra labor.
En aquella lucha cultural (y política) la bandera que llegó a ser insignia fue la oficialidá de la lengua asturiana cuyos primeros y principales vindicantes fueron universitarios salidos, generalmente, de los pueblos de Asturies y de sus clases populares y medias que no se avergonzaron, como sí hacía la burguesía grande y chica, de la lengua de casa, de la lengua de sus padres arrumbada por prejuicios que mucho tenían que ver con la España vigente en aquel entonces y con un, llamémoslo, auto odio fruto directo e indisociable de la pobreza económica ancestral de los asturianos. Aquellos jóvenes no renegaron, no se negaron a sí mismos y así comenzó un camino que llega hasta hoy, hasta este mismo momento en que usted, lector, lee estas palabras.
Por desgracia la política y más en aquellos tiempos lo tentaculizaba y lo empapaba todo y decididamente en los puestos de aquella carrera por situarse en el poder político asturiano no figuraba, con opciones reales de influir en política, ningún partido que se tomase en serio la cultura asturiana y por supuesto la lengua del país. Si tal caso hubo de aquella algo que parecía, sólo parecía hacer referencia a Asturies y sus necesidades: Unidad Regionalista que resultó ser un amagüestu de muchos jóvenes políticos ávidos de sillones que más tarde fueron poltronas para algunos que se fueron decantando. Los colores asturianos de sus carteles y pegatinas solo eran un ligero barniz sin ningún contenido que defendiera verdaderamente los intereses asturianos como sí hicieron hasta los andaluces, tradicionalmente emblema de la cultura española, en aquellos momentos. La bandera cultural de los asturianos no fue recogida en la dicotomía asturiana entre rojos y fachas y poco más tarde a la del enfrentamiento entre los partidos de la nueva restauración española entre Eta y cualquier cosa que se pudiera señalar o acusar de separatista y/o terrorista por la España verdadera. Aquí con un pueblo educado en el franquismo y el anti-franquismo e interesadamente politizado para defender a bayoneta calada muchos intereses económicos, políticos y supuestamente sociales, fue imposible defender una cultura que nos hubiera puesto en el mapa de España como lo hizo Galicia o la misma Andalucía de entonces.
Así la cultura y la lengua asturianas quedaron reducidas a grupos de asociacionistas sobresaliendo entre ellos Conceyu Bable (1974) y los que vinieron después en lo que fue una toma de conciencia juvenil hacia los valores culturales de su tierra y sus ancestros que poco a poco fue cuajando en un movimiento asturianista (entonces no lo llamábamos así) que daría sus mayores frutos en los años noventa del siglo pasado, con una pujanza nunca vista en la recuperación, puesta al día, transmisión y éxito popular de nuestra música, etnografía, folclore, artesanía, gastronomía y en la recuperación de la lengua asturiana o asturiano, también en la representación política. Todo esto bajo una lluvia infame de acusaciones que señalaban a los asturianistas como esbirros de la Eta, también de ser unos paletos y hasta de la muerte de Kennedy si hiciera falta, impulsado por parte de los partidos mayoritarios; uno el partido en el poder que ejercía con mano dura, sectarismo, desprecio y malas artes; el otro, el segundón, comprando estúpidamente los argumentos del todopoderoso número uno. No sé si recordarán el famoso argumentario de la Tía Nemesia del inefable Fernández Rozada que demostraba que el asturiano era un invento. Los que mandaban llegaron a ver con desprecio pero preocupación durante unos años la popularidad que iba adquiriendo en toda Asturies lo asturiano, lo que nos hace sentirnos asturianos y ver la importancia de poner en valor lo nuestro pudiendo aportar riqueza y personalidad a una comunidad que se deslizaba por la pendiente del paro, la pobreza, la ignorancia, la aculturación y el exilio juvenil.
Mientras aquella apisonadora política se aseguraba en su total poder en Asturies, los crecientes asturianistas, eso sí divididos políticamente pero no culturalmente, se manifestaban en todos los órdenes que podían y allí donde encontraban hueco para su enseña, su bandera principal, la oficialidad de la lengua. Entre Conceyu Bable y la eclosión de lo asturiano en los noventa, hubo un núcleo intelectual y universitario que presionó para que la llingua alcanzara el primer peldaño de la dignidad: la Academia de la Llingua Asturiana, nacida de la tenacidad, la inteligencia, la presión social y el detalle, no menor, de tener a Pedro de Silva como presidente asturiano. Así todo los jóvenes y ya no tan jóvenes seguíamos pidiendo, pacíficamente, la oficialidad en la calles asturianas, mientras todos los poderes fácticos o no; los políticos acomodados, los medios de comunicación obedientes, los provectos intelectuales muy asturianos ellos, la universidad oficial y todos los que de alguna manera se beneficiaban del sistema, sumando también los sicofantes que bobalicona y gratuitamente hacían de voceros del poder real asturiano e insultaban, calumniaban y cubrían de heces el asturiano y lo asturiano.
El advenimiento del siglo XXI no trajo mejor suerte para lo que se empezó a denominar cooficialidad del asturiano. No, pese a una IU que asumió la bandera del apoyo político a la lucha, sí lucha, asturianista. No todos en IU estuvieron activamente volcados en la cooficialidad de la llingua, pero como demócratas aceptaron pasivamente el asturiano. Decir hay que entre las filas de los unidos hubo casos notorios de firme activismo asturianista que, con todo en contra, quizás más que nunca en una última embestida anti-llingua fueron apartados sin contemplaciones del pacto FSA-IU, pagando la lengua asturiana y sus defensores el pato del «ensame» entre jacobinos y los defensores de la España más carpetovetónica. Los gritos de oficialidá, se fueron volviendo un tanto afónicos igual debido a la edad de las primeras generaciones de defensores del asturiano, mientras el poder real de nuestra comunidad autónoma se volvió más gris, olvidadizo e inasequible a lo asturiano, eso sí no le hicieron asco a una televisión autonómica que remolonearon hasta que vieron al asturianismo bien aplastado y afónico. En general fue por entonces cuando los más jóvenes defensores e ilustrados del movimiento asturianista, ya muy mermado de fuerzas y de activistas activos, probó a entrar en consonancia con una FSA también huérfana de sus padres fundadores siendo aceptados tácita, explícita y añadiríamos que tímidamente por el presidente Barbón al que le vino bien, puede parecer, que —excepto IU—, los siempre, carpetos y vetones del resto del parlamentín (incluido el voto de calidad de Foro) estén en airada oposición hacia el asturiano. Habría hoy, que seguimos en la alegalidad de la lengua, que dar las gracias a muchos que ya no están con nosotros y a otros que quebraron sus carreras profesionales en defensa del asturiano, también a los que siguen trabajando por la cooficialidá.
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