Crítica de «Estrany Riu» de Jaume Claret Muxart

María Mieres ASOCIACIÓN DE CINE LA QUIMERA

OPINIÓN

Fragmento de «Estrany Riu» de Jaume Claret Muxart
Fragmento de «Estrany Riu» de Jaume Claret Muxart

Así duele un verano. Así duele una adolescencia. Así duele un amor. Así nos retrata todo esto Jaume a través de su primer largometraje «Estrany Riu». El film relata la historia de un adolescente de dieciséis años que recorre con sus padres y hermanos pequeños el Danubio en bicicleta durante un verano. No es la primera vez que Jaume toma como elemento casi «central» el río Danubio y el agua. En uno de sus primeros trabajos, «Los Danubios» (2023), narra la historia de un joven fugitivo que viaja a través del discurso del Danubio. El fugitivo marca su recorrido en paralelo al propio río y sus meandros. El ritmo y afluencias de sus aguas parecen ir en armonía con el del propio transcurso de este chico. Y en cierta manera y misma medida, encontramos un paralelismo parecido en «Estrany Riu».

Toda esta poesía narrativa, toda esta idea romántica de «recorrer el Danubio un verano en bicicleta», de «seguir el transcurso del río en nuestro viaje», es plasmada en el plano visual con una destreza exquisita. Se trata de un arroyo emocional que te envuelve a través de sus paisajes, sus encuadres, su preciosa fotografía, sus planos centrados en el batir de las aguas y también su música. Funcionaría enormemente bien sin tener tan siquiera una trama a desarrollar. Funcionaría de manera perfecta si se tratara simplemente de una sucesión de imágenes que van transcurriendo y que nos acompañan en forma de poema visual. Pero es que, además de todo lo mencionado anteriormente, es mucho más. Y es mucho más porque se apoya y ahonda en unos pilares humanos y sociales que todos hemos tocado: el amor, la adolescencia, el descubrimiento sexual y el peso de la familia. De esta manera tan personal que Jaume trabaja, y que es tremendamente sensorial, pausada y demoledora, empatizamos con su protagonista Dídac (Jan Monter), y entendemos lo que significa ser adolescente y transitar esa vorágine de sentimientos, dudas, pasiones, tristezas y deseos. La transitamos con él, en tiempo real y de una forma tangible y serena. Y creo que no hay cosa más bella que pueda suceder cuando estás delante de una pantalla de cine. De la misma manera que nosotros transitamos las vivencias y sentimientos de Dídac, lo hace el río.

El agua, su trayecto, su continuo fluir y devenir avanza en paralelo con el alma del protagonista. El río y su caudal varían, hay zonas agitadas y zonas de calma. De esta misma manera se plasman los sentimientos de Dídac. Contemplamos la rabia y el enfado del protagonista a través de la relación con sus padres (interpretados por Nausicaa Bonnín y Jordio Oriol), cuando descubre ciertos secretos de su madre o cuando su padre no termina de comprender el devenir sexual de Dídac, que aún está por dibujarse en ese gran lienzo en blanco que es la vida de un chico de dieciséis años. También somos espectadores de la profundidad, la calma y la ilusión que Dídac experimenta en estas primeras incursiones hacia el amor, las relaciones y el deseo sexual. En este viaje que Dídac atraviesa, el río trae un joven misterioso que hace brotar nuevas sensaciones.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto viendo a dos amantes desconocidos observarse con el deseo y la curiosidad de lo que aún no se ha explorado ni probado. Con un precioso juego de planos, que confluye entre los dos jóvenes y la arquitectura que les rodea, les perseguimos mientras se observan bajo las columnas y escaleras de los edificios que pasean en solitario y a distancia. Cuando acaba su persecución, reposan sus espaldas contra una pared a pleno sol y descansan la agitación física que les hizo echar a correr como caballos desbocados, que al final, no deja de ser un símil de los sentimientos amorosos y sexuales de un adolescente. Esta imagen y esta escena arroja una belleza que creo que se quedará en mi retina por mucho tiempo.

A medida que transcurre la película, se abre un nuevo viaje al lado de este joven y la dirección de Jaume, acompañada por una fotografía impecable de Pablo Paloma y la música emotiva y envolvente de Nika Son, nos sigue siempre conduciendo haya donde está el agua. El final de este trayecto nos hace reposarnos de nuevo en el río, en los interiores de un pequeño barco, donde la fragilidad y deseo que Dídac y su amante comparten es de una realidad sensible, tangible y hermosa. En definitiva, una película que tiene el arrojo de convivir entre lo experimental y lo poético, libre de cargas y ataduras, y que de esa misma manera nos hace revivir el amor adolescente y esos primeros ecos de consciencia de la individualidad y transición hacia lo que sería tornar hacia la adultez (sea lo que eso sea).

Y precisamente en este arrojo, cabe destacar a la productora Elastica Films, que está detrás de este proyecto y que ya nos tiene acostumbrados a poner la firma de producción o distribución en joyas delicatessen como «Romería», «Sentimental Value» o «Aftersun». Es «Estrany Riu» un film de ritmo sereno y enigmático, que me deja regusto a ecos de la Nouvelle Vague, y que f luye sin pausa, como las aguas de un río que nunca se paran. Así se vive este viaje sensorial, melancólico y personal que supone esta película.