De Minnesota a Giacomo Matteotti, cuando los crímenes gubernamentales pueden cambiar el curso de la historia
OPINIÓN
«Giacomo Matteotti. Ante tu martirio el destino de Italia vaciló un momento, pero la fuerza del mal prevaleció. Hoy, tu nombre proclama efímeras las victorias de los egoísmos brutales sobre la idea. La sección socialista de Lecce, 1 de Mayo de 1944». Este hermoso texto, inscrito en una lápida instalada por los socialistas de Lecce al poco tiempo de la liberación de la ciudad, recuerda el crimen que provocó la mayor crisis en el proceso de toma del poder del fascismo. Los de Renee Good y Alex Pretti en Minneapolis pueden tener un efecto más decisivo sobre la consolidación del trumpismo.
En 1924, el gobierno de Benito Mussolini, que llevaba solo unos meses en el poder y todavía no había culminado la destrucción de la democracia, sufrió su crisis más grave, que estuvo a punto de hacerlo caer. El 10 de junio, el diputado Giacomo Matteotti, líder del Partido Socialista Unitario, escisión socialdemócrata del PSI, fue secuestrado por un grupo de fascistas encabezado por Amerigo Dùmini, un matón al que Mussolini había nombrado personalmente jefe de la «checa fascista». El 16 de agosto fue descubierto su cadáver.
Matteotti era un hombre culto, licenciado en derecho, que había nacido en una familia acomodada de terratenientes, pero desde muy joven se inclinó por la defensa de los campesinos y de los trabajadores, también era un firme demócrata. Mussolini lo odiaba por sus certeras intervenciones en el parlamento y por sus denuncias de los crímenes que las bandas fascistas cometían en las zonas rurales para atemorizar a los rebeldes campesinos socialistas. Acababa de publicar «Un año de dominación fascista», una obra en la que denunciaba que Italia se estaba convirtiendo en una dictadura. El 30 de mayo de 1924 intervino en el parlamento para defender que las elecciones que acababan de otorgar una amplia victoria al «listone» promovido por el Partido Nacional Fascista no habían sido libres. Desgranó las violaciones de la ley electoral, los actos de violencia de las escuadras de camisas negras, cómo se había impedido hacer campaña a la oposición, los casos de manipulación del voto. Recibió insultos y amenazas de los diputados fascistas y provocó la ira de un Mussolini que veía cuestionada su victoria ante los italianos y en el extranjero.
Su secuestro y asesinato provocó un gran escándalo. La oposición, tras la durísima represión de las anteriores huelgas generales por la policía y las milicias fascistas, centra su acción en una retirada del parlamento, al Aventino, emulando a los plebeyos de la antigua Roma, con la esperanza de forzar la dimisión de Mussolini o la intervención del rey. Los asesinos habían actuado con tanto descaro que fueron pronto identificados y detenidos. Serían condenados, aunque el Duce los indultó en cuanto afianzó su poder. El aparato del Estado ya estaba infectado por el fascismo, pero el rey contaba con apoyo suficiente en el ejército como para poder destituir a Mussolini y convocar nuevas elecciones, no lo hizo. El mal prevaleció, su victoria fue quizá efímera, pero, si el fascismo acabó siendo derrotado, fue al altísimo precio de años de sufrimiento y millones de muertos.
Aunque se puedan encontrar muchos paralelismos entre el autoritarismo reaccionario y brutal del presidente Trump y el fascismo, las diferencias entre la Italia de hace un siglo y los Estados Unidos de hoy son notables. El gran país norteamericano tiene una democracia muy asentada. En sus dos siglos y medio de existencia no ha padecido ninguna dictadura. En la Italia de 1924 existía temor entre las élites y buena parte de las clases medias al comunismo, avivado por la inestabilidad de la posguerra y las acciones de un PSI capaz de promover ocupaciones de tierras y de fábricas, de organizar manifestaciones y huelgas generales y de amenazar permanentemente con una revolución que en el fondo no deseaba y, desde luego, no se atrevía a organizar. El comunismo había triunfado en el imperio ruso y las revoluciones soviéticas de Alemania y Hungría estaban todavía cercanas. Hoy, ese espantajo solo resulta útil con los «parvos», valga el adecuado término gallego de raíz latina, por algo las nuevas extremas derechas ponen el acento en la xenofobia y el racismo, en la inmigración, un sustituto relativamente eficaz, pero con menos capacidad de despertar verdadero temor, especialmente entre los poderosos con ciertas luces.
También hay diferencias en las características de los asesinatos. El de Matteotti puede considerarse un crimen de Estado, la víctima era un líder de la oposición, aunque se debata sobre si Mussolini ordenó expresamente su muerte o «solo» indicó a los chequistas que debían darle una lección. Los de Good y Pretti fueron perpetrados por fuerzas policiales, o paramilitares, del Estado, del gobierno federal, que intentó manipular los hechos para encubrir a los asesinos y no se disculpó por promover las actuaciones que provocan la violencia, pero las víctimas son personas corrientes, no dirigentes políticos. Es cierto que el objetivo de sembrar terror está presente en ambos casos.
A pesar de lo que se sostuvo durante meses en Europa, la reacción de la sociedad norteamericana contra los abusos de Trump es importante. No fue inmediata, pero se trataba de un presidente que había ganado unas elecciones democráticas, no de un dictador. Surgió, de todas formas, bastante pronto, en cuanto comenzó a extralimitarse. Primero fueron las universidades, después las manifestaciones de «no queremos un rey»; acompañó a las protestas la firmeza de muchos jueces, que muestra que en EEUU no es fácil acabar con la división de poderes; se sumaron los cierres del gobierno provocados por el Congreso, a pesar de la mayoría republicana, y, ahora, el generalizado rechazo a la actuación del ICE. Hay muchos gestos destacables, desde «Streets of Minneapolis», la canción de Bruce Springsteen, que pasará a la historia y mantendrá el recuerdo de los crímenes, hasta el boicot al renombrado Donald Trump Kennedy Center, que ha obligado a cerrarlo temporalmente para evitar más desaires, o los abucheos al presidente en estadios de fútbol americano y las protestas en la entrega de los Grammy. Los republicanos han perdido todas las últimas elecciones parciales, las encuestas muestran una inusual bajada de popularidad de Trump en su primer año de mandato.
Estados Unidos no es Europa, no hay partidos militantes de izquierda ni los sindicatos son demasiado fuertes, las respuestas sociales pueden parecer diferentes, pero son significativas. Los crímenes de Minneapolis no van a caer en el olvido, acabarán convirtiéndose en la tumba del trumpismo. Es cierto que quedan muchos meses para las elecciones legislativas y que Trump puede hacer cualquier cosa para intentar recuperar popularidad, pero no lo tiene fácil. Incluso para amplios sectores de la derecha está dejando de ser un tipo ingenioso y rompedor para convertirse en un ridículo cargante. Su manifiesta senilidad tampoco le ayuda.
Se ha especulado con una posible intervención presidencial ante una derrota republicana en las elecciones de noviembre, un gesto auténticamente mussoliniano, que acabaría, de hecho, con la democracia. No parece fácil. A pesar de la impudicia de la fiscal general, la justicia sigue siendo independiente y no es probable que el Tribunal Supremo, por conservador que sea, admita una violación manifiesta de la Constitución. Por otra parte, es un país federal y los procesos electorales dependen de los estados, sería entrar en un enfrentamiento casi de guerra civil, que pondría en un brete incluso al ejército.
Todo sigue en el aire, pero hay fundadas esperanzas de que no será necesaria una nueva hecatombe para que triunfen la razón y la humanidad. El martirio de Renee Good y Alex Pretti habría servido para algo.
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