No he leído ninguno de los libros de David Uclés. Como escritor, pertenezco a un universo diferente. Como lector, soy bastante reacio a las modas y tendencias, sean las que sean, no sé si debido a mi forma de pensar en general. Su fulgurante éxito, su omnipresencia en los medios y su forma de ser, amable y alejada de la confrontación a la que estamos habituados las veinticuatro horas del día, le han convertido en un blanco fácil de la ultraderecha, que hace meses ya que decidió someterle a un acoso y derribo incomprensible que pasa por desearle la muerte y burlarse de su sexualidad, y eso debería ser motivo suficiente para reaccionar a esta oleada de basura ideológica y planificada, pues no hay nada espontáneo aquí, que incluso tiene a conocidos escritores, algunos exitosos, al pie del cañón dispuestos a atacar a alguien que también escribe libros mientras por otro lado lloran por una supuesta cancelación a la que han sido sometidos.
La negativa de Uclés a participar en un sarao sobre la Guerra Civil ha desatado mucha ira y la montaña de odio no ha dejado de crecer. El escritor ubetense ha sido vilipendiado por algo más bien inane. No pasa nada si alguien no acude a un evento. Es una decisión personal. Pero ha servido para renovar la tormenta de odio a su alrededor y se han vertido ríos de tinta al respecto y, por lo que he estado leyendo, nadie parece estar dispuesto a mostrar apoyo directo alguno al escritor.
No es obligatorio que los libros de alguien en concreto te gusten. No tengo un problema con eso. Cada uno tiene sus gustos y querencias. Tampoco es necesario defender a alguien que ha vendido cuatrocientos mil libros y que se puede permitir hacer lo que le venga en gana. Pero me inquietan un poco los silencios.
El acoso a David Uclés no es un hecho aislado. En realidad forma parte de la misma estrategia de acoso y derribo que ha provocado la renuncia de Quequé a continuar con su espacio en la SER después del intento de asalto de algunos exaltados al lugar donde se preparaba el programa, con el negro de Vox al frente. Garriga no, el otro. También tenemos el acoso al que está siendo sometida Sarah Santaolalla en cabezado por el pseudoperiodista hijo de un inmigrante italiano. Es una estrategia y un aviso para que sepamos lo que está por venir el día que los minions de Trump toquen gobierno central: todo aquel que disienta, será perseguido. No hará falta que alguien emita órdenes, aunque se emitirán. Las secciones de asalto están para eso. Tomarán sus propias decisiones e irán a por toda aquella persona que no comulgue con sus opiniones. Mientras esperamos a que llegue ese momento, el de la violencia política o, más bien, el del recrudecimiento de la violencia política, los autoproclamados luchadores por la libertad de expresión hablan de pendulazos y cancelaciones. Es una manera de suavizar el acoso real y, para qué negarlo, una forma de ganarse la vida. No sé si somos conscientes de lo peligroso que es todo esto, pero lo vamos a pagar carísimo igualmente.
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